CIF Belo Horizonte: Experiencias de Semana Santa

Durante la Semana Santa, los jesuitas estudiantes de Teología del Centro Interprovincial de Formación (CIF) de Belo Horizonte vivieron el Misterio Pascual acompañando a diversos grupos de personas, en diversas parroquias y ciudades. Les compartimos el testimonio de Nelson Marques, S.J., jesuita de Timor-Leste, y Alan Cavalcante S.J., de la Provincia de Brasil:

En aquellos días, “se puso a la mesa con sus apóstoles…”. Lc 22, 14.

Durante la Semana Santa, yo, Alan Cavalcante S.J., junto con César Ordoñez S.J., fuimos enviados a la Parroquia de San José, en la ciudad de Medeiros, situada en la región oeste de Minas Gerais. Allí tuvimos la gracia de acompañar a la comunidad de San Sebastián, en el distrito de Altolândia. Desde nuestra llegada, nos impactó la belleza del paisaje: montañas que se extienden hasta el horizonte y un verde que parece no tener fin. Sin embargo, a lo largo de la semana, descubrimos una belleza aún mayor: la de la fe sincera y profunda de ese pueblo.

La convivencia con la comunidad nos reveló que la experiencia de Dios se manifiesta de manera muy concreta en la vida cotidiana. En cada casa que nos acogía, éramos invitados a sentarnos a la mesa, compartiendo no solo el alimento, sino también historias, esperanzas y la propia vida. Esta vivencia nos remitía directamente al modo en que Jesús se relacionaba con los suyos: Él gustaba de estar a la mesa, rodeado de amigos, discípulos y personas queridas, haciendo de ese espacio un lugar de comunión y transmisión de su Vida. Así también ocurrió con nosotros en Altolândia: cada visita se transformaba en un verdadero encuentro, marcado por la confianza mutua y la fraternidad compartida.

Aquello que celebrábamos en las liturgias a lo largo de la semana iba tomando cuerpo y sentido en las experiencias vividas. La hospitalidad de ese pueblo recordaba la casa de Betania, donde Jesús encontraba acogida entre amigos íntimos. Durante el Triduo Pascual, esta unión entre la fe celebrada y la fe vivida se hizo aún más evidente, revelando una espiritualidad presente en los hábitos locales, profundamente arraigada en la realidad de la vida sencilla del campo.

Además, tuvimos la oportunidad de “probar” también la vida y el trabajo local, participando, aunque de manera puntual, en actividades cotidianas de la comunidad, como la elaboración de quesos. Esta experiencia nos acercó aún más a la realidad local y nos ayudó a comprender mejor sus desafíos, su dignidad y su alegría de vivir.

Al final de esta experiencia, llevamos con nosotros los encuentros y la generosidad de ese pueblo. En su sencillez, en la fe vivida sin ostentación, en la mesa siempre abierta, reconocimos la presencia viva de Cristo. Él continúa sentándose a la mesa con los suyos, continúa partiendo el pan y sigue revelándose en los pequeños gestos de amor.

En portugués

Durante a Semana Santa, eu, Alan Cavalcante, juntamente com César Ordoñez, fomos enviados à Paróquia de São José, na cidade de Medeiros, situada na região oeste de Minas Gerais. Ali, tivemos a graça de acompanhar a comunidade de São Sebastião, no distrito de Altolândia. Logo à chegada, fomos impactados pela beleza da paisagem: montanhas que se estendem ao horizonte e um verde que parece não ter fim. No entanto, ao longo da semana, descobrimos uma beleza ainda maior — a da fé sincera e profunda daquele povo.

A convivência com a comunidade nos revelou que a experiência de Deus se manifesta de modo muito concreto no cotidiano. Em cada casa que nos acolhia, éramos convidados a sentar-nos à mesa, partilhando não apenas o alimento, mas também histórias, esperanças e a própria vida. Essa vivência nos remetia diretamente ao modo como Jesus se relacionava com os seus: Ele gostava de estar à mesa, rodeado de amigos, discípulos e pessoas queridas, fazendo daquele espaço um lugar de comunhão e transmissão da sua Vida. Assim também aconteceu conosco em Altolândia — cada visita se transformava em um momento de encontro verdadeiro, marcado pela confiança mútua e pela partilha fraterna.

