Testigos de la fidelidad de un pueblo que abraza su fe

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Compartimos la experiencia escrita por Diego Salinas, S.J. de la Provincia Chilena, quien en diciembre fue enviado a misión en Cuba, uno de los territorios prioritarios de la CPAL.

Mi nombre es Diego Salinas, SJ. Pertenezco a la Provincia Chilena de la Compañía de Jesús y actualmente resido en la ciudad de Belo Horizonte, Brasil, donde curso el segundo año de los estudios  teológicos en la Facultad Jesuita de Filosofía y Teología (FAJE). Desde el Centro Interprovincial de  Formación, donde vivo con compañeros de diversos países, fuimos enviados a la experiencia de misión en Cuba junto con Alejandro Bautista, SJ (CAM).  

Recibimos con entusiasmo la noticia de nuestro destino apostólico durante el segundo semestre  del año pasado. Desde ese momento comenzó un tiempo de preparación marcado por la expectativa, el  diálogo con otros jesuitas, la oración y el deseo profundo de disponernos a una experiencia que, intuíamos, sería desafiante y cargada de novedad. De a poco, fuimos tomando conciencia de que esta  nueva experiencia exigía de nosotros un corazón abierto a lo que Dios nos tendría preparado, con el  desafío de reconocer su modo de hablarnos en una cotidianidad austera y una realidad compleja.  

Una misión que exige “espaldas anchas” 

La misión en Cuba se nos presentó desde el comienzo como una experiencia, aunque breve,  profundamente desafiante. No solo por las condiciones materiales, sociales o económicas del país, sino  también por la exigencia interior que supone habitar una realidad marcada por la escasez, la  incertidumbre y la fragilidad estructural. Conversando con compañeros jesuitas y otros religiosos, percibí rápidamente que la misión en Cuba exige “espaldas anchas”: capacidad para sostener tensiones,  convivir con límites muy concretos, y aceptar que, en la mayoría de los casos, no hay soluciones  inmediatas ni resultados demasiado visibles.  

En Cuba, lo que en otros lados suele ser sencillo de resolver, acá requiere un esfuerzo adicional.  Conseguir alimentos, transporte, materiales o recursos pastorales, implica un ejercicio constante de  adaptación. El pueblo cubano, con admirable ingenio, se las arregla con lo que puede. Esta capacidad de  “resolver” con pocos medios, no es solo una habilidad práctica, sino también una verdadera escuela que  interpela nuestra manera de estar en un mundo que nos empuja ferozmente a la cultura de la inmediatez y el descarte. Allá todo sirve, gran parte se reutiliza y, ciertamente, la vida exige paciencia. 

Nuestra sencilla labor en Camagüey 

Nuestra misión se llevó a cabo principalmente en la ciudad de Camagüey, ubicada cerca del centro geográfico de la isla. Vivimos en la comunidad San José junto a los compañeros que ahí residen y que llevan la misión en dicha ciudad. Tuvimos la oportunidad de sumarnos a ese trabajo desde dos lugares: la Parroquia San José y el Centro Loyola. Ahí nuestros días iban pasando en la medida que nos  disponíamos a colaborar en el acompañamiento de algunas capillas de la parroquia, realizando liturgias, llevando la comunión, dando retiros de Adviento y trabajando de cerca con los diferentes grupos de adultos mayores, jóvenes y niños de la comunidad.  

En esta ciudad constatamos que nuestra misión ahí exige una cuota de paciencia, creatividad y  flexibilidad. Nuestros deseos de dar soluciones inmediatas y de obtener resultados rápidamente medibles quedaron disueltos en las diferentes circunstancias que acontecían a diario. No todo problema tiene  solución, ni toda carencia puede ser suplida. Sin embargo, esto no se traduce en resignación ni mucho  menos en falta de esperanza, sino en un modo de presencia diferente: más atento, más humilde y más  disponible, donde nos veíamos constantemente empujados, como todo el pueblo cubano, a acomodarnos a lo que se iba presentando. No siempre pudimos solucionar (casi nunca, de hecho), pero notamos que  la misión nunca nos pidió eso, sino que nos pedía acompañar, lo que se traducía en estar, escuchar, compartir y colaborar. En esto se jugó nuestra presencia como jesuitas: la cercanía, la palabra, la  conversación, el canto, la capacidad de contemplar. Esto fue para nosotros un signo concreto del Reino  que se nos prometió.  

Consuelo y fidelidad: la misión sostenida en el tiempo 

La experiencia estuvo cargada de consolaciones que recibimos como gracia de Dios y de un  pueblo generoso que, ante toda austeridad, sigue caminando y viviendo fielmente su fe. Por un lado, una  gran consolación fue ver que la Compañía sigue apostando por nuestra misión en Cuba a pesar de tantos  “contras”, incluso la disminución numérica. Ver a los compañeros que sostienen la misión allá de un  modo silencioso y perseverante fue profundamente edificante.  

