El lenguaje del corazón

El jesuita mexicano Genaro Ávila-Valencia, S.J., actualmente en su segundo año de estudios teológicos en el Centro Interprovincial de Formación (CIF) de Bogotá, nos comparte su experiencia de misión en la Amazonía peruana.

Su llegada fue el 3 de diciembre, que coincide con el día de San Francisco Javier quien, junto a Santa Teresa de Lisieux, es patrono universal de las misiones. Con ese espíritu de pasión y entrega, se internó lentamente desde Jaén hacia los territorios Awajún y Wampis en Santa María de Nieva. Genaro nos comenta: «la Amazonía me parecía muy retante, desafiante, desbordante, inquietante, apasionante…. Sin embargo, más allá de la geografía, el verdadero reto radica en el encuentro humano: ¿Cómo, sin saber del todo la lengua, puedo hablarles yo? ¿Cómo les hablo de Jesús que no sea con categorías occidentales, con categorías propias mías, sino con sus propias categorías, pero sin dejar de ser yo?». La respuesta la halló en la esencia de la espiritualidad: «Entendí que el lenguaje común a todos era el lenguaje del corazón. Parece algo romántico, algo bobo, pero el lenguaje del corazón es un lenguaje común a todos, un lugar de encuentro donde todos y todas nos comprendemos y entendemos».

La misión de Genaro estuvo estructurada en dos etapas. La primera consistió en integrarse como profesor en la escuela de formación de catequistas de Sentush, dirigida por Juan Carlos, S.J. Allí dictó la materia de Oración, la cual fue un proceso de traducción e inmersión profunda: «Pasamos por varias temáticas: la oración con la naturaleza, la oración con el cuerpo, la oración con la danza, la meditación y contemplación ignaciana, etc., […] Pasamos del rezo vocal a la oración del corazón», detalla. Genaro observó que los estudiantes «pudieron empatar más con la oración de la naturaleza y la del cuerpo», un logro valioso para un programa que busca llevar la teología más allá de las aulas.

La Compañía de Jesús equipó a cada estudiante con una computadora y acceso a internet satelital. «Lo que me gusta de la Compañía es que nunca demerita las capacidades. Todas y todos, especialmente los más empobrecidos,  tienen el derecho a saber lo mejor de lo mejor. El Magis ignaciano no es discriminatorio, ni selectivo, ni excluyente. El Magis es para todos, en todo tiempo, en toda circunstancia y en todo lugar», afirma con orgullo, destacando la aplicación de los conocimientos teológicos aprendidos. 

Luego de ello, inició la segunda etapa: las misiones de Navidad a lo largo de las cuencas fluviales. Recorriendo las comunidades a bordo de un «peque-peque», Genaro experimentó los ríos como las verdaderas «venas de la Amazonía; para ellos los ríos son sus carreteras».

«La Navidad en la Amazonía es la sobriedad total», relata Ávila. Desprovista del consumismo desmedido y de los típicos adornos edulcorados en las grandes ciudades, las comunidades se reunían, más allá de sus denominaciones religiosas, compartiendo incluso con iglesias protestantes como la del Nazareno. Utilizando cantos tradicionales en Awajún y Wampis y compartiendo al final una alegre chocolatada con panetón, la comunidad celebraba la llegada, siempre humilde y discreta, del niño Jesús. 

La experiencia transformó los sentidos de Genaro, quien describe las noches en el territorio no como vacías, sino desbordantes y habitadas por la Creación. «No sabes lo que es una noche en la Amazonía y sentirte invadido, ni siquiera visitado, invadido o embriagado… invadido por la oscuridad, por las estrellas, por la densidad de la selva y por toda su música… son noches dichosas», relata con mucho asombro. 

Esa atmósfera le trajo de inmediato la herencia de San Juan de la Cruz: «La selva no calla, canta constantemente. Canta y también grita y celebra. […] la música callada y la soledad sonora». Para el jesuita, la Amazonía obró como un espacio de profunda sanación interna, un lugar que le «regaló mucha poesía» durante las largas horas de navegación en los ríos. 