Aquilo que celebrávamos nas liturgias ao longo da semana ia ganhando corpo e sentido nas experiências vividas. A hospitalidade daquele povo recordava a casa de Betânia, onde Jesus encontrava acolhida entre amigos íntimos. Durante o Tríduo Pascal, essa união entre fé celebrada e fé vivida tornou-se ainda mais evidente, revelando uma espiritualidade presente nos hábitos locais, profundamente enraizada na realidade da vida simples do campo.

Além disso, tivemos a oportunidade de “provar” também da vida e do trabalho local participando, ainda que de forma pontual, de atividades cotidianas da comunidade, como o preparo de queijos, experiência que nos aproximou ainda mais da realidade local e nos ajudou a compreender melhor seus desafios, dignidade e alegria no viver.

Ao final dessa experiência, levamos conosco os encontros e a generosidade daquele povo. Na simplicidade deles, na fé vivida sem alarde, na mesa sempre aberta, reconhecemos a presença viva de Cristo. Ele continua a sentar-se à mesa com os seus, continua a partir o pão, continua a se revelar nos pequenos gestos de amor.

La Semana Santa en Belo Horizonte, junto a personas en situación de calle, tiene un gran significado humano y espiritual. En barrios donde la rutina diaria está marcada por dificultades económicas, rechazo, falta de afecto, escasos recursos y vulnerabilidad social, los eventos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo van más allá de simples ceremonias litúrgicas; se viven de verdad. El Cristo sufriente simboliza las luchas del pueblo: el hambre, el desempleo, la injusticia, la discriminación y la incertidumbre, que representan el dolor de la Cruz. A pesar de estas dificultades, surge una fuerte demostración de fe, resiliencia y esperanza.

La Semana Santa junto a personas en situación de calle, revela una profunda verdad teológica: Cristo habita entre los que sufren. Como nos recuerda el Evangelio: «Todo lo que hiciste a uno de mis hermanos y hermanas más pequeños, a mí me lo hiciste» (Mt 25,40). En el Viernes Santo, esta verdad se hace visible a través de actos humildes, como el lavado de pies. Los voluntarios lavaban los pies de las personas en situación de calle y, a cambio, estas lavaban los pies de los voluntarios. Juntos compartieron una comida, escucharon con atención y apoyaron a quienes sufrían. Este momento estuvo marcado por lágrimas de alegría, lo que demuestra la certeza de que Dios no abandona a su pueblo.

Durante la Semana Santa, la labor de la Iglesia con los pobres va más allá del simbolismo, convirtiéndose en algo concreto y transformador. Las acciones caritativas, como distribuir alimentos, proporcionar artículos de primera necesidad y ropa, visitar a ancianos y enfermos, y reunirse para orar en comunidad, representan al Evangelio en la práctica cotidiana. El Vía Crucis, celebrado en la Plaza Rui Barbosa, en el centro de la ciudad, contó con estaciones que ilustraban no solo el sufrimiento de Jesús, sino también las experiencias reales de las personas en situación de calle. Los pobres no son espectadores pasivos, sino participantes activos, que comparten sus historias, canciones y oraciones durante la liturgia. Así, el sufrimiento de Cristo se convierte en un testimonio vivo, basado en la compasión y la solidaridad.

La Resurrección, celebrada el Domingo de Pascua con las personas en situación de calle en el salón parroquial, va más allá de una simple ceremonia litúrgica, siendo una realidad viva que se manifiesta en el día a día a través del amor y la fraternidad. Para las personas en situación de calle, esto se traduce en pequeños gestos que traen dignidad y esperanza: la sonrisa de los niños que enfrentan dificultades, la gratitud de las familias acogidas y el cuidado dedicado a las personas a menudo olvidadas. Cada acto de solidaridad es un signo de la nueva vida que surge del Cristo Resucitado, mostrando que incluso en la pobreza y la exclusión, la vida sigue floreciendo.

