Compartimos una edición especial de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (Lima, Perú) elaborada ante la emergencia del Covid-19. Un grupo importante de docentes de la Ruiz se ha lanzado a compartir sus reflexiones en este documento.
En los momentos en que se fundaba el sistema universitario, uno de los primeros en sentar sus bases, Hugo de Saint Victor, se propuso inventariar todos los campos del conocimiento vigentes en aquel siglo XII, desde las grandes abstracciones de la dialéctica o la teología, hasta las técnicas más básicas como la textilería y la caza.
Su objetivo era encontrar una coherencia de conjunto a toda actividad humana, ya fuese teorética, reflexiva o práctica, manual. Siglos antes, Aristóteles había hecho un ejercicio similar, indagando lo propio de la naturaleza humana y siglos después, lo seguimos haciendo en nuestros días, cuando subyacente a los efectos de la pandemia de la COVID-19 nos cuestionamos por la conexión entre prácticas educativas virtuales y el sentido de la formación de nuevas generaciones. Hugo de Saint Victor pasó a la historia como uno de los padres de la pedagogía debido a su convicción en que el conocimiento humano en cualquiera de sus dimensiones adquiere sentido en la medida en que expresa el recorrido consciente del sujeto hacia un objetivo: lograr la trascendencia. Para él, esto no era otro que la unión con la divinidad. Aprendizajes, didácticas y metodologías tuvieron presente desde el inicio de la reflexión intelectual universitaria estas dos dimensiones, la teórica y