«Defender la Casa Común también es cuidar a quienes la defienden»

Compartimos la experiencia de Mercedes Solís, quien participó en representación de la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y el Caribe (CPAL) y de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI), en el Encuentro de Mujeres Defensoras de la Casa Común, realizado en Bilbao, País Vasco, y organizado por ALBOAN. El espacio reunió a mujeres provenientes de Guatemala, Honduras, Colombia, México, Perú, y España (Euskadi), vinculadas a procesos de defensa territorial, acompañamiento comunitario y resistencia frente a diversas formas de violencia y despojo.

“Tuve que huir de la noche a la mañana para mantenerme con vida”. La frase quedó suspendida en el silencio del encuentro.

Frente a mí no había una activista mediática ni una figura pública. Había una mujer defensora del territorio que había tenido que abandonar su país para seguir con vida. Su voz transmitía cansancio, pero también una serenidad profundamente humana. Hablaba desde el duelo de quien ha dejado atrás su territorio, su cultura y sus afectos, pero que aún así continúa acompañando procesos de defensa de la vida desde el exilio.

Hasta hace pocos años, hablar de desplazamiento o refugio por defender el territorio parecía una realidad excepcional. Hoy comienza a convertirse en una herida creciente en América Latina.

Más que un encuentro de intercambio, fue un espacio de escucha profunda. Escucha de historias atravesadas por la criminalización, el desplazamiento, el cansancio y el miedo, pero también por una convicción firme: la defensa de la vida sigue siendo posible aun en medio de contextos extremadamente adversos.

A lo largo de las jornadas apareció con claridad una constatación inquietante: muchos de los conflictos que atraviesan nuestros territorios no son hechos aislados ni únicamente locales. Responden a dinámicas globales vinculadas al extractivismo y a modelos económicos que colocan el crecimiento y el consumo por encima de la dignidad humana y del cuidado de la naturaleza.

Las participantes compartieron cómo la creciente demanda mundial de minerales, energía y bienes naturales está ampliando las presiones sobre pueblos indígenas y rurales. En nombre del desarrollo y de la llamada transición energética, numerosos territorios están siendo convertidos en zonas de sacrificio: espacios donde la contaminación, la militarización, la criminalización de la protesta y la ruptura del tejido comunitario parecen asumirse como costos aceptables.

Sin embargo, uno de los elementos más fuertes del encuentro fue comprender que estas dinámicas afectan de manera diferenciada a las mujeres.

Varias participantes hablaron desde una experiencia que nombraron como la defensa del “cuerpo-territorio”: la relación profunda entre la violencia ejercida sobre la tierra y aquella que recae sobre los cuerpos de las mujeres. Allí donde avanzan proyectos extractivos, también suelen aumentar las amenazas, la violencia sexual, la persecución y el control sobre la vida comunitaria. Defender el agua, los bosques o la tierra termina convirtiéndose, para muchas mujeres, en una actividad de alto riesgo.

Escuchar estos testimonios interpela profundamente. Algunas mujeres compartieron cómo tuvieron que abandonar sus comunidades y salir de sus países para proteger sus vidas. Otras continúan resistiendo en sus territorios bajo amenazas permanentes. Varias coincidían en algo doloroso: nunca imaginaron que defender la vida pudiera convertirse en motivo de persecución o exilio.

Una frase quedó resonando con fuerza durante el encuentro: “No sé en qué momento defender el territorio se volvió fundamento para la persecución y el asesinato”.

Detrás de estas historias aparece además una dimensión poco visible: el desgaste emocional y espiritual que implica sostener estas luchas durante años. Muchas mujeres hablaron del cansancio acumulado, de la angustia contenida y de la necesidad de seguir siendo fuertes aun cuando sus cuerpos y emociones muestran agotamiento.

En uno de los espacios colectivos alguien expresó algo profundamente revelador: “Necesitamos espacios para corazonar, para formarnos y para llorar”.

Ahí aparece uno de los desafíos más importantes para quienes trabajamos desde la cooperación internacional, las redes eclesiales y los procesos de acompañamiento: comprender que la protección de las personas defensoras requiere fortalecer mecanismos legales y de seguridad capaces de responder ante contextos crecientes de amenaza, criminalización y desplazamiento. Sin embargo, estos esfuerzos necesitan ser complementados por procesos humanos de escucha, cuidado y cercanía.

La protección integral también implica generar espacios seguros de acompañamiento donde las personas puedan sentirse escuchadas, sostenidas y cuidadas en medio de experiencias marcadas por el miedo, el desarraigo y la incertidumbre. Supone reconocer el impacto profundo que el desplazamiento forzado y el exilio generan sobre las personas, sus vínculos comunitarios y sus culturas. Implica asimismo acompañar los duelos, la ruptura con el territorio y el dolor que significa dejar atrás la vida construida.

Otra participante hondureña compartió con mucha claridad:

“Tuve que huir de casa de la noche a la mañana. Ahora estoy en un país que no es el mío. Hay muchas personas generosas que me ayudan, pero igual no es mi cultura. Mi corazón sigue conectado con mi Honduras. Mantengo la esperanza de regresar algún día”.

Escuchar estas experiencias permite entender que hoy existe una realidad creciente que merece mucha más atención: mujeres defensoras del territorio que terminan desplazadas, refugiadas o exiliadas por proteger la vida y denunciar violaciones a derechos humanos y ambientales.

En este contexto, el encuentro también permitió reconocer la importancia de seguir fortaleciendo redes internacionales de solidaridad, incidencia y protección. Las participantes insistieron en que ninguna lucha puede sostenerse de manera aislada. La organización comunitaria, la formación política, la documentación de casos, la construcción de alianzas y la articulación entre territorios aparecen hoy como herramientas fundamentales para resistir y cuidar la vida.

Pero quizás uno de los aprendizajes más profundos fue recordar que la defensa de la Casa Común no es solamente un tema ambiental. Es también una defensa de la dignidad humana, de las culturas, de la memoria ancestral, de los vínculos comunitarios y de la posibilidad de que las futuras generaciones puedan vivir en territorios habitables.

Desde la espiritualidad y la misión compartida que animan muchas de nuestras redes, emerge también una pregunta importante: ¿cómo acompañar de manera más integral a quienes hoy sostienen estas luchas poniendo en riesgo su propia vida?

La pregunta ya no es únicamente ambiental. También es profundamente humana y ética: ¿cómo acompañamos a quienes hoy arriesgan su vida por defender territorios, culturas y comunidades enteras?

La realidad de los territorios nos exige pasar de la preocupación a una mayor capacidad de escucha, cercanía y articulación. Exige fortalecer procesos de protección, formación e incidencia. Exige también revisar críticamente nuestros propios modos de consumo y los modelos económicos que sostienen muchas de estas dinámicas de despojo.

Al finalizar el encuentro quedó una convicción compartida: aunque los conflictos son globales, también las resistencias comienzan a tejerse globalmente.

Y quizá allí habita una esperanza necesaria para este tiempo: descubrir que, frente a un modelo que fragmenta, expulsa y desgasta, todavía existen comunidades, organizaciones y mujeres que continúan defendiendo la vida con una enorme dignidad y valentía.

Defender la Casa Común también implica cuidar a quienes la defienden.

Mercedes Solís | Asistente Ejecutiva CPAL y Secretaria Ejecutiva RSAI

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