Estudiantes de la Universidad Católica de Colombia y de la Universidad de Cundinamarca dialogaron con el padre Alejandro Angulo SJ, exdirector de CINEP, durante el seminario Cultura de la paz y desarrollo humano. ¿El tema?, las actividades que el CINEP ha realizado durante más de cuarenta años en favor de la paz y la reconciliación en Colombia. A continuación, alguna información proporcionada por el padre Angulo.
Por Dumar Espinosa
CINEP (Centro de Investigación y Educación Popular) es un lugar que lleva 40 años de existencia tratando de entender la realidad colombiana para poderla explicar, para poder decir qué es lo que pasa en una manera racional ya que nuestro discurso humano tiene una parte racional pero sobre todo un componente emocional. Eso fue lo primero que nos dimos cuenta en nuestra investigación en el CINEP. Por eso dijimos no basta con hacer centro de investigación, hay que también una rama de acompañamiento de los grupos que estudiamos.
Si vamos a estudiar un sindicato no nos bastan las actas de las reuniones, es preciso ir y estar con los obreros, si se puede, participar en las marchas y hasta donde se pueda así sea por un tiempo corto acompañarlos en el trabajo concreto. De tal manera que las manos del investigador tengan la misma experiencia que tienen las manos del obrero, para que ese investigador del trabajo tenga sentido. Si no, lo es mejor dejar esa investigación y dejar que el obrero hable y explique sus cosas por sí mismo, para no interpretarlo indebidamente.
Esa parte de la investigación y la acción nos llevó mucho tiempo porque el primer grupo con el que estuvimos nosotros trabajando por invitación de ellos, de los indígenas del Cauca (CRIC, Consejo Regional Indígena del Cauca), región del suroccidente colombiano, nos mostró que esa si era una distancia. Si teníamos distancia como intelectuales de los sindicalistas que trabajan en Bogotá, pues teníamos mucha más distancia no sólo intelectual sino también emocional de los indígenas del Cauca; y que un centro de Bogotá pretendiendo estudiar a gente del Cauca y además una etnia específica, o varias etnias, era algo sumamente presuntuoso.
Entonces lo primero que tuvimos que aprender fue a oír las discusiones de los indígenas sin intervenir y solamente ya cuando al fin nos decían qué opina usted, entonces entraba uno a decir una palabrita confesando que había pasado una hora completa sin entender de qué estaban hablando porque uno no entiende el lenguaje de la gente con la que no convive y con la que no trabaja. Ese fue el primer aprendizaje. En este momento ya no cometemos el mismo error, porque cometerlo después de 40 años sería imperdonable. Ya no hacemos ningún estudio a priori, es decir de escritorio, sobre ningún grupo.
Si queremos estudiar un grupo, lo primero tratamos de entrar en contacto con él, y no para estudiarlo sino simplemente para conocerlo y para colaborarle si se puede; y si en algún momento dicen: ¿usted nos puede ayudar en esto? Listo, ahora sí se puede pensar en un proyecto porque ya ellos saben lo que quieren y uno trata de entender qué es lo que ellos quieren y si se puede ayudar. Realmente el trabajo que hacíamos nosotros como intelectuales, que es el trabajo de pensar, que es lo que se hace también en el entrenamiento universitario, es aprender a pensar, y aprender a pensar los problemas, de tal manera que la solución aparezca; porque no es estudiar el problema por el problema simplemente para enterarse, sino que si uno estudia algo es para ofrecer una solución; es para colaborar y ayudar, para hacer una contribución. Si no va a contribuir, váyase. Es la regla de toda reunión. Nos reunimos es para contribuir entre todos.

Nuestra primera aproximación a la realidad colombiana fue a través de la segregación de todos los grupos étnicos fueran indígenas o fueran negros; y como el campesinado tiene un gran componente indígena y un gran componente negro, viene un gran componente mestizo, descubrimos también que hay un lenguaje propio del mestizo campesino que los intelectuales de la universidad teníamos que aprender. Aprendimos que había mucho más de una etnia, de un lenguaje, y de una clase social, porque veíamos que el tipo de segregación que se le aplica a los indígenas es distinto del que se le aplica a los campesinos pobres, es distinto del que se le aplica a los negros, es distinto del que se le aplica a los jornaleros.
Entonces empezamos a mirar todas esas relaciones; y a tratar de entender cómo son y cómo se llegó allí, y como vive cada grupo esa realidad, para poder hablar con todos porque la idea nuestra era que si queremos disminuir la segregación hay que lograr que conversen los segregantes con los segregados. Mientras no haya un diálogo humano, de palabras entre el patrón y el obrero, eso será una lucha de clases como dice Marx. Si no quieren hablar o no pueden hablar pues entonces tendrán que luchar, tendrán que pelear, la cosa será por las malas. No necesariamente con las armas. Hay muchas formas sutiles de hacer la guerra dentro de una oficina de trabajo, dentro de un sindicato, dentro de una liga campesina ya en el trabajo concreto.
Allí venía toda esa comprensión de lo que son las relaciones sociales en un país en el que hay un pequeño grupo de personas muy ricas que tienen mucho poder político que desprecian y que marginan a una cantidad enorme de población que es la mayoría de la población. Y por eso comenzamos a estudiar la marginalidad que era un tema que se estaba estudiando en ese momento, los años setenta, en toda América Latina especialmente en Chile, en el Perú. Había empezado también en el Brasil aunque allí era más difícil por la dictadura militar. Hasta que no pasó la dictadura miliar los sociólogos brasileños no pudieron hablar de marginación y de seguridad nacional claramente. La ciencia social, y toda ciencia, pero la social mucho más siempre está expuesta a las vicisitudes políticas, a las relaciones políticas del sitio en el que uno está trabajando.
Viendo pues que era una sociedad oligárquica, es decir con un grupo de poder pequeño pero muy fuerte, y con una gran masa marginada incluso con hambre nos dimos cuenta que el problema había que tomarlo por el lado de los derechos humanos.
En los años 80 hubo una acusación infundada de autoría intelectual de un asesinato del ministro de trabajo de la época. A esto siguió un juicio en un Tribunal militar que duró un año y del que fue absuelto el CINEP-. Esa era una calumnia que había sido fraguada por los sistemas de seguridad. Esa experiencia mostró que en la investigación social cuando se hacen denuncias de injusticias hay que tener mucho cuidado para no decir nada que usted no pueda probar de manera visible; pruebas completamente comprobables no solamente entre los colegas sociólogos sino sobre todo pruebas comprobables en un tribunal jurídico y mucho más en un tribunal militar. Hay que tener claro qué es mi creencia y qué es el hecho que yo puedo probar. Ese fue un segundo aprendizaje duro.