San Pablo es el apóstol por excelencia. Cuando se piensa en la evangelización y en la vida misionera, se piensa en él. Hombre de grandes ciudades, vivió en las capitales de la provincia oriental del Imperio romano (Éfeso, Corinto, Antioquía, Tesalónica). Nació en plena diáspora y se estableció en Jerusalén para realizar sus estudios como fariseo. Noble judío de nacimiento, recibió como formación lo mejor que la cultura judeo-helenística podía ofrecerle. Fue primero un perseguidor de los cristianos y un hombre «irreprochable» según la ley de Moisés (cfr Fil 3,6), y se convirtió luego en cristiano hacia los años 33-34.

En los Hechos de los Apóstoles Lucas nos refiere tres cosas que Pablo mismo no nos dice. En primer lugar, que era de Tarso. El nivel cultural de Pablo está en sintonía con su ciudad de origen. Pablo pertenecía a una familia acomodada. En la capital de Cilicia, ciudad universitaria con escuelas filosóficas florecientes, recibió una excelente formación helenística, que incluía el conocimiento de la retórica y de los elementos fundamentales de la cultura griega.

En segundo lugar, gracias a su familia era ciudadano romano de nacimiento, algo raro en esa época. Más adelante, Pablo escribirá a los Corintios: «[Dios] escogió a los que el mundo tiene por insignificantes, a los que trata con desprecio, a aquellos que nada valen» (1 Cor 1,28). Esto es cierto para la mayor parte de los Corintios, pero Pablo, por su familia, su educación y su formación intelectual, pertenecía a la élite del Imperio.

En tercer lugar, Lucas nos cuenta que inicialmente Pablo se llamaba «Saulo», pero, curiosamente, no nos da el motivo del cambio de nombre (cfr Hch 13,9). En ese tiempo muchos judíos tenían dos nombres: uno lo usaban dentro de la comunidad y el otro para el mundo no judío. ¿Sería Saulo el nombre judío de Pablo? Este era un nombre poco frecuente entre los judíos de entonces, que preferían los nombres de la dinastía asmonea[1]. ¿Quién podría haber dado el nombre de «Saulo» a su propio hijo, si no uno que pertenecía a una familia para la que este gesto sería un signo de prestigio, pues formaba parte de la tribu de Saúl? Ahora Pablo nos dice: «yo también soy israelita, descendiente de Abrahán, de la tribu de Benjamín» (Rm 11,1). Así, es muy probable que el benjamita Saulo se llamara Pablo en el contexto greco-latino.

Es, pues, este judío fariseo de la diáspora helenística, este ciudadano romano de la tribu de Benjamín, a quien Cristo eligió para ser el evangelizador por excelencia. Lo que Pablo nos enseña con su vida y con sus palabras constituye el marco fundamental de toda evangelización.

No hay evangelización sin una experiencia personal de Cristo

«Y lo que ahora vivo en esta condición humana lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). El principal acontecimiento en la vida de Pablo fue el encuentro con Cristo en el camino de Damasco. Nos habla de su experiencia sin decirnos el lugar, y apenas refiere algo sobre el contenido. Unos veinte años después escribirá a los Gálatas: «El Evangelio que yo les anuncio no es invento humano, porque no lo recibí ni lo aprendí de ningún hombre, sino por revelación del mismo Jesucristo. […] Pero cuando Dios, que me eligió desde antes de nacer y me llamó por su gracia, quiso revelarme a su Hijo para anunciarlo a los no judíos». Sorprende que Pablo use el lenguaje de los profetas – como el de Jeremías, por ejemplo – cuando habla de su propia llamada. La misión de anunciar el Evangelio a las naciones es inseparable de su descubrimiento personal de Cristo. La comunión con Cristo estará, a partir de ese momento, en el centro de su vida espiritual.

No sabemos con precisión lo que el Apóstol vivió, y este, además, es muy discreto. Sin embargo afirma: «¿No soy libre? ¿No soy apóstol? ¿Acaso no he visto a Jesús, nuestro Señor? ¿No son ustedes el fruto de mi trabajo en el Señor? Si para otros no soy apóstol, sin duda lo soy para ustedes» (1 Cor 9,1-2). Como privilegio excepcional, fue concedido a Pablo, que no había conocido a Jesús según la carne, verlo resucitado[2]. Cristo eligió a un perseguidor que no había vivido con él para convertirlo en su mensajero.

Todo cristiano y, a fortiori, todo evangelizador, está llamado a vivir lo que vivió Pablo. Se trata de realizar un encuentro personal con Cristo y de poder hablar de él en primera persona. Pablo es, ante todo, un hombre apasionado por Cristo, feliz de reproducir en su carne las pruebas de Cristo, para que esto lo acerque al Señor: «Que en adelante nadie me cause más preocupaciones, pues me basta con llevar en mi cuerpo las cicatrices de Jesús». Encontrar a alguien por quien valga la pena morir significa reencontrarse con Jesús (cfr Fil 1,21-25).

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Marc Rastoin, SJ
Delegado del Padre General para las relaciones 
con el judaísmo desde 2014. 
Enseña Nuevo Testamento
en el Centro Sèvres (París) y en el Institut Biblique (Roma)
 

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[1] Estos representaban alrededor de un tercio de los nombres masculinos, y Saúl se situaba solo en el puesto número dieciocho. Cfr T. Ilan, Lexicon of Jewish Names in Late Antiquity. Part I: Palestine 330 BCE – 200 CE, Tübingen, Mohr Siebeck, 2002, 56.
[2] Cfr J. Ratzinger, Gesù di Nazaret. Vol. II: Dall’ingresso in Gerusalemme fino alla risurrezione, Città del Vaticano, Libr. Ed. Vaticana, 2011, 279.

 

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