La detención del padre Stan Swamy, los abusos y el trato inhumano que se le infligió, y finalmente su muerte en cautiverio en la India el 5 de julio de 2021, revelan algunas características importantes de nuestra fe[1]. Entre ellas, la aparente impotencia y total vulnerabilidad de un creyente frente a ciertos engranajes de la maquinaria del Estado y a fuerzas que desprecian los principios constitucionales y para las que carecen de sentido la equidad, la justicia, la paz y, en definitiva, cualquier principio noble de la moral civil.
En tales circunstancias, un creyente que basa su vida de fe en la justicia, la paz, la fraternidad, la libertad, el perdón y la reconciliación, y que trata de vivir de forma coherente con lo que profesa, acaba convirtiéndose en un blanco fácil para los fanáticos y las fuerzas fundamentalistas que pretenden destruir todo rastro de diversidad y disidencia para imponer a la nación una tiranía ideológica homogeneizadora en términos de cultura, religión, lengua y gobierno.
En este artículo, trataremos de reflexionar sobre las dimensiones «vulnerables» de la fe en el contexto conflictivo contemporáneo. Por supuesto, no siempre es fácil distinguir entre la fe genuina y el fanatismo fundamentalista (sádico y violento, o masoquista y no violento). Por ello, nuestras reflexiones van más allá de este tipo de cuestiones. También explicaremos de qué manera la vulnerabilidad de un creyente puede llegar a ser vista como su verdadera fuerza.
La fe implica un “creer en” y un “creer a”
El “creer en”, que podríamos denominar fides quae, se define con referencia a una suerte de pacto intelectual y a la profesión de un conjunto de creencias. El “creer a”, fides qua, en cambio, consiste en una orientación personal y devota hacia Dios. Son dos dimensiones esenciales de la fe. Se puede afirmar que la segunda es más importante que la primera, pero la primera también forma parte de la fe profesada.
Las auténticas «razones» para creer sólo pueden encontrarse si se adopta una relación y un compromiso con la fe. Lo que debe tener lugar, pues, es un verdadero «salto» de fe personal, que implica un riesgo y un aspecto de vulnerabilidad. A medida que uno crece en la fe, esta vulnerabilidad probablemente pasa al nivel inconsciente. Pero a veces puede surgir en la conciencia, incluso en el caso de un creyente fiel. Por ejemplo, puede ocurrir que ciertas dimensiones de la fe de un creyente se vean desafiadas por factores como las perspectivas y los descubrimientos científicos, el dolor inocente, la enormidad del mal en el mundo, las oraciones de los que sufren sin respuesta, etc. En tales circunstancias, el creyente puede verse expuesto al ataque de serias dudas, y entonces la fe con la que se dirige a Dios (fides qua) puede debilitarse.
El sabio necio contra el necio sabio
La vulnerabilidad que implica el compromiso con la fe también surge de la paradoja de que los «sabios» demuestran ser «necios», y los «necios» demuestran ser «sabios». No es de sentido común que uno se arriesgue tanto por cuestiones de fe, es decir, por algo que no es realmente visible ni evidente. Por lo tanto, los que van por este camino y corren esos peligros parecen «necios» a los ojos de los que no creen. Sin embargo, los «sabios» que hacen sus elecciones sólo si les aseguran un retorno inmediato y visible, o los que persiguen una vida segura en este mundo resultan ser los verdaderos «necios» (cf. Lc 12,20) por su incapacidad de distinguir entre las cosas pasajeras y las duraderas. Aunque los «necios sabios» estarán mejor al final, en el presente inmediato están expuestos a burlas, críticas e incluso persecuciones.
Tras el martirio de seis jesuitas, su cocinera y la hija de 15 años de esta última en El Salvador, en 1980, una mujer sencilla e inculta, que comprendió el significado del acontecimiento, exclamó durante una ceremonia conmemorativa: «No lloren su muerte…, imiten su vida»[2]. Precisamente porque la vulnerabilidad está relacionada con la fe, una vida sinceramente basada en la fe se convierte en un testimonio vivo del Evangelio. El cardenal Emmanuel Suhard, arzobispo de París durante la ocupación nazi, describió la experiencia de la fe como «vivir de tal manera que toda la vida sería inexplicable si Dios no existiera»[3]. En efecto, una fe que evita todo riesgo y vulnerabilidad no puede dar testimonio del Evangelio.
La fe es una invitación a reconocer la fuerza en la debilidad
«En el centro de la trama del plan redentor de Dios – dice Edmund Clowney – está el principio de que su poder se perfecciona en la debilidad»[4]. En la Biblia, este principio paradójico destaca en la vida de ciertos personajes, como el profeta Jeremías, Pablo, María, ciertas comunidades (el Siervo Doliente, que representa a Israel) y en el propio Cristo. A pesar de haber sido elegido como instrumento de Dios (cfr Hch 9,15), Pablo confesó a los corintios que sufría a causa de la espina que le había colocado en su carne el enviado de Satanás (cfr 2 Cor 12,7). También encontró su fuerza en la debilidad que le produjeron los ultrajes, las dificultades, las persecuciones y las angustias, y quizás también en sus propias debilidades espirituales. A esto podrían aludir, en efecto, «las debilidades» enumeradas en 2 Cor 12,10. Mientras experimentaba su propia vulnerabilidad frente a los ataques de las fuerzas del mal, tanto en el exterior como en su interior, el Apóstol encontró fuerza en su fragilidad, e incluso se jactó de ella, para que el poder de Cristo brillara en su vida para dar testimonio de su Señor (cfr 2 Co 12,9). Para Pablo estaba muy claro que Dios manifestaba su propia fuerza en su debilidad, cuando observaba que Dios perfeccionaba su propia sabiduría en la insensatez de la cruz, y que el poder de Dios brillaba en la «impotencia» de la cruz (cfr 1 Cor 1,18-2,16). Es precisamente el hecho de que demos testimonio de la fe en nuestra debilidad y vulnerabilidad lo que nos hace testigos creíbles.
Por supuesto, la conciencia de la propia indignidad o debilidad, por un lado, y la impotencia absoluta ante la enormidad del mal o la preponderancia de las situaciones externas adversas, por otro, pueden hacernos vulnerables al desánimo. Pero los textos mencionados muestran claramente que es en esa vulnerabilidad donde se manifiestan el apoyo y la fuerza de Dios.
Vulnerabilidad relacionada con no poder practicar lo que se profesa
Los que no profesan una fe o unos valores morales pueden permitirse el lujo de considerarse «libres» de cualquier restricción, incluida cualquier posible crítica a la brecha entre su profesión de fe y la práctica de la misma en su vida cotidiana. No es así para los que practican la fe y la moral que conlleva. Precisamente por eso se vuelve vulnerable a las críticas cuando, en la vida práctica, manifiesta una evidente deficiencia en los valores y creencias que afirma. El remedio, sin embargo, no es dejar de proclamarlas, sino ver en esa situación una llamada a la humildad y a una mayor confianza en Dios.
Esa vulnerabilidad, si se acepta, puede tener un gran valor testimonial en determinadas circunstancias. Por ejemplo, la humilde admisión por parte del Papa Francisco de sus propias imperfecciones y de los errores cometidos por la Iglesia católica como institución ha potenciado enormemente su carisma personal. Por el contrario, el lujo de la «libertad» que reclaman quienes no afirman una fe podría hacerles caer en la esclavitud de sus pulsiones instintivas.
«¿Soy acaso el guardián de mi hermano?». «¡Sí, lo eres!»
La fe implica la responsabilidad de la sensibilidad social. Puesto que «Dios es amor» (1 Jn 4,16), «el que no ama no conoce a Dios» (1 Jn 4,8). Esta responsabilidad puede poner límites a la propia «libertad». Puesto que el mayor de los mandamientos se refiere al amor, las exigencias de la fe se convierten en exigencias del amor. El pasaje de 1 Cor 8,1-13 nos da un buen ejemplo de ello: uno puede estar convencido, y con razón, de que comer carne ofrecida a los ídolos es totalmente legítimo y, sin embargo, Pablo, movido por la preocupación por los débiles en la fe, exhorta a los corintios a abstenerse de esa comida. Los creyentes no pueden evitar que sus sentidos perciban la dolorosa realidad que les rodea y, por tanto, no pueden eludir su responsabilidad de hacer todo lo posible para aliviarla. Uno se vuelve vulnerable a esas exigencias porque cree en Dios que es amor. Es precisamente el compromiso de fe con un Dios lleno de amor, compasión y misericordia, un Dios de justicia, lo que da lugar a un impulso interior irresistible de alzar la voz para protestar contra la explotación flagrante de los débiles por parte de los fuertes, y de ponerse decididamente del lado de las víctimas de la opresión sistemática, incluso a costa de terribles dificultades, grandes sacrificios, persecución implacable e incluso muerte inmerecida.
«¿Dónde está tu Dios?» (Sal 42, 4.11). La burla de los opositores
Podemos reconocer esta burla en muchas formas en la historia de todos los pueblos. Por mucho que la teodicea ofrezca una vía filosófico-teológica para abordar este problema, la burla en sí misma nunca ha perdido su filo. Se nutre de la vulnerabilidad del creyente, que en algunas circunstancias especialmente difíciles no logra experimentar la presencia reconfortante y activa de Dios. La burla del verdugo esparce sal en las heridas de los ya golpeados y maltrechos, añadiendo la burla a la herida. Job se enfrentó con éxito a esta situación (cfr Job 2,9-10). Incluso Jesús en la cruz tuvo que enfrentarse a las burlas (cfr Mt 27,40-43). Ambos lo hicieron mediante la entrega total a Dios, sin sucumbir miserablemente a esas provocaciones. El suyo fue, en efecto, un acto de fe perfecto.
En este contexto, surge una pregunta: el aparente silencio de Dios en el sufrimiento humano, ¿revela su ausencia, o más bien su profunda solidaridad con la humanidad que sufre? El significado de la crucifixión del Hijo de Dios apunta a la segunda alternativa. Nuestros instintos naturales de venganza, castigo y represalia pueden hacer surgir en nosotros el deseo de que Dios se ponga de alguna manera de nuestra parte e intervenga, aplastando a nuestros opresores. Pero, como nos dice Isaías, Dios no piensa como nosotros, y sus caminos no son los nuestros (cfr Is 55,8). Más bien, como nos recuerda Pablo, «todo contribuye al bien de quienes aman a Dios» (Rom 8,28). Esta es la lección del Calvario. Allí, el tremendo silencio de Dios proclamó un mensaje inaudito, alto y claro sobre su forma de actuar, invirtiendo radicalmente el acontecimiento cuando los que habían probado la derrota, la tristeza y la desolación el Viernes Santo experimentaron una alegría, un triunfo y una esperanza desbordantes en la mañana de Pascua, mientras que los que habían celebrado su victoria el Viernes Santo fueron derrotados estrepitosamente.
Siempre ha sido así en los 2000 años de historia del cristianismo, ya sean los primeros mártires romanos, o los mártires de épocas posteriores, o los de nuestro tiempo, como San Oscar Romero, la Beata Rani María, el misionero jesuita Anchanikal T. Thomas, y otros. Este será también el caso de la historia del padre Stan Swamy. El verdadero creyente persevera en la fe, el fervor y la fraternidad, «esperando contra toda esperanza» y permaneciendo valientemente vulnerable, dejando a Dios cualquier venganza y la última palabra.
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 22,2)
Esta es la extrema vulnerabilidad que un ser humano puede experimentar: el sentimiento de haber sido completamente abandonado por Aquel en quien «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28), por Aquel que siempre ha sido el ancla absoluta de su fe, la roca sobre la que fundó su esperanza, la fuente inagotable de su capacidad de amar hasta el vaciamiento de sí mismo. Nuestro compromiso con la fe puede llevarnos al punto de una angustia muy radical. Tenemos un ejemplo de ello en personas, como Santa Teresa de Calcuta, que sufrieron largos períodos de oscuridad espiritual a pesar de su vida santa[5].
Los que viven de la fe no tienen garantías de que la existencia esté siempre llena de paz y tranquilidad. Sólo existe la convicción, la confianza y la esperanza de que las promesas de Dios son fiables y de que Dios se encargará finalmente de que den fruto. La fe, alimentada por esa esperanza, constituye la «columna vertebral» de la vida del creyente[6] . Por lo tanto, el aparente abandono puede conducir a una mayor esperanza, a una fe más fuerte y a un amor más ardiente. En un discurso pronunciado en abril de 1960, Martin Luther King ilustró esta realidad de forma vívida e intensa. Por ello, queremos citarlo extensamente aquí: «Mi compromiso con la lucha por la libertad de mi pueblo ha hecho que en los últimos años haya conocido muy pocos días de tranquilidad. He sido detenido cinco veces y encerrado en cárceles de Alabama. Mi casa ha sufrido dos ataques. Rara vez termina un día sin que yo y mi familia recibamos amenazas de muerte. He sido apuñalado casi mortalmente. Así que, es cierto, me ha golpeado la tormenta de la persecución. Debo admitir que a veces sentía que no podía soportar más una carga tan pesada y estaba tentado de retirarme a una vida más tranquila y serena. Pero cada vez que surgía esa tentación, algo venía a fortalecer y sostener mi decisión. A estas alturas he aprendido que la carga del Maestro es ligera, precisamente cuando tomamos su yugo sobre nosotros.
Las pruebas personales que soporté también me enseñaron el valor del sufrimiento inmerecido. Pronto, a medida que aumentaba mi sufrimiento, me di cuenta de que podía responder a mi situación de dos maneras: reaccionando con amargura o esforzándome por transformar el sufrimiento en una fuerza creativa. Decidí seguir este segundo camino. Reconociendo la necesidad de sufrir, intenté hacer de ello una virtud. Aunque sólo fuera para salvarme de la amargura, traté de ver en mis pruebas personales una oportunidad para transformarme y preocuparme por las personas implicadas en la trágica situación que se estaba desarrollando. He vivido estos últimos años con la convicción de que el sufrimiento inmerecido es redentor.
Algunos siguen creyendo que la cruz es un obstáculo, y otros la consideran una locura, pero yo estoy más convencido que nunca de que es el poder de Dios para la salvación social e individual. Así que, como el apóstol Pablo, ahora puedo decir con humildad, pero con orgullo: “Llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”. Los momentos dolorosos y angustiosos por los que he pasado en los últimos años me han acercado a Dios. Más que nunca, estoy convencido de la realidad de un Dios personal»[7].
Por supuesto, también hay ejemplos de personas que se rinden a la desesperación. No los juzgamos. Hay quienes, en condiciones difíciles, abandonan el «camino estrecho» y eligen el ancho. Intentemos comprender sus dificultades. Sin embargo, los ejemplos de los que siguen caminando por el «camino estrecho» a pesar de todo se convierten en modelos brillantes, que hay que imitar. El padre Stan Swamy fue uno de ellos, uno de los que siguen avanzando por las espinas y las piedras del camino estrecho, indefenso ante la persecución constante, el acoso horrendo, la humillación indecible, las acusaciones falsas, la negación de un juicio justo y, finalmente, la muerte completamente inmerecida en el cautiverio: un verdadero Vía Crucis.
Interés último y preguntas finales
La fe actúa en los niveles decisivos de nuestra existencia. Paul Tillich lo llama «el interés supremo». Podemos estar de acuerdo o no con esta definición, pero no podemos negar el hecho de que la fe nos implica absolutamente. La fe exigió a Abraham su «único» hijo; la confianza de Dios en la humanidad y su amor por nosotros le exigió su Hijo «unigénito»; la fe exigió a María su «único» hijo; la fe exigió a Pablo la renuncia a todas sus preciosas «ganancias» (cfr Flp 3,7-10), incluida su «única fe justa» que había tenido hasta entonces: la de sus padres.
Los creyentes son vulnerables a estas exigencias de su fe. Incluso las realidades «únicas» deben relativizarse cuando la fe lo exige. Si no abrazamos las exigencias radicales de nuestra fe, y experimentamos así una «muerte del yo», ¿podemos decir sinceramente que tenemos fe? Óscar Romero, la Madre Teresa, Mahatma Gandhi y tantos otros hombres y mujeres extraordinarios a lo largo del tiempo han renunciado a sus carreras y se han aventurado en las periferias desconocidas, inciertas y desacostumbradas, y nos han mostrado así lo que significa creer, ser vulnerable a las exigencias de la fe, hasta el punto de dar la vida por aquellos que son objeto de su amor. El padre Stan Swamy es sólo el último de una larga lista de testigos heroicos y vulnerables de la fe.
Joseph Lobo, SJ
Teólogo. Director del Human Resource Centre de Ashirvad (Bangalore).
Entre sus numerosos escritos destaca Encountering Jesus Christ in India:
An Alternative Way of Doing Christology in a Cry-for-life Situation Based
on the Writings of George M. Soares-Prabhu.
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[1] Cfr S. Alla, «The Arrest of Stan Swamy in India», en Civ. Catt. 2020 IV 349-355.
[2] Citado en R. McAfee Brown, «The Vulnerable Posture of Faith», en The Living Pulpit, 2, 1992, 18.
[3] Ibid.
[4] E. P. Clowney, The Unfolding Mystery: Discovering Christ in the Old Testament, Phillipsburg, NJ, P & R Publishing, 2013, 84. Cfr J. Edwards, «Religious Affections», en J. E. Smith (ed.), The Works of Jonathan Edwards, New Haven, Yale University Press, 1959, 139 s.
[5] Cfr Madre Teresa, Come be my Light: The Private Writings of the Saint of Calcutta, Nueva York, Doubleday, 2007 (en es. Ven, sé mi luz. Las escrituras privadas de la Santa de Calcuta, Barcelona, Planeta, 2008).
[6] R. McAfee Brown, «The Vulnerable Posture in Faith» cit., 18.
[7] Cf. Martin Luther King, «Speech of 27 April 1960», en Martin Luther King Jr., «Suffering and Faith», Research and Education Institute, Stanford (https://kinginstitute.stanford.edu/king-papers/documents/suffering-and-faith).
Imagen e información de laciviltacattolica.es