Compartimos la experiencia de Magisterio escrita por Genaro Ávila-Valencia, S.J.
Dios habita en el deseo. En mis años con jesuitas he aprendido a confiar en los deseos profundos de mi corazón, a atenderlos, escucharlos, nombrarlos, conferirlos, expresarlos y seguirlos. Los deseos son una fuente primaria para el discernimiento, pues de ahí afloran las mociones, esos dinamismos que nos ponen en camino para “buscar y hallar la voluntad de Dios» en nuestra vida [EE 1]. Recuerdo que desde mis tiempos como novicio ya había escuchado el testimonio de otros jesuitas de que Cuba era una de las misiones prioritarias para la CPAL (Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y el Caribe). El deseo ya se había sembrado en mí. Lo escuché. Lo acogí y tiernamente lo cuidé. Después, durante mis estudios de filosofía, percibí la segunda invitación: nos visitó en el filosofado el presidente de la CPAL y nos volvió a presentar a Cuba como un destino prioritario. Entonces la pequeña brasa del deseo se atizó, pero había que esperar a terminar mis estudios de filosofía. Esperar con mucha paciencia, sin prisas y sin pausas, al tiempo de Dios; pues como dice Santa Teresa de Jesús “la paciencia todo lo alcanza”.
Fue en el verano del 2021, en pleno contexto de post pandemia, cuando se dieron las manifestaciones del 11 de julio de 2021 (11-J). Muchos cubanos, principalmente jovenes, se lanzaron a las calles para protestar debido a la crisis sanitaria por la pandemia, la escasez de medicinas y alimentos, entre otras cosas más. Fueron (y son) tiempos históricamente muy difíciles para el pueblo cubano. Muchos jovenes fueron tildados como “disidentes” y encarcelados como “presos políticos”. Yo, estudiante de filosofía, a punto de salir a “magisterio” (años de misión apostólica de los jesuitas en formación), seguí muy de cerca dicho estallido social, ésta fue mi tercera invitación. Dios habla en la historia. Al final, ¿qué cosa es la realidad sino un sacramento de encuentro con Dios? La realidad tal cual es, donde Dios se nos da y “trabaja y labora por mí en todos las cosas criadas” [EE 236].
El Padre Provincial escuchó mis deseos y confirmó mi discernimiento enviándome a Cuba, a donde, expectante y temeroso, llegué en el año 2022. Fui destinado a colaborar en el equipo nacional de la Pastoral Juvenil Ignaciana, lo que me permitió recorrer casi toda la Isla bella y escuchar a tantos y tantos jovenes llenos de deseos, pero también de frustraciones; llenos de esperanzas, pero también confrontados por las tantas dificultades. Al mismo tiempo, también trabajé para el Centro Loyola en Camagüey, Cuba; allí aprendí a encontrar a Dios también en los números, en la gestión de los proyectos, en la elaboración de informes y en la subdirección de dicha institución. Mi magisterio me puso de frente el gran desafío ignaciano de “encontrar a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él”.
No quiero caer en la tentación de idealizar, ni de romanizar mi magisterio en Cuba, no sería justo ni honesto. En honor a la verdad, debo decir que Cuba es absolutamente una tierra de misión y de contingencia, un país que me invitó a tener la resistencia y la fortaleza de un roble que se mantiene firme y erguido; pero también la ligereza y la flexibilidad de un bambú que sabe danzar la vida al ritmo del viento. Aunque, quizás, nunca como en Cuba me sentí tan frágil y tan vulnerable; paradójicamente, nunca como en Cuba me sentí tan sostenido y tan cuidado por Dios y por mis hermanos jesuitas, especialmente los miembros de mi comunidad.
En medio de tantas noches oscuras, de tantas lágrimas negras y de largas horas de apagón. En medio de tanta carestía y tan abrumadora necesidad; esta bendita tierra fue para mí un lugar teológico, una Teofanía, en donde pude indignamente ver y contemplar con mis propios ojos, tocar y acariciar con mis propias manos la gracia de Dios que “consuela a su pueblo y le habla al corazón” (Cf. Is, 40, 1-2); pero no hablo de una “gracia barata”, que es como una mercancía que hay que liquidar, una justificación del pecado y de nuestra comodidad; sino la “gracia cara”, de la que habla Dietrich Bonhoeffer, que es la radicalidad del Evangelio que siempre hemos de buscar, los dones que hemos de pedir, la puerta a la que se llama, las personas a las que se ama. Es gracia cara porque llama al seguimiento de Jesús, pobre y humilde; es cara porque nos cuesta la vida, es gracia porque a su vez no regala la Vida. “De lo que no se puede hablar, es mejor callar”, diría Wittgenstein, en su Tractatus; dado que hay realidades que nos sobrepasan y no logramos comprender “en toda su anchura, longitud, altura y profundidad” (Cf. Ef 3, 18), tal es el caso de la experiencia del amor de Cristo vivida en la mayor de las Antillas, experiencia que se expresa en la música callada, en la soledad sonora, en lo inefable del silencio, en la hondura de un suspiro, en la nostalgia de un recuerdo, la suave brisa del Caribe, su penetrante aroma a café, en los rítmicos sonidos del bongó, las maracas y las claves del son cubano y en la sutil fuerza de un vivo anhelo.
La realidad es superior a la idea. El amor cristiano no es etéreo, sino encarnado, pues se ama a cuerpo entero; sintiendo todo con el amado y por el amado: hambre, soledad, tristeza, “lágrimas y dolor con Cristo doloroso y quebranto con Cristo quebrantando” [EE 203]; pero también “alegrándome y gozando internamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestros Señor” [EE 221] vivo en medio de su pueblo cubano que peregrina tanto en la Isla, como fuera de ella; los que perecen en el insilio y los que padecen en el Exilio. Pues, como diría la poetisa cubana, Dulce María Loynaz: “Amor es apretarse a la cruz, y clavarse a la cruz, y morir y resucitar… ¡Amor es resucitar!”
Termino este texto poniéndome de rodillas y ofreciendo en las manos del Señor de la Vida mi deseo de volver a Cuba, pues como dice la canción “uno vuelve siempre, a los viejos sitios, donde amó la vida”. Porque, como dice aquel poema que escribí en mi vieja y bella Habana: