“Solo soy un puente pequeñito”

Sebastián Salamanca Huet S.J. , jesuita mexicano con nueve años en la Compañía de Jesús y actualmente estudiante de teología en el Centro Interprovincial de Formación (CIF) de Bogotá, nos concedió una entrevista para contarnos sobre su experiencia en uno de los territorios prioritarios de la CPAL, Cuba, donde apoyó en actividades programadas para el tiempo de Adviento y Navidad en diciembre 2025.

De La Habana a Santiago de Cuba, en un viaje en autobús de 17 horas por carreteras con poco mantenimiento, Sebastián empezó esta experiencia en la isla caribeña marcada por escasez. Fue recibido amablemente en la parroquia San Luis Obispo del Caney y en la comunidad de Vista Alegre donde descubrió una Iglesia encarnada, joven y con una fe inquebrantable, a pesar de las dificultades. 

Los primeros días dieron notar que las cosas más cotidianas y normalizadas en otros países son allí un privilegio inalcanzable. Sebastián comenta: “Para mí es tan fácil salir de mi comunidad en Bogotá y encontrar una tienda donde conseguir paracetamol o ibuprofeno a la vuelta de la esquina. Allá eso no existe. En Cuba no hay farmacias abiertas con medicamentos básicos; la forma de conseguirlos es casi clandestina. Nos dimos cuenta de que la forma de vida que tenemos es un privilegio que ellos no tienen”.

Aunque Sebastián era consciente de la situación de Cuba, fue inevitable para él no sentir un nudo en la garganta de impotencia al ver “una Cuba no solo abandonada, sino tan decaída”. Presenciar este dolor por hambre y necesidad fue una de las situaciones que más lo desbordó:

“A mí me gusta mucho saludar a la gente. Y entonces yo saludaba, y eso ya era motivo como de que llegaran a pedirnos dinero, medicamentos, etc. Se volvía difícil porque nosotros no teníamos los recursos, ni podíamos ayudar a la gente, así como quisiéramos. Era difícil […] Nosotros mismos llevábamos los recursos limitados […] llegamos un poquito después de la chikungunya a Cuba. Había mucha gente enferma, mucha gente… […] luego con secuelas, sin medicamentos”

En un contexto duro donde incluso las necesidades básicas como salud, luz, agua y comida no son cubiertas, el ánimo puede ser muy desesperanzador. Sin embargo, Sebastián resalta la disposición de las personas que, lejos de culpar a Dios, se organizan con creatividad y bondad para compartir lo poco que posee.

Poco a poco en Santiago las personas iban recuperándose de la Chikungunya y empezaron a salir de nuevo, muchos, por ejemplo, volvían a la Iglesia. El contexto social y político hizo que la religión no tenga tanta relevancia; sin embargo, algunas personas han tomado con mayor fervor sus creencias: “La parroquia tiene mucha gente […] sobre todo muchos catecúmenos que son adultos […] Mucha gente adulta que ha descubierto por una u otra manera el catolicismo y se ha decidido a hacer sus sacramentos […] formarse y ser parte de la iglesia”.

Dentro de la parroquia también hay participación juvenil, Sebastián decidió apoyar en la obra de Navidad junto a los jóvenes de la parroquia y la experiencia resultó muy linda: “Conecté con ellos padrísimo. Nos la pasábamos escuchando música, porque yo escucho de todo tipo. Entonces cuando ellos decían: ‘¡Ay, vamos a escuchar Bad Bunny!’, yo me sabía las canciones y ellos se quedaban como: ‘¡Ah, no! ¿Cómo puede ser eso posible?”. Más allá del agradable momento compartido con los jóvenes, lo que verdaderamente conmovió al jesuita fue el compromiso de estos muchachos y su capacidad de utilizar el arte y el humor para hacerle frente a la situación política y social:

“Verlos tan entregados a su fe, pero también a lo que esa fe implica. No solamente como a decir: «Ah, soy cristiano», ¿no?, sino al compromiso que implica ser cristiano. Porque ellos mismos prepararon la obra después y la presentaron en otras parroquias eh… de menos recursos incluso, eh… son muy comprometidos con las actividades de la iglesia, son los primeros que ayudan en todo lo que hace falta.”

Con experiencia en pintura, Sebastián dejó un signo visible de consuelo para los fieles de Vista Alegre. Pintó un mural de Jesús Buen Pastor en el Sagrario de la Iglesia cuyo proceso fue una metáfora de la vida cubana, pues tuvo que trabajar con lo mínimo, estirar la pintura para que rindiera y adaptarse a las circunstancias:

“Estuve pintando sin energía eléctrica unas dos horas. Ya se iba la luz y yo estaba con el teléfono iluminando… tratando de terminar porque no quería desperdiciar la pintura. Tuve que dibujar directamente sobre el muro porque no había papel para el boceto, y usar unas escuadras gigantes de madera que tenían unas señoras para el refuerzo escolar. El mural del Buen Pastor cargando a su ovejita fue un signo de que no están solos; quería que la gente sintiera que Dios no se olvida de ellos”.

Acompañando la imagen, quedó plasmada la frase del Evangelio de Mateo: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados por la carga y yo les daré alivio”. Un mensaje que cobró pleno sentido para una comunidad que acude a la Iglesia buscando descanso.

Para Sebastián, el mayor beneficio espiritual de este mes de misión fue contagiarse de una fe firme que solo se sostiene en lo esencial. El joven jesuita define su experiencia en Cuba como un encuentro vivo con la escatología: la vivencia pura de la esperanza cristiana en medio de la incertidumbre.

“Es fácil creer en Dios cuando todo va bien y decir: ‘Dios me bendice porque tengo todo lo necesario’. Pero creer en Dios en momentos de tanta dificultad y conservar esa fe tan clara y firme es una lección profunda. Ellos me devolvieron la esperanza. Saber que, meses después, me siguen escribiendo para contarme que se siguen reuniendo, que usaron las pinturas que les dejé y que se apropiaron de la obra de teatro, me demuestra que solo soy un puente pequeñito. La misión es de Dios y de ellos”.

Los muchachos y muchachas del grupo han realizado otras obras de teatro: la de semana santa y la de Pentecostés, el grupo sigue creciendo. La dificultad, que se ha agravado en la Isla, les ha hecho aumentar su compromiso y esperanza. Cuba dejó marcado el corazón de Sebastián, Dios no se olvida de ellos, no los deja solos, y en cada cosa pequeña que logran organizar como Iglesia y como comunidad se hace presente con toda su fuerza y su amor. Luego de vivir esta experiencia, el jesuita agradece a Cuba, a Santiago, porque lo contagiaron mucho de su fe y esperanza. 

Oficina de Comunicación de la CPAL

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