Por otro lado, fue edificante también ser testigo de la colaboración de muchos laicos y laicas  comprometidos que hacen posible la misión. Entre todos se lleva adelante un lindo camino de  acompañamiento a las comunidades y se animan constantemente procesos educativos y pastorales, lo  cual con alegría me permite decir que, a pesar de todo, hay esperanza, y esa esperanza es dada por un  Dios que no abandona, y por este grupo humano de una generosidad increíble y admirable, que cree profundamente en los proyectos pastorales y educativos en los cuales trabajamos.

Testigos de la fidelidad de un pueblo creyente 

Durante nuestra estadía, fuimos testigos de la fidelidad de un pueblo que abraza su fe en medio de grandes dificultades. La religiosidad popular, las celebraciones sencillas, la participación comunitaria  y la confianza en Dios y en la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, expresan una fe encarnada y resistente, pero sobre todo, profundamente humana. Lo bonito de esto, es que no se trata de una fe ingenua, sino de una fe en constante probación que no ignora el sufrimiento, pero que se niega  porfiadamente a renunciar a la esperanza de un mañana mejor.  

La sencillez del pueblo cubano fue de las experiencias más conmovedoras de la misión. Hay carencia material en todo el país, pero existe también una riqueza humana invaluable: la hospitalidad, la  solidaridad, el humor, la capacidad de compartir lo que se tiene, la fidelidad en lo pequeño, en lo  cotidiano, y un calor humano caribeño que abraza y contagia. Lejos de romantizar la pobreza, esta  sencillez me mostró de una actitud vital que permite seguir adelante sin perder la dignidad ni la  esperanza.  

Más cerca del ministerio sacerdotal y de la propia vocación 

El privilegio de vivir esta misión fue una oportunidad de gran crecimiento personal y vocacional.  El acompañamiento pastoral, las celebraciones de las liturgias de la palabra o de la comunión, el contacto  cercano con las comunidades y el ejercicio de una presencia ministerial sencilla y servicial, me  permitieron vislumbrar, de manera concreta, el sacerdocio al cual me siento llamado. En este sentido, Dios ha sido muy generoso, porque por medio de su pueblo, continúa confirmando con mucha claridad la invitación a consagrar la vida como sacerdote en su Compañía.  

El sacerdocio, como el medio para responder de mejor manera a la invitación que Dios me hace,  se fue revelando como una forma de estar y vivir al modo de Jesús: disponibilidad, cercanía, escucha  atenta, sostener y sentirse sostenido por otros, son las luces y caminos por los cuales Dios me indicaba  el “cómo”. En este sentido, la misión me ayudó a romper idealizaciones, regular expectativas, y reafirmar  el deseo de una entrega que se juega en lo sencillo, en lo pequeño y frágil, incluso contando con mis  propios límites, con los cuales me confrontaba a diario: la impaciencia, el deseo de controlar resultados, o la necesidad de hacer algo tangible. Ese pequeño despojo abría un nuevo paso a la confianza y a la  gratuidad, haciéndome capaz de abrir un poco más los ojos para contemplar, a veces entendiendo más y  otras menos, la acción silenciosa y fiel de Dios. Por esta senda siento que Dios me invita a colaborar  en la construcción del Reino. Cuba tuvo mucho de eso: una escuela por medio de la cual Dios va dándole  forma al corazón y a mis frágiles deseos de amarle y seguirle.  

Colaboradores de la misión de Jesús 

La misión en Cuba me dejó muchas experiencias espirituales para seguir profundizando. Una de ellas es que el Reino de Dios se hace presente en la fidelidad de lo cotidiano y se construye entre muchos.  Sin grandes pretensiones. Aquel “venga a nosotros tu Reino” se hace real en los gestos simples, en la  fidelidad de quienes permanecen, en la esperanza que no se apaga, en la fe del pueblo sencillo. Nuestra presencia allá tuvo que ver con ese tipo de “estar”, lejos de todo heroísmo (aunque a ratos lo  quisiéramos), de todo lo “espectacular”, y cerca de una humildad y sencillez que viene como enseñanza para aquellos que tenemos tanto que aprender de este pueblo.  

Regreso a Belo Horizonte a continuar con mis estudios teológicos con un corazón ensanchado  por pura gracia de Dios expresada en los muchos rostros y vidas que llevo conmigo. Regreso dando  gracias a un gran grupo de personas que nos recibió, nos enseñó, y nos quiso, quienes me siguen  mostrando la belleza de compartir la vida y caminar juntos. Y, finalmente, dando gracias a un Dios que  se deja encontrar en la experiencia cotidiana de un pueblo que lucha su esperanza y su fe.

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