Compartimos la crónica de Manuel González Asturias, S.J. sobre su experiencia de misión en Guyana, cuya Amazonía forma parte de los territorios prioritarios de la CPAL. Manuel es un escolar jesuita de la Provincia de Centroamérica y se encuentra estudiando en el filosofado de la Provincia del Caribe.
La vocación a la Compañía de Jesús, en su esencia, implica una invitación constante a la misión, la universalidad y a la diversidad. Fue bajo esta premisa que se nos confió, a mi compañero Cristopher (Chicho) Callejas SJ, de El Salvador, y a mí, Manuel González Asturias S.J., de Guatemala, la oportunidad de embarcarnos en una misión singular en Guyana, al norte suramericano, del 01 al 20 de julio. Nuestro propósito como escolares jesuitas trascendía, por supuesto, el mero conocimiento geográfico; buscábamos conocer nuestras obras y misiones dentro de la Compañía de Jesús, y acompañar de cerca a la comunidad indígena de St. Ignatius Village, en Lethem: los Patamona, Makushi y Wapishana. Partimos, pues, no solo vagamente equipados con lo “necesario para el viaje”, sino con una profunda apertura al misterio y a la transformación personal que, intuíamos, nos aguardaba el Señor.
Nuestra introducción a Guyana comenzó con una visita rápida a Georgetown, capital de este país, una metrópolis que, con su vibrante pulso más caribeño que suramericano, se presenta como la promesa de un país en desarrollo. La brisa salina del Atlántico y el mosaico de edificaciones coloniales inglesas como la popular Catedral anglicana de St. George, parecían ofrecer una impresionante acogida antes de la misión. Fue así, pues, como nos adentramos en el vasto interior del país. Un intenso viaje de veintiocho horas por tierra en una guagua hacia Lethem y St. Ignatius Village no fue un simple desplazamiento, sino toda una odisea, una lenta y profunda introducción en el corazón de la tierra guyanesa al ritmo del reggae y calipso. El camino se desdibujaba entre la tonalidad rojiza del suelo y la inmensidad de un espeso verde, mientras el sol se disolvía en atardeceres de un asombro insuperable y las sombras de la selva nos envolvían en una sinfonía de cantos nocturnos y enigmas milenarios, aguardándonos una bella y cotidiana sorpresa: ¡por primera vez se posaba la ancestral Vía Láctea sobre mis pupilas! Cada kilómetro nos distanciaba del mundo conocido, pero nos acercaba con ilusión a St. Ignatius Village, una región fronteriza con Brasil, donde los ríos como el Esequivo, en la reserva Iwokrama, fluyen como arterias ancestrales de la tierra, y la selva respira historias inmemoriales. Una realidad nueva y más profunda, comenzaba a revelarse tras el amanecer y algunos atropellos en semejante ruta, que solamente nos ayudaron a entablar grandes conversaciones con los otros pasajeros, masticando un poco el inglés.
Ya por fin en St. Ignatius Village, la comunidad jesuita fue un crisol de culturas y experiencias. Allí nos aguardaban el P. Edwin Anthony S.J., oriundo de Karnataka, India, cuya juventud no reducía para nada una sabiduría serena, y el P. Cristóvão Primo S.J., con el acento y personalidad rítmica de Brasil. Poco después, se sumó a la comunidad nuestro compañero maestrillo Miguel Ángel Francisco SJ, dominicano, que venía desde Jamaica a realizar algunos proyectos audiovisuales. Cuanta riqueza cultural, convergiendo bajo un mismo techo, manifestando palpable la diversidad que habíamos venido también a explorar.