Afirmar que Cristo resucitado está entre las personas en situación de calle significa que su presencia es constante en la vida de los más vulnerables. Él acompaña a estas personas, comparte sus dolores y renueva sus esperanzas, haciéndose visible a través de quienes practican el amor al servirles. Así, la Resurrección no es solo un recuerdo, sino un compromiso y un llamado a construir relaciones más humanas y justas, donde nadie quede invisible. Así, la victoria de la Vida sobre la muerte se manifiesta hoy en acciones concretas de cuidado, compartir y solidaridad.

En portugués

A Semana Santa em Belo Horizonte, com a população em situação de rua, tem grande significado humano e espiritual. Em bairros onde a rotina diária é marcada por desafios econômicos, rejeição, ausência de afeto, recursos escassos e vulnerabilidade social, os eventos da Paixão, Morte e Ressurreição de Cristo vão além de simples cerimônias litúrgicas; são vividos de verdade. O Cristo sofredor simboliza as lutas do povo: fome, desemprego, injustiça, discriminação e incerteza, que representam a dor da Cruz. Apesar dessas dificuldades, emerge uma forte demonstração de fé, resiliência e esperança.

Além disso, a Semana Santa, com a população em situação de rua, revela uma verdade teológica profunda: Cristo habita entre os que sofrem. Como o Evangelho nos lembra: «Tudo o que fizestes por um destes menores destes irmãos e irmãs meus, fizestes por mim» (Mt 25:40). Na sexta-feira, essa verdade se torna visível por meio de atos humildes, como a lavagem dos pés. Voluntários lavavam os pés do povo da rua e, em troca, o povo da rua lavava os pés dos voluntários. Juntos, compartilharam uma refeição, prestaram escuta atenta e apoiaram os que estavam em sofrimento. Esse momento foi marcado por lágrimas de alegria, o que demonstra a certeza de que Deus não abandona seu povo.

Durante a Semana Santa, a atuação da Igreja junto aos pobres vai além do simbolismo, tornando-se concreta e transformadora. Ações de caridade, como distribuir alimentos, fornecer necessidades básicas e roupas, visitar idosos e doentes e se reunir para oração comunitária; representam o Evangelho na prática cotidiana. A Via-Sacra, realizada na Praça Rui Barbosa, no centro da cidade, teve cada estação que ilustrava não só o sofrimento de Jesus, mas também as experiências reais do povo em situação de rua. Os pobres não são espectadores passivos, mas participantes ativos, compartilhando suas histórias, canções e orações durante a liturgia. Assim, o sofrimento de Cristo torna-se um testemunho vivo, fundamentado na compaixão e na solidariedade.

A Ressurreição, celebrada no Domingo de Páscoa com o povo em situação de rua no salão paroquial, vai além de uma simples cerimônia litúrgica, sendo uma realidade viva que se manifesta no dia a dia por meio do amor e da fraternidade. Para as pessoas das ruas, ela se traduz em pequenos gestos que trazem dignidade e esperança: o sorriso das crianças que enfrentam dificuldades, a gratidão das famílias acolhidas e o cuidado dedicado às pessoas frequentemente esquecidas. Cada ato de solidariedade é um sinal da vida nova que surge do Cristo ressuscitado, mostrando que, mesmo na pobreza e na exclusão, a vida continua a florescer.

Afirmar que Cristo ressuscitado está entre as pessoas em situação de rua significa que sua presença é constante na vida dos mais vulneráveis. Ele acompanha esses indivíduos, compartilha suas dores e renova suas esperanças, tornando-se visível através daqueles que usam o amor ao servi-los. Assim, a Ressurreição não é só uma lembrança, mas um compromisso e um chamado para construir relações mais humanas e justas, onde ninguém fique invisível. Assim, a vitória da Vida sobre a morte se manifesta hoje em ações concretas de cuidado, partilha e solidariedade.

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