15 diciembre, 2025
Del 1 al 10 de diciembre de 2025, el Centro de Formación María del Camino, en La Esperanza, Quetzaltenango (Guatemala), acogió una experiencia profundamente intercultural de Ejercicios Espirituales en clave ecológica, orientada a fortalecer la espiritualidad, el discernimiento y el compromiso con el cuidado de la casa común.
La actividad reunió a 26 participantes —16 mujeres y 10 hombres— provenientes de diversos pueblos y culturas: Mam, Poqomam, K’iche’, Q’eqchi’, Xinca y Tzotzil, así como personas de habla portuguesa y castellana. La diversidad cultural y lingüística enriqueció el proceso, generando un espacio de encuentro, escucha y aprendizaje mutuo entre pueblos y experiencias de vida distintas.

La propuesta estuvo inspirada en la espiritualidad ignaciana y en el llamado a la conversión ecológica promovido por el papa Francisco, especialmente a partir de la encíclica Laudato Si’. Desde esta perspectiva, los ejercicios buscaron integrar la fe con el cuidado de la creación, la justicia socioambiental y la defensa de la vida de los pueblos y territorios.
Espiritualidad desde la tierra y las cosmovisiones originarias
Desde el inicio, la experiencia se enraizó en las cosmovisiones de los pueblos originarios. Uno de los símbolos centrales fue la construcción del Warab’alja, espacio sagrado donde Dios “descansa” y se hace presente, representando una espiritualidad que reconoce la presencia de lo divino en la naturaleza, la comunidad y la historia personal.
La metodología combinó silencio, contemplación, trabajo personal, espacios comunitarios y lectura creyente de la realidad, siguiendo la pedagogía ignaciana del discernimiento. Durante los diez días, las y los participantes recorrieron un proceso progresivo de reflexión interior y comunitaria.
El camino espiritual inició con una invitación a “corazonar desde mi bosque interior”, promoviendo la reconexión con la propia historia, las emociones, los vínculos y las heridas personales. Posteriormente, se profundizó en la comprensión de que “todo está conectado”, integrando las relaciones humanas, comunitarias y ecológicas como fundamento de la vida.
El proceso también permitió reflexionar sobre el pecado entendido como ruptura de relaciones: con Dios, con los otros y con la creación. Desde allí, las y los participantes discernieron el llamado a “plantarse” junto a los crucificados de hoy, en referencia a los pueblos, territorios y ecosistemas afectados por la violencia, el extractivismo y la exclusión.
Finalmente, la experiencia culminó con una renovación de la esperanza desde la vivencia pascual, reafirmando que la vida es más fuerte que la muerte y que el cuidado de la casa común es también una tarea espiritual y comunitaria.

Ecología integral y compromiso comunitario
A lo largo de los ejercicios se generó un diálogo profundo entre espiritualidad cristiana y cosmovisiones indígenas, favoreciendo una comprensión amplia de la ecología integral como relación armónica entre todos los seres.
Las reflexiones compartidas evidenciaron preocupaciones comunes frente a problemáticas socioambientales como la minería, la deforestación, la contaminación y el consumismo. Las y los participantes reconocieron cómo estas dinámicas afectan directamente a las comunidades y territorios, especialmente a los pueblos originarios.
Al mismo tiempo, se destacó la necesidad de fortalecer alternativas desde las propias comunidades, promoviendo prácticas cotidianas más conscientes y procesos colectivos de cuidado del territorio y de la vida.
La experiencia también favoreció procesos de sanación personal y comunitaria, permitiendo reconocer heridas individuales y colectivas, así como reconstruir vínculos desde la espiritualidad, la escucha y el acompañamiento mutuo.
Fortalecer el cuidado de la casa común
Como resultado del proceso, se fortalecieron las capacidades espirituales y de discernimiento de las y los participantes, integrando la dimensión ecológica en sus procesos de fe y vida cotidiana.

Asimismo, el encuentro reafirmó el valor del diálogo intercultural entre pueblos originarios y la riqueza de sus cosmovisiones y prácticas espirituales como aportes fundamentales para la construcción de alternativas frente a la crisis socioambiental actual.
La experiencia dejó también un renovado compromiso con el cuidado de la casa común desde acciones concretas en los territorios, las comunidades y la vida cotidiana.
Como expresó una de las reflexiones compartidas durante los ejercicios:
“Cada criatura está conectada. Cuidar la casa común es también cuidar nuestras relaciones, nuestra comunidad y nuestra propia vida”.
Desde la espiritualidad ignaciana y el caminar de los pueblos originarios, esta experiencia reafirmó que la conversión ecológica no es únicamente un cambio de prácticas, sino también una transformación profunda de la manera de relacionarnos con Dios, con los otros y con toda la creación.
RSAI