Fue precisamente en esta región fronteriza donde la universalidad jesuita fue notoria. Tuvimos la oportunidad de cruzar la frontera hacia Brasil, adentrándonos en la capital del estado de Roraima, Boa Vista. Allí, la comunidad jesuita “P. Christophe Six” nos recibió, mostrándonos un tapiz aún más complejo y rico de la Compañía: además de los miembros de la comunidad residente, nos encontramos con un crisol de hermanos jesuitas de visita: el provincial de centro sur de Estados Unidos, que se reunía con otro compañero estadounidense; algunos escolares brasileños, y dos jesuitas de España, dedicados a la labor con el sector indígena. Este encuentro multisectorial fue una prueba palpable de cómo la fe y la misión nos trasciende, uniendo voluntades bajo un mismo espíritu en la Compañía. En Boa Vista, además, tuvimos la oportunidad de recorrer sus rítmicas y coloridas calles, y de visitar el majestuoso río amazónico Branco, cuyas aguas caudalosas nos impresionaron.
La comunidad jesuita fue un elemento crucial dentro de esta misión. Fue interesante ver a los compañeros en sus labores; Edwin, quien, a pesar de su lejano origen, poseía una habilidad singular para establecer conexiones con la población local. En su presencia había una diáfana cualidad, una facilidad para el diálogo y una sonrisa que acompaña a todas las personas, sumada a una particular afición por la magia para entretener a los niños. Con algunos trucos y un par de dulces, los entretuvo durante nuestra excursión a las Kumu Falls. Sus actos no eran mera astucia, más bien era como si Edwin se diera a la tarea de unir el juego con la fe, aprovechando a hablar de Dios mientras jugaba con los niños. Todo este paisaje de fraternidad, junto al sabroso sazón del almuerzo que tanta gente, padres, madres, abuelos y abuelas, se sumó a preparar para todos, hicieron de este momento una auténtica celebración fraterna en torno a la naturaleza. Solo ver al P. Cristóvão bailar al ritmo de la música junto a los niños, niñas y jóvenes contagiaba a los demás para disfrutar luego de uno de los momentos más bellos: la Eucaristía celebrada a la orilla del río Kumu con los toda la comunidad, especialmente los niños. Sin duda esta fue una experiencia de Dios, especialmente con la noticia de la novedad de la «Misa para el Cuidado de la Creación» presentado el pasado jueves 3 de julio por la Santa Sede. ¡Cuan llamados estamos a preservar esta naturaleza que nos acoge con tanta vida!
En ese sentido, ella (la naturaleza) se asomaba como un personaje protagónico en toda esta narrativa. Cada tarde, el horizonte de Guyana se transformaba en un lienzo de color y movimiento. Tucanes, guacamayas, caracaras, gavilanes de ala rojiza, pericos y loros pintaban el aire con sus plumajes vibrantes, mientras sus graznidos orquestaban una sinfonía silvestre. Y al ir cayendo el atardecer, el magnífico ocaso no era una simple puesta de sol, éste se volvía un rito suave y paciente, donde agradecer tanto bien recibido era solo consecuencia de la majestuosidad. Los ríos, esas arterias de la tierra, parecían albergar una sabiduría que superaba cualquier conocimiento escrito por el pueblo de la villa. Eran el sustento vital, proveyendo peces durante esta temporada de lluvias, pero también hogar de criaturas legendarias. Los habitantes narraban historias de peces grandes, de pirañas, serpientes misteriosas y escorpiones. Tan así que a la entrada del rancho principal de la comunidad, el tórax de un caimán colgado se erigía como un talismán: una victoria ancestral sobre las fuerzas del río; un recordatorio de que la vida en la selva se ganaba con respeto y audacia. Pero, entre los susurros de la brisa y el murmullo constante del agua, también se escuchaba entre la gente la leyenda del “Yakumama”, una serpiente fantasmagórica que, según los relatos, raptaba a los niños, por lo que estos no podían salir de noche, y menos cuando se escuchaba aquel aterrador sonido zumbante entre la selva. Este mito local, sutilmente presente, era un eco de temores ancestrales, una advertencia de que, en la selva, lo inexplicable siempre acecha y hay que tenerle respeto; un temor que convivía con la risa de los niños (que con la tecnología ya poco creen en estas cosas) y nuestro interés notoriamente asombrado en nuestras caras.
