Tejiendo liderazgo, memoria y futuro: mujeres indígenas de la RSAI en Tirúa, Chile

En el territorio de Tirúa, al sur de Chile, entre el 16 y el 21 de marzo, se llevó a cabo un encuentro profundamente significativo para la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI). Este espacio reunió a mujeres indígenas de diversos pueblos de América Latina —kichwa puruhá, wapichana, maya k’iche’, quechua y mapuche— como parte de un proceso sostenido de fortalecimiento de liderazgos impulsado por la red.

Más que un evento aislado, el encuentro forma parte de una apuesta estratégica por fortalecer liderazgos de mujeres indígenas como sujetas políticas, capaces de incidir en sus territorios, sostener procesos comunitarios y aportar a la defensa de los derechos de los pueblos indígenas. Las participantes no llegan por primera vez: son mujeres que han venido caminando en espacios de formación, reflexión y articulación, reafirmando su compromiso con el buen vivir de sus pueblos.

El encuentro inició con un diálogo con el P. Juan Cristóbal Beytía S.J., Provincial de la Compañía de Jesús en Chile, donde se destacó la importancia de sostener espacios propios para mujeres que ejercen liderazgos. Desde el inicio se reafirmó una convicción central: no hay defensa del territorio sin la participación activa de las mujeres.

Cada jornada estuvo marcada por rituales de inicio y cierre, recordando que el proceso formativo es también espiritual y encarnado. El conocimiento no se limita a lo conceptual, sino que nace del cuerpo, la memoria y la experiencia. Como expresaron las participantes, “las entrañas sienten”, afirmación que refleja una forma de conocer profundamente arraigada en sus cosmovisiones.

El ejercicio de memoria colectiva permitió sostener el proceso como un camino compartido, donde las experiencias individuales se integran en una narrativa común. Este tejido de memorias fortalece no solo el aprendizaje, sino también el sentido de comunidad.

Un momento especialmente significativo fue el encuentro con mujeres lavkneche (mapuche de la costa) de Tirua en la comunidad de Ranquilhue Grande. En este espacio, se compartieron luchas y resistencias desde una perspectiva que integra lo espiritual, lo político y lo colectivo. La defensa del territorio se expresó como una forma de vida vinculada a la identidad y la memoria, reafirmando la importancia de tejer alianzas entre pueblos.

El encuentro también abrió una reflexión crítica sobre el concepto de género. Desde sus propias cosmovisiones, las participantes propusieron comprensiones basadas en la dualidad, la complementariedad y la interconexión, entendidas como formas de equilibrio. Al mismo tiempo, se reconocieron tensiones, como la incorporación de categorías externas sin arraigo o la persistencia de violencias en los territorios. Más que cerrar definiciones, el diálogo permitió abrir preguntas necesarias para seguir avanzando.

En cuanto al liderazgo, se reafirmó una comprensión profundamente comunitaria: no es una búsqueda individual, sino un llamado que surge desde la comunidad. Este liderazgo se vive como servicio, responsabilidad y camino compartido. Sin embargo, también emergieron las dificultades que implica asumir estos roles. El miedo, la duda y la sensación de no ser suficientes forman parte de la experiencia, evidenciando la dimensión humana de estos procesos.

Frente a ello, se destacó la necesidad de fortalecer espacios de cuidado, acompañamiento y formación, reconociendo que sostener liderazgos requiere también sostener a las personas. En este sentido, la sanación aparece como un elemento central. Las violencias estructurales afectan tanto a los territorios como a los cuerpos, por lo que generar espacios seguros se vuelve fundamental para la continuidad de los procesos. Cuidar la vida implica también cuidar a quienes la defienden.

El encuentro permitió avanzar hacia orientaciones concretas que marcan el camino de la red. Se subrayó la importancia de visibilizar las violencias, fortalecer procesos formativos —especialmente desde la niñez— y desarrollar estrategias de comunicación desde los territorios. Asimismo, se reafirmó la necesidad de fortalecer el tejido comunitario y las redes de mujeres, generando espacios de diálogo inclusivos y sostenidos en el tiempo.

En el plano de la articulación, se destacó la importancia de seguir construyendo vínculos entre territorios y redes, promoviendo procesos formativos continuos e impulsando una incidencia que parta de las realidades concretas. Se insistió en que la incidencia solo tiene sentido cuando está profundamente enraizada en los territorios y en las experiencias de los pueblos.

El diálogo con la espiritualidad de la Compañía de Jesús permitió encontrar resonancias con el liderazgo ignaciano, entendido como servicio, autoconocimiento y capacidad de acompañar procesos de transformación. Este intercambio se vivió desde la horizontalidad, en diálogo con las cosmovisiones indígenas, sin imponer marcos únicos de interpretación.

El cierre del encuentro no marcó un final, sino la continuidad de un camino. Como se expresó colectivamente, el proceso es circular, como una caracola: se avanza volviendo sobre lo vivido, pero desde una comprensión más profunda. Se reafirmó la importancia de dar seguimiento a lo iniciado, replicar metodologías en los territorios y fortalecer los vínculos entre las participantes.

El encuentro deja una pregunta abierta: ¿Qué semillas queremos sembrar y cómo vamos a cuidarlas? Las mujeres indígenas que participan en la RSAI no solo forman parte de estos procesos, sino que los sostienen, los transforman y los proyectan. Sus liderazgos son fundamentales para construir caminos de justicia, dignidad y equilibrio con la vida.

Hoy, más que nunca, se reafirma la necesidad de seguir abriendo y sosteniendo estos espacios. Porque en ellos no solo se reflexiona: se teje futuro, se cuida la vida y se construyen alternativas desde los pueblos.

RSAI

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