¡Puede que falte todo, pero sobreabunda Dios!

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Compartimos el testimonio de misión de Alejandro Bautista, S.J., jesuita de la Provincia de Centroamérica (Guatemala), quien nos relata sus vivencias en Cuba, uno de los territorios prioritarios de la CPAL. Actualmente, Alejandro cursa su segundo año de Teología en el Centro Interprovincial de Formación (CIF) de Belo Horizonte (Brasil):

Mi nombre es Alejandro Bautista y quiero compartir con ustedes mi oración y reflexión luego de vivir mi experiencia.

Cuando fui destinado a Cuba no imaginé lo que sería esta experiencia, llegar a un lugar que ha quedado atrapado en el tiempo, donde sus calles cuentan la historia de un pueblo que se mantiene en la esperanza ante la realidad, donde día a día se busca como salir adelante, donde los sueños son grandes pero las limitantes son muchas. 

Todavía hoy en día tengo en los oídos el eco de las campanas de la Parroquia de San José en Camagüey, las risas de los niños y niñas de Finca-Camagüey, pero, en mi oración sigue vibrando una pregunta que nació en la misión en Cuba: ¿Cómo es posible que donde existe la escasez, se desborda tanto de Dios? 

Y es que pensaba que iría a ayudar o cambiar algo, pero al final en Cuba descubrí y aprendí del mismo pueblo que, Jesús no está solo en el bonito sagrario de nuestra iglesia jesuita en Reina; Jesús está “haciendo cola” con su pueblo. Lo vi en el cansancio, en el sudor del ir y venir de las personas que van caminando bajo el sol, lo vi partirse en aquel alimento que siendo poco, siempre se comparte. 

Recuerdo a los jóvenes de Magis-Joven en Camagüey, ellos siempre con una mirada llena de esperanza, alegría y fe, allí entendí que ellos no ocultan el dolor, si no que lo transfiguran ya que en ellos brota un profundo sentimiento de esperanza, de servicio y de fe en una vida de encuentro con Cristo crucificado en su pueblo. Participar con ellos en diferentes actividades me llevó a vivir el milagro de la multiplicación, pues no fueron panes y peces, sino que fue multiplicar la esperanza y la alegría, comprender no desde la teología de libros qué es la fe, sino desde la propia vida. Fui testigo de una fe que no necesita definición alguna, pues es la fe hecha carne de la abuelita que reza por sus nietos, de los jóvenes que, a pesar de las situaciones, siguen apostando por el encuentro y la amistad. 

El Evangelio nos dice que los discípulos estaban encerrados por miedo (Jn 20, 19). Pero en la misión vi un pueblo que, a pesar de los motivos para el encierro, mantiene la puerta abierta. Jesús entró en aquellas casas cubanas sin pedir permiso, porque ya estaba allí: en el vaso de agua ofrecido, en la broma que vence a la tristeza, en la oración que no pide milagros mágicos, sino fuerza para seguir amando.

Aprendamos de nuestros hermanos cubanos: que nada nos robe la esperanza, que nada nos quite la alegría, porque el Resucitado no es un fantasma del pasado; es el compañero que nos dice en cada esquina: «La paz esté con ustedes». 

Qué la sonrisa y ocurrencias de los niños y niñas en Finca Camagüey, la valentía y servicio de los jóvenes de Magis, de la paciencia y fuerza de los profesores del Centro Loyola, de la oración de los jesuitas y Hermanas religiosas que caminan con el pueblo y así de tantos lugares, nos siga inspirando en nuestras vidas y ayude a ser, signos del Cristo Resucitado, que está y estará siempre caminando en medio de nosotros.

Alejandro Bautista, S.J.

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