Los pueblos indígenas y la lucha contra el cambio climático

En diciembre de 1994, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió que cada 9 de agosto el mundo conmemorase a los pueblos indígenas. En la actualidad –de acuerdo con datos de la misma organización–, se estima que hay 476 millones de personas pertenecientes a algún pueblo indígena, viviendo en cerca de 90 países.

Si bien los pueblos indígenas representan alrededor del 6% de la población mundial, un 15% de ellos experimenta pobreza material. En otras palabras, la incidencia de la pobreza material es mayor entre estos pueblos. 

Pese a que las poblaciones más pobres del mundo son las que menos han contribuido al cambio climático por causas antropogénicas, ellas son quienes más sufren (y sufrirán) sus efectos. En otras palabras, son víctimas de acciones de las que no son responsables. Este hecho, paradójicamente, contrasta –en el caso de la población indígena– tanto con sus formas tradicionales de vida como con sus visiones de mundo, las que ofrecen generalmente una alternativa mucho más equilibrada a la hora de analizar la relación del ser humano con sus ecosistemas de vida.

Esta realidad ha sido constantemente destacada por diversas organizaciones de la sociedad civil, quienes luchan en conjunto con estos pueblos en las constantes injusticias a las que el sistema los somete, como el arrebato de tierras y las dificultades que experimentan para la preservación de su cultura. Tras un pasado difícil, tejido tanto por enormes males como por bienes realizados por la Iglesia Católica, esta ha hecho lo propio, destacando actualmente la valía cultural de los pueblos indígenas y de las enseñanzas que la cultura moderna puede obtener de sus prácticas cotidianas de vida.

Un ejemplo es la noción de «buen vivir», que define el horizonte de vida de muchos pueblos indígenas latinoamericanos. En su Exhortación Apostólica «Querida Amazonia», el Papa Francisco destaca esta filosofía: «[esta] implica una armonía personal, familiar, comunitaria y cósmica, y que se expresa en su modo comunitario de pensar la existencia, en la capacidad de encontrar gozo y plenitud en medio de una vida austera y sencilla, así como en el cuidado responsable de la naturaleza que preserva los recursos para las siguientes generaciones» (QA 71).

Hoy, en diversos encuentros internacionales de alto nivel, los pueblos indígenas comienzan a ganar cada vez mayor autoridad en la discusión climática. Han bregado incansablemente por ser escuchados en contextos en que su sabiduría, su ciencia y su cultura eran fácilmente despreciadas. La emergencia climática global, en cierta forma, ha obligado a los tomadores de decisiones a prestar atención a grupos humanos que al parecer sí pueden ofrecer ideas novedosas a la hora de encarar fenómenos tan graves como el calentamiento global.

Los pueblos indígenas han destacado el papel que juega el conocimiento local en la búsqueda de soluciones a problemas que se experimentan en un territorio, es decir, en un espacio y en un tiempo determinado. Con ello, no solo han permitido que se ponga en valor sus propias tradiciones y prácticas, sino que las de toda comunidad (indígena o no) que busca, desde las particularidades de su realidad, soluciones a las contingencias cotidianas. También han encontrado aliados en la academia, como los estudios de ciencia y tecnología, que analizan cómo las condiciones locales influyen en las prácticas y avances de la ciencia moderna. 

Los pueblos indígenas no deberían –como ningún pueblo en específico– ser idealizados ni romantizados, pero sí valorados en su gran riqueza sociocultural y en la capacidad que sus heterogéneos saberes y prácticas pueden ofrecer a graves problemas, como el del cambio climático. La conmemoración del día de los pueblos indígenas es una oportunidad para poner el foco en esas riquezas y conocimientos, para pensar cómo estos pueden encontrar áreas de aplicación más allá de sus espacios propios, y para preguntarnos en qué medida nuestra tan diversamente rica sociedad global está incorporando esta riqueza a la hora de encarar urgencias tan graves como el calentamiento global.

Por Cristóbal Emilfork SJ

Ph.D. Antropología Socio-ambiental – U. de California, Davis

M.St. en Estudio de las Religiones – U. de Oxford

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