Encontrarnos es resistencia: mujeres indígenas tejiendo vida en lavkenmapu, Tirúa, Chile
Compartimos el testimonio de Jessenia Álvarez, voluntaria en la Fundación Licán, en Chile, quien participa activamente en el proceso de acompañamiento de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI) de la CPAL. En esta ocasión, nos comenta sobre su participación en el encuentro de mujeres vinculadas a la RSAI, realizado en Tirúa, Chile, en territorio mapuche de la costa (lavkenmapu).
Soy Jessenia, mujer mapuche lavkenche. Tengo 30 años y vivo en el territorio costero de Tirúa. Crecí junto a mi familia materna en estas tierras, a orillas del lago Lleu Lleu. Actualmente soy psicóloga y trabajo en Tirúa; estoy aprendiendo y enseñando nuestro idioma, el chedungun.
En marzo de 2026 participé en el encuentro de mujeres vinculadas a la RSAI, realizado en Tirúa, Chile, en territorio mapuche de la costa (lavkenmapu), donde durante cinco días nos reunimos para dialogar, reconocernos y fortalecer nuestras luchas como mujeres indígenas de Abya Yala.
Llegar a lavkenmapu fue encontrarme con un territorio que nos sostuvo con una energía antigua y profunda, que me invitó a detenerme, a escuchar y a recordar. En un tiempo en el que muchas veces sentimos que la humanidad pierde su humanidad, se hizo evidente para mí lo urgente que es encontrarnos.
No fue un encuentro cualquiera, sino la continuidad de diálogos que venimos tejiendo hace tiempo, con el propósito de relevar nuestras luchas como pueblos originarios, de nombrarnos, reconocernos y sostenernos.
Al escucharnos, confirmé algo que ya sabía, pero que se hizo aún más evidente: como mujeres indígenas estamos unidas por múltiples experiencias. Algunas profundamente dolorosas, como la discriminación, el racismo y las violencias en sus distintas formas; pero también otras profundamente dignas, como la defensa de la naturaleza, de nuestros territorios, de nuestras culturas y de los saberes que heredamos y resguardamos.
En ese círculo sentí cómo el corazón se levantaba. Había alegría al reconocer que en cada territorio hay mujeres conscientes y firmes, luchando no solo por sus comunidades, sino por todas las formas de vida. Desde nuestra cultura, el itrofill mongen y el küme mongen no son conceptos abstractos, sino principios que guían nuestras acciones, decisiones y luchas.
En ese mismo compartir, los liderazgos de mujeres indígenas se hicieron visibles en su profundidad. Para mí, no se trataba de posiciones de poder, sino de formas de sostener la vida, de guiar desde la coherencia, la espiritualidad y el compromiso comunitario. Son liderazgos que nacen desde lo cotidiano, desde el territorio, muchas veces sin reconocimiento, pero con una gran fuerza transformadora.
Hubo voces que me atravesaron profundamente. La sabiduría de la papay Rosa me recordó que escuchar la intuición es también una forma de conocimiento. En un mundo que nos exige ser racionales todo el tiempo, confiar en lo que sentimos puede parecer un acto de rebeldía; sin embargo, para nuestros pueblos ha sido una forma de sobrevivir. Escuchar los pewma, los sueños, es también escuchar a nuestros ancestros y ancestras.
También resonó en mí la fuerza de la lamuen Chepa, quien desde su lucha territorial encarna una coherencia valiente: defender el territorio, pero también atreverse a cuestionar lo que no está bien, incluso dentro de nuestros propios espacios. Porque el respeto también se construye hacia adentro.
Asimismo, la voz de la machi Anita, tan joven y sosteniendo un rol espiritual tan significativo, me conmovió profundamente. Su camino no ha sido fácil: ha tenido que afirmarse en su identidad, resistir juicios y enfrentar la falta de apoyo comunitario. Aun así, sigue en pie, cumpliendo su rol como puente entre los mundos. Su existencia misma es un acto de resistencia.
Al escuchar estas historias, reconocí en ellas partes de la mía.
Como mujer mapuche, no puedo dejar de pensar en la resiliencia. Se habla mucho de ella como algo individual, pero para nosotras es profundamente colectiva. Hemos sabido adaptarnos, resistir y seguir adelante frente a siglos de colonización, patriarcado y capitalismo. Nos atraviesan múltiples opresiones, pero seguimos luchando por lo que creemos justo.
Cuando nos reunimos, algo se mueve. Se mueve la palabra, la memoria y la tierra. En el encuentro hay una invitación a mirar hacia adentro, no desde el encierro, sino desde lo circular. Nos escuchamos, nos reflejamos y nos reconocemos. Y en ese proceso emerge la reciprocidad: entre nosotras, con nuestros territorios y con los espíritus que habitan en todo lo que existe.
Porque no estamos solas. En nuestra cosmovisión, todo tiene un espíritu, un dueño. No nos mandamos solas. Esa idea no nos limita; al contrario, nos contiene y nos recuerda que somos parte de un todo. Pero esa contención también exige reciprocidad.
En medio de tantas historias de despojo y violencia, la comunidad se vuelve urgente para mí. Necesitamos espacios seguros donde podamos reflexionar, contenernos y organizarnos, donde la esperanza pueda volver a aparecer.
Este proceso estuvo marcado por emociones diversas: admiración, gratitud y esperanza, pero también inseguridad y frustración frente a las violencias estructurales. Aun así, reafirmo una convicción: no estamos solas y tenemos una responsabilidad política de alzar la voz, defender los territorios y cuidar la vida en todas sus formas.
Este encuentro no fue solo un espacio de diálogo. Fue hacer memoria, acuerparnos y tejer nuestro futuro.
Salí de ahí sintiéndome un poco más grande que mis miedos. No porque hayan desaparecido, sino porque entendí que no los cargo sola.
Hoy tengo claro que, en tiempos de fragmentación, de individualismo y de violencia, el acto de encontrarnos es, en sí mismo, un acto de resistencia que fortalece nuestro caminar y nuestra articulación como mujeres indígenas.