Cuando se le pregunta qué aspecto de la espiritualidad ignaciana le ayuda a vivir mejor su ministerio petrino, el Papa Francisco responde sin dudar: «El discernimiento». Para San Ignacio, era una herramienta para luchar por conocer mejor al Señor y seguirlo más de cerca. Pero el Papa Francisco también utiliza desde hace tiempo otra expresión en su programa de renovación eclesial: una «dulce y confortadora alegría de evangelizar». Para comprender los orígenes de la obra de reforma del Papa, no se puede dejar de partir de las raíces espirituales, encarnadas sobre todo en tres figuras: Hugo Rahner, Miguel Ángel Fiorito y Gaston Fessard.

 

En el proyecto de reforma misionera querido y deseado por el papa Francisco, la espiritualidad ocupa un lugar de excepción. Efectivamente, desde su primer escrito programático, la exhortación evangélica Evangelii gaudium, había llamado la atención sobre la tarea urgente de nuestro tiempo, que consiste en que todo el pueblo de Dios se prepare a emprender «con Espíritu» una nueva etapa de evangelización[1].

A las raíces ignacianas del papa Francisco: “nuestro modo de proceder”

El objetivo de estas páginas es rastrear las raíces espirituales que vienen sosteniendo la empresa reformadora de Jorge Mario Bergoglio a través del tiempo, primero como jesuita de a pie y luego como provincial, después como pastor en una megalópolis como Buenos Aires y, finalmente, como Obispo de Roma. Sin duda, a la base de este empeño se encuentran los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. En el año 2006, el entonces cardenal Jorge M. Bergoglio dio los Ejercicios a los obispos españoles. Sus pláticas y meditaciones fueron publicadas después en un libro bajo el rótulo En Él solo la esperanza, que nos servirá de referencia a la hora de evaluar su apropiación personal de la espiritualidad ignaciana. Ahí escribe: «El Señor nos envía al combate espiritual. Un combate a muerte que Él lleva adelante y en el que nosotros somos invitados a encontrar nuestro lugar de lucha definitivo, conscientes de que la guerra es de Dios. La guerra es “contra el enemigo de natura humana”, como llama Ignacio al Demonio. Y por tanto es guerra del “amigo de natura humana”, del Señor, que quiere conquistarnos para Dios y recapitular todo lo bueno de la creación en sí para ofrecerlo al Padre, para gloria suya»[2].

Este fragmento sintetiza la herencia ignaciana de Francisco al hilo de una de las contemplaciones más características de los Ejercicios espirituales, la meditación de las Dos Banderas (cfr EE 137-147). Nos proponemos estudiar cómo ha recibido y asimilado el jesuita Bergoglio el legado espiritual de san Ignacio desde los años de su formación teológica. Como vamos a ver, su apropiación de la fuente principal del carisma ignaciano lleva el sello de tres grandes maestros, Hugo Rahner, Miguel Ángel Fiorito y Gaston Fessard.

San Ignacio había diseñado, bajo el impulso del Espíritu Santo, un camino luminoso para el despliegue de la misión de la Iglesia católica en el momento desafiante en el que se estaban echando los cimientos de la civilización y de la cultura moderna. Y este proyecto, que era la explicitación de aquello que había vivido como conversión interior, abarcaba la formación de los niños y la cultura científica y universitaria, la evangelización de las lejanas Indias orientales y occidentales, la acción social entre los más pobres, la lucha por la unidad católica frente al complejo fenómeno cultural y religioso de la Reforma[3]. Todo lo que Ignacio ha sentido ser la voluntad de Dios en aquella hora histórica ha quedado recapitulado en esta locución: nuestro modo de proceder. Este es el proyecto que asumió y en el que fue adiestrado Jorge Mario Bergoglio al ingresar, el 11 de marzo de 1958, en la Compañía de Jesús.

Empecemos por lo más elemental: ¿qué le había movido al actual Papa a tomar la decisión de entrar en la Compañía de Jesús? Jorge M. Bergoglio ingresó en el seminario de Buenos Aires, situado en Villa Devoto, que estaba confiado a los jesuitas. Aunque le atraían los dominicos, —confiesa biográficamente—, eligió a los hijos de san Ignacio. Tres cosas le habían impresionado de la Compañía de Jesús: «su carácter misionero, la comunidad y la disciplina»[4]. Ahora bien, ante la pregunta sobre el aspecto de la espiritualidad ignaciana que más le ayuda a vivir su ministerio petrino, responde sin dudar: «el discernimiento». Y añade: «El discernimiento es una de las cosas que Ignacio ha elaborado más interiormente. Para él es un instrumento de lucha para conocer mejor al Señor y seguirlo más de cerca»[5].

Esta idea del discernimiento como instrumento de lucha no sólo viene a los labios de Bergoglio con frecuencia[6], sino que anticipa el núcleo de su comprensión de la espiritualidad ignaciana. ¿Quién le ha aproximado a esta interpretación del carisma ignaciano? Sus biógrafos han puesto de relieve que durante los estudios de Teología el joven jesuita quedó marcado «por la obra de renovación de la concepción ignaciana llevada adelante por su profesor de filosofía, el padre Miguel Ángel Fiorito»[7], un buscador incansable en el retorno al carisma primitivo y fundacional de la Compañía de Jesús.

