5 junio, 2025
En este tiempo de Cincuentena Pascual, al acercarnos a la celebración de Pentecostés, compartimos el testimonio de Alejandro Bautista SJ, quien vivió su misión de Semana Santa en la comunidad de Santa Luzia, Belo Horizonte, Brasil. Su relato nos recuerda que el Espíritu sigue soplando en medio de la historia y que el llamado a servir permanece siempre. En sintonía con el lema del Año Jubilar, Peregrinos de Esperanza, Alejandro nos invita a reconocer la presencia de Dios en la sencillez del encuentro, en los gestos de fraternidad y en la alegría de sabernos enviados.
Por: Alberto Alejandro Bautista, S.J.
Estamos a las puertas de Pentecostés, y con la alegría Pascual quiero de alguna manera breve a todos los lectores, contarles un poco sobre mi experiencia de Semana Santa de este año, como MISIONERO DE LA ESPERANZA de la parroquia Santísima Trinidad, en Belo Horizonte Brasil, tal fue organizada por el P. Carlos Miguel SJ. En esta experiencia fue celebrar y ser testigo del encuentro de Dios en las calles de un barrio de Santa Luzia.



Todo comienza con breves encuentros previos a la semana mayor, donde se pensaba, se soñaba y organizaba lo que sería este tiempo de encuentro y juntos caminar con Jesús en su pasión, llegó el tan esperado Domingo de Ramos nos reunimos en un lugar de Fe y Alegría para salir rumbo a la capilla de Nuestra Señora de la guía, en el recorrido entre cantos, ramos y oraciones, pude ser testigo del clamor de un pueblo proclamando a Jesús como nuestro rey.

Y así iniciamos la Semana Santa como comunidad católica, la cual vivimos en el encuentro con Jesús en las calles, en los enfermos, en las realidades de nuestro barrio. Como se decía en los encuentros previos, ser una iglesia en salida que sea capaz de reflejar el compromiso de en todo amar y servir, esto mediante las distintas visitas, actividades, rezos e incluso entre tantas tazas de café, donde la misión nos lleva a ser sal y luz, ser testimonio de la palabra de Dios en medio de un mundo que cada vez es más competitivo y dividido.
El miércoles santo en medio de la oración vivir la reconciliación por medio de las confesiones, de las oraciones orientadas y del silencio que fue encuentro con Dios.
El jueves santo en medio de todos los momentos de la celebración, queda en mi mente como la parábola del hijo pródigo, una persona que vivió una experiencia tan fuerte que hizo que se alejara de Dios, pero el mismo Señor de alguna manera ese día me puso en el camino de esta persona con la finalidad de ser testimonio de este hecho, al escucharla y saber de su vida de fe, de lo bueno y malo, una de las líderes Señora Aparecida de la comunidad sagrada familia, convida a esta persona a participar de la celebración, cuál es mi sorpresa verla en el lavatorio de los pies, donde la persona experimentó a Dios por medio del sacerdote que le lavaba los pies, es ese padre que acude y la acoge en sus brazos nuevamente. Entre el encuentro, las lágrimas y los signos de Dios en medio de nosotros ese día, fue ser testigo de un Dios que actúa en lo cotidiano y ordinario que se hizo presente en la eucaristía y que a través de ese reencuentro de la persona con él pude ser parte de ese retorno a la fe y amor.

El viernes santo ante el Cristo crucificado solo me quedaba agradecer por tanto bien recibido, por experimentar en los rostros de los allí presentes con los que me había encontrado en esos días. Ver el gesto de las personas sin importar la edad, se acercaban a besar al Cristo como quien besa a un ser querido en el último adiós, fue recordar a mis abuelos quienes me inculcaron el amor a Jesús y que a causa de sus enfermedades que los llevó a la muerte, solo tuve una oportunidad de darles un beso la última vez que los vi y al igual que aquel Cristo sentir esa gratitud, amor y misericordia que sólo quien ama puede dar.
El sábado llega la vigilia un día de muchos signos entre el fuego y el agua, la comunidad cantaba, oraba y con gozo celebraba la resurrección; ya los rostros de tristeza, el silencio y la melancolía se tornaban en alegría, en alabanzas y abrazos pues Cristo ha resucitado, ver ese cirio que por varios meses un grupo de personas trabajaron que dieron su tiempo y su esfuerzo para que todo se llevara a cabo durante estos días santos.


Y así se llega el domingo el último día, antes de regresar nuevamente a la rutina, las palabras, las fotos, las felicitaciones y todo lo que la comunidad expresaba, dentro de mí, solo podía pensar, yo llegué como misionero y con tantas ideas, mas terminé aprendiendo de estas buenas personas más de lo que imaginé, compartimos la fe, llevamos la esperanza y no solo tocamos corazones, sino también fuimos tocados por ese Dios que se nos mostró en esta experiencia, agradeciendo a quien me acogió la señora Aparecida y a su hija María Clara las cuales así como a José y María me abrieron las puertas de su casa y me hicieron parte de su familia.

En resumen, puedo decir: Dios no sólo camina con su pueblo, sino también es su pueblo, se hace presente, como nos decía el Papa Francisco “se identifica con los hombres y las mujeres en su caminar por la historia, especialmente con los últimos, los pobres, los marginados, como prolongación del misterio de la Encarnación”. Y fue así como Dios transformó esta misión en un encuentro cara a cara con Él en su pueblo en Santa Luzia, en la capilla de nuestra señora de la guía.