La resistencia de los pueblos mayas: Una tradición esperanzadora ante los megaproyectos
Compartimos una crónica escrita por el P. Rodrigo Galindo, S.J. de México, quien es miembro del ERCRILA de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI) de la CPAL, y coordinador de la Red Indígena de México.
Caminando entre la selva se van abriendo paso los trentsipaletic, musiqueros y algunos j’abatineletic; van a su lado varias mujeres y hombres, muchos de ellos llevan costalillas a sus espaldas con diferentes materiales para hacer un tejaban, fuego para cocinar, botellas con bebidas, ollas, platos y algunas gallinas. Mientras apresuran el paso en la noche, iluminados por la luz de la luna -y alguno que otro foco que lleva alguno de ello- van subiendo la montaña hasta la cima. Una vez en ella se instalan frente a una cruz de madera de unos tres metros de alto, colocan el techado, ponen un tapete de juncia, encienden el fuego y se preparan para la ceremonia.
En la “oración a la cruz” los trentsipaletic (principales, figura de autoridad moral en la comunidad, especialmente ancianos y ancianas) le rezan a la jNantic Lumqu’inal (Madre Tierra) y es desde ella que agradecen y piden ayuda al cAjwal. La ceremonia inicia con el saludo ritual desde el corazón (pat o’tan) entre dos principales, mientras tanto los musiqueros tocan el me’il tatimbil qu’in (música que viene desde los abuelos y abuelas), y entre el sonido del violín, la guitarra, la flauta y el tambor se escucha un diálogo recitado en lengua tseltal. A lo largo de la ceremonia el trentsipal mayor debe orar en voz alta de rodillas y dirigiéndose a la Tierra frente a la cruz, debe encender las velas y sembrarlas, incensar la cruz y la ofrenda, y darle su respectivo regalo a la Madre Tierra (el cual consiste en pox -aguardiente destilado de maíz y caña de azúcar o piloncillo-, cacao, caldo de pollo -con las gallinas que durante la ceremonia se ofrecen y se cocinan-, y cigarros). Mientras tanto los demás acompañan la oración, reciben parte del regalo (después de haberlo recibido la Madre Tierra), y danzan frente a la cruz a la indicación de los musiqueros. Esta ceremonia tarda varias horas, debe realizarse en ayunas y siempre muy de mañana.
El pasado 2025, en la región de la selva norte del estado de Chiapas, en el sureste de México, diversos grupos pertenecientes a la etnia tseltal realizaron varias ceremonias de oración a la cruz. Desde la montaña se escuchó el clamor a la jNantic Lumqu’inal y al cAjwalante la amenaza de despojo y destrucción socioambiental que significa el proyecto de la denominada “Ruta de las culturas mayas”, la autopista que desea conectar las ciudades de San Cristóbal de Las Casas con Palenque, a lo largo de un tramo de 153 km. Este proyecto gubernamental está generando ya un gran impacto territorial, pues muchas de las comunidades se verán atravesadas por dicho megaproyecto. Los estudios medioambientales han demostrado cómo se generará un impacto negativo en el suelo, los ríos y manantiales, el bosque, la selva y el aire. Asimismo, los ejidos (tipo de tenencia de tierra comunitaria) se verán fraccionados, lo que provocará la desarticulación del tejido comunitario de los diversos pueblos originarios que habitan en la región.
Este proyecto se inscribe junto a otros más en el país, tales como el “Corredor Transístmico” (un canal seco que busca conectar el Golfo de México con el océano Pacífico), y el denominado “Tren Maya”, medio de transporte ferroviario que recorre la península de Yucatán y la Riviera Maya conectando puntos estratégicos de interés turístico. Estos megaproyectos federales forman parte de una estrategia que, en corto plazo, buscan fomentar la inversión y el turismo extranjero, pero en el horizonte más amplio pretenden generar un reordenamiento territorial que establezca el escenario ideal de un corredor comercial internacional.
Promesas de pago y servicios públicos, ilusiones de progreso y bienestar, se utilizan como incentivo de coerción para llevar a cabo estas obras. Partidos políticos y empresas utilizan el lenguaje, ceremonias y símbolos de los pueblos originarios en sus mítines, discursos y spots publicitarios como estrategia folclórica para legitimar estos proyectos. En los discursos del poder la dignidad, la armonía y el buen vivir son artículos a la venta que desde el mercado se pueden adquirir solamente si te incorporas al plan de desarrollo que los gobiernos y las grandes corporaciones han adquirido e imponen a las poblaciones más empobrecidas del país.
Sin embargo, desde la selva, la montaña, los ríos, las cuevas, las veredas de la milpa, se escuchan otras voces y otras luchas. En los últimos años, a la par de esta amenaza, diversos grupos se organizan para desenmascarar las falacias enajenantes de desarrollo y mostrarnos que la vida se defiende desde la voz y el actuar de los pueblos. Ejidatarios de Bachajón y Chilón reclaman y peregrinan hacia sus manantiales para cuidar la fuente de supervivencia de sus comunidades. El Movimiento en Defensa de la Vida y el Territorio (Modevite) articula marchas, amparos legales y organización comunitaria para fortalecer la autonomía y el resguardo de los bienes naturales y comunitarios. Bases de apoyo y comunidades del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) presentan caminos distintos a los propuestos por la “pirámide” del poder y en su caminar autogestivo se proclaman por “el común”, entendiendo que solamente en colectivo se puede proteger el territorio. Junto con estos grupos, o en paralelo, se unen las voces de diversas ONG, cooperativas, asociaciones civiles y comunidades que buscan frenar la destrucción de la tierra.
Desde la resistencia de estas organizaciones o desde el trabajar cotidiano de las comunidades, estos pueblos nos enseñan que en la defensa del territorio se está jugando la existencia misma. Pues defender el territorio es una práctica ancestral de los pueblos originarios, donde no solo se protege un espacio físico, sino que se resguarda un modo de mirar la realidad y de estar en el mundo. Por ello, las voces de estos pueblos se unen a la de la historia, la que gestó a los hombres y mujeres de maíz, la que resuena desde los ancestros y ancestras, desde los Ajaw (guardianes que vigilan la armonía de la vida). Son voces que nos enseñan que el Lequil cuxlejal (Buen Vivir), es posible solo cuando comprendemos que no somos dueños de la Tierra sino sus hijos e hijas; y que solo es posible el mañana cuando se camina en comunidad, con pasos pausados, donde se pueda sentir lo sagrado de la vida que nos sostiene y que estamos queriendo proteger. Al descender la montaña, después de la oración a la cruz, los trentsipaletic, hombres y mujeres, regresan con el corazón engrandecido. No porque su oración les libere del gran trabajo que se les avecina, sino porque, en armonía con la Madre Tierra, se saben fortalecidos para la lucha y saben que, en la resistencia que los antiguos y antiguas les han enseñado, está la semilla que germinará un mundo nuevo.