Esta sensibilidad mística alcanzó su punto culminante la misma Nochebuena en la comunidad de Ciro Alegría. Tras ocho días consecutivos sin luz eléctrica en el pueblo, Genaro cenó a cielo abierto con las familias locales en una mesa iluminada únicamente por velas. Esta escena quedó grabada en su memoria como un testimonio de fe profunda: “…esa luz que ardía en el corazón era la luz también de las velas […] era la de la fe cristiana, porque no había otra manera de haber coincidido nunca en ese lugar, en ese momento y con esas personas. Nunca hubiera sido posible si no hubiera una fe cristiana de por medio que nos vincula y nos encuentra.”

A través de la convivencia, Genaro comprendió que el verdadero diálogo intercultural no busca la fusión que anula o absorbe al otro, sino la comunión en la diferencia: «En ningún momento dejé de ser yo mismo ni traté de ser uno de ellos, porque me parece una falta de respeto». Esta comunión se tradujo en acciones corporales muy concretas, desde intentar comer el gusano suri y compartir el pescado boquichico tras caminatas extenuantes, hasta pedirle y permitirle a un anciano de la comunidad de Ciro Alegría lo vistiera con los collares y plumajes tradicionales tras preparar una tinta natural. «No hay otra forma de amar que no sea con el cuerpo», afirma. «Sudar, llorar, reír, abrazar, caminar y exponerte con ellos. Lo demás es ideología vacía y no una fe cristiana encarnada». 

Detrás del imponente verdor y la mística de la selva amazónica, Genaro palpó las heridas de la injusticia: “Detrás de toda esa abrumadora naturaleza y de todo ese verdor denso, hay muchas historias de escandalosa injusticia[…] Yo no podía creer cómo los ríos por los que transitamos todos estaban contaminados de mercurio por los mineros que van buscando oro de manera ilegal, explotando a la selva y a las comunidades; [como jesuitas] somos testigos de la alegría del Evangelio del Señor Jesús; no vamos a cambiar nada, pero estamos allí para decir, con nuestra presencia sencilla, que toda su vida nos importa a nosotros y también a Dios».

De regreso en Bogotá, Genaro recuerda a un pueblo que sabe leer la honestidad de las intenciones y abrir de par en par el corazón. El joven jesuita agradece un carisma ignaciano que es capaz de ser sumamente tierno y delicado para escuchar compasivamente en el acompañamiento espiritual y, al mismo tiempo, vigoroso y revolucionario en las fronteras, donde la vida de tantos clama por la paz, la justicia y la reconciliación. 

Finalmente, Genaro nos comparte el poema que escribió estando en la Amazonía: 

Peregrino,

¿Dónde reclinas tu cabeza?

¿Dónde depositas tus cansancios?

¿Dónde guardas tus recuerdos?

¿Dónde desahogas tu llanto?

¿Dónde siembras tu sudor?

¿Qué viento se lleva tu aliento?

¿Dónde brillan tus sonrisas?

¿Dónde caben tus sueños?

¿Quién inspira tus grandes deseos?

¿Qué espíritu habita tu alma?

¿Qué canto palpita en tu pecho?

¿Qué reloj mide tu tiempo?

¿Qué silencio susurra tus versos?

¿Qué soledad acompaña tu camino?

¿Qué compañía te libera del miedo?

¿Qué amigos velan tus insomnios?

¿Qué sol ilumina tus senderos?

¿Qué estrellas cuidan tus noches?

¿Qué luna guarda tus secretos?

¿Qué aliento da vida a tu barro?

¿Qué fuerza sostiene a tu cuerpo?

Peregrino, dime ¿Cómo se ama tanto a tantos en tan poquito tiempo?

Oficina de Comunicación de la CPAL

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