El corazón de nuestra misión latió con una particular intensidad en el encuentro con la inocencia. Como mencioné anteriormente, dedicamos los últimos tres días de la misión a los niños, preparando la fiesta de San Ignacio de Loyola con actividades lúdicas, artísticas, espirituales y formativas. Nuestro tiempo con ellos requirió una grande creatividad, llevándonos a adaptar la autobiografía de Ignacio en dramas de teatro y canciones. Nada como ver la alegría infantil que se transformaba en fe; esas sonrisas, colores, plastilina y dinámicas fueron una recompensa profunda, un momento puro de gracia.
No obstante, no todo sucedió sin desafíos. El primero: el idioma, al ser Guyana un país angloparlante, esto nos llevó con cierto temor. Pero nada que los centroamericanos no le pongamos ganas. Esta confianza en doble vía entre las gentes y nosotros nos permitió una inmersión más gustosa. Por otro lado, el clima fue inclemente. Las lluvias torrenciales impidieron nuestras visitas programadas a Potarinau y Karasabai, dos de las comunidades que atienen nuestros compañeros jesuitas y algunas religiosas ursulinas. Sin embargo, el espíritu jesuita, siempre proclive a la adaptación, transformó esta frustración en una oportunidad para la convivencia profunda con la gente de la villa. Incluso, nos dimos a la tarea de traducir cantos y compartir el “Himno a San Ignacio” de Cristóbal Fones S.J., para que los adolescentes y jóvenes la presenten en las fiestas próximas del Santo de Loyola. Bajo la protección del rancho, entablamos diálogos sinceros con algunas señoras, pero también con algunos jóvenes conscientes de las problemáticas que les afectan a ellos en la villa: enfermedades, descuido en la educación, la violencia intrafamiliar, el alcoholismo, la influencia de las redes sociales y la sombra del suicidio… en estos momentos, el realismo mágico que podía resaltarse en la misión, era aplacado por la cruda realidad, un temor más acechante que cualquier serpiente fantasmagórica. Más allá de nuestras respuestas, el trabajo como jesuitas, como Iglesia y como hermanos en la humanidad se sostuvo en la profunda compasión y el compromiso de escuchar a la gente, especialmente a los jóvenes. Ante sus problemáticas, que a menudo nos dejaban mudos, nos aferrábamos a la certeza de que la presencia de Dios nunca nos abandona, convirtiéndose en el faro de nuestra esperanza.
Es así como nuestro tiempo en Guyana trascendió más que solo el conocimiento de un país y su gente; constituyó un auténtico encuentro con el Señor en la música, la fiesta y las sonrisas, pero también en los sufrimientos y los misterios que en muchas ocasiones frustraban y debilitaban el tejido humano de las personas en la villa. Fue también un encuentro con la riqueza de la Compañía de Jesús universal, una experiencia que, en esta etapa formativa, expandió nuestras fronteras culturales y nos hizo conscientes de la gran labor de nuestros hermanos jesuitas en todo el mundo. Representó un recordatorio fiel del reto inherente a ser parte de la Compañía: mostrar a Dios en el mundo, creyendo en el servicio de la fe y la promoción de la justicia.
Desde nuestra perspectiva como dos compañeros jesuitas insertos en las selvas de Suramérica, en una nación quizás poco conocida, esta vivencia ha forjado una narrativa única, cargada de humanidad y encuentro con Dios. Es en la trascendencia del servicio misionero donde la riqueza humana surge del encuentro con el otro, y la importante presencia de la Iglesia en contextos de poblaciones indígenas y del cuidado de la ecología es urgente. Pero, quizás lo más conmovedor, fue que descubrimos una gran comunidad apostólica y misionera en St. Ignatius Village. Allí, Chicho y yo no solo servimos, sino que encontramos un hogar, un auténtico espacio donde el espíritu jesuita se manifestó en su forma auténtica y universal. Y ahora, de regreso, el eco de los cantos infantiles, el aleteo silencioso de las aves, y el susurro ancestral del río Kumu, y los espectáculos nocturnos de los astros, siguen resonando y posándose en nuestra memoria, portando consigo las historias y las oraciones de aquella misión en el corazón de Guyana, una huella inmaterial grabada perpetuamente en el alma para la Mayor Gloria de Dios.