Carisma ignaciano y estilo pastoral de Francisco: el «Maestro Fiorito»

El 13 de diciembre de 2019, Francisco participó en la presentación de los escritos de Miguel Ángel Fiorito (1916-2005), que tuvo lugar en la Curia General de la Compañía de Jesús[8]. Allí hizo la siguiente afirmación: «el “Maestro Fiorito” —así le llamaban en la provincia jesuítica argentina— nos enseñó el “camino del discernimiento”». En tono biográfico añadía estos testimonios: «Conocí a Fiorito en el año 1961, al regreso de mi juniorado en Chile. Era profesor de Metafísica en el Colegio Máximo de San José, nuestra casa de formación en San Miguel, en la provincia de Buenos Aires. Desde entonces comencé a confiarle mis cosas, a dirigirme con él. Se encontraba en un proceso profundo que lo habría llevado a dejar de enseñar Filosofía para dedicarse totalmente a escribir de espiritualidad y a dar ejercicios. El volumen II, de los años 1961 y 1962, incluye un solo artículo: “El cristocentrismo del Principio y Fundamento de San Ignacio”[9]. Uno solo, pero que para mí fue inspirador. Allí comencé a familiarizarme con algunos autores que me acompañan desde entonces: Guardini, Hugo Rahner[10], con su libro sobre la génesis histórica de la espiritualidad de san Ignacio, Fessard[11] y su Dialéctica de los Ejercicios»[12].

Podemos resaltar varias cosas basándonos en estas noticias. En primer lugar, sus biógrafos han señalado cómo las lecturas de Romano Guardini han contribuido a la formulación de los cuatro principios bergoglianos con la asunción de la teoría de la «oposición polar», idea directriz en Der Gegensatz (1925)[13] del teólogo italo-germano; por otro lado, algunos pasajes de la encíclica Laudato si’ se apoyan en El ocaso de la Edad Moderna[14]. Sin embargo, bajo el influjo de Fiorito, habían entrado otras obras de Guardini en su campo de interés, como El Señor: meditaciones sobre la persona y vida de Jesucristo (1949), La esencia del cristianismo (1953) y, especialmente, La imagen de Jesús el Cristo en el Nuevo Testamento (1953). Y comentaba Francisco que «Fiorito hacía notar “la coincidencia de la imagen del Señor, sobre todo en san Pablo, tal cual la explicaba Guardini, y la imagen del Señor, tal cual creemos nosotros encontrarla en los Ejercicios de san Ignacio”»[15].

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Santiago Madrigal, SJ
Licenciado en Teología y doctor en Teología
por la Universidad Pontificia Comillas (Madrid),
donde imparte los cursos de Eclesiología y Teología ecuménica.

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[1] Cf. S. Madrigal, «Aproximación a una mística eclesial: evangelizadores con Espíritu desde el espíritu del Vaticano II», en Íd., El giro eclesiológico en la recepción del Vaticano II, Sal Terrae, Maliaño 2017, 455-477.
[2] J. M. Bergoglio (Papa Francisco), En Él solo la esperanza. Ejercicios espirituales a los obispos españoles, BAC, Madrid 2013, 63 (n. 44). Cf. S. Madrigal, «El combate espiritual. Las raíces ignacianas de Francisco», en Íd., De pirámides y poliedros. Señas de identidad del pontificado de Francisco, Sal Terrae, Maliaño 2020, 237-276.
[3] Cf. «¿Qué son los jesuitas? Origen, espiritualidad, características propias», en J. M. Bergoglio, Reflexiones espirituales sobre la vida apostólica, Ed. Diego Torres, Buenos Aires 1987, 245-262.
[4] A. Spadaro, «Entrevista. Papa Francisco: Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos» en Razón y Fe 268 (2013) 249-276, 252.
[5] Ibid., 253-254.
[6] Cf. J. M. Bergoglio, Meditaciones para religiosos, Ed. Diego Torres, Buenos Aires 1982, 193.
[7] M. Borghesi, Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual. Dialéctica y mística, Encuentro, Madrid 2018, 37. A. Ivereigh, El gran reformador. Francisco, retrato de un papa radical, B ediciones, Barcelona 2015, 116.
[8] Cf. M. A. Fiorito, Escritos I-V, Edición preparada por J. L. Narvaja, La Civiltà Cattolica, Roma 2019.
[9] Cf. M. A. Fiorito, «Cristocentrismo del Principio y Fundamento de San Ignacio», en Escritos II, 27-51.
[10] Cfr Íd., «La opción personal de S. Ignacio: Cristo o Satanás», en Escritos I, 162-183, 164.
[11] G. Fessard, La dialéctica de los «Ejercicios espirituales» de san Ignacio de Loyola, Mensajero-Sal Terrae, Bilbao-Santander 2010.
[12] Francisco, «Miguel Ángel Fiorito, maestro di dialogo», en Civ. Catt. 2020 I 109.
[13] Cf. R. Guardini, L’ opposizione polare. Saggio per una filosofia del concreto vivente, Brescia, Morcelliana, 1977.
[14] M. Borghesi, Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual, 139-182. M. Sievernich (ed.), Papst Franziskus. Texte, die ihn prägten, Lambert Schneider, Darmstdt 2015, 115-130.
[15] Francisco, «Miguel Ángel Fiorito, maestro di dialogo», cit., 110. Cf. M. A. Fiorito, «Cristocentrismo del Principio y Fundamento», en Escritos II, 51, nota 88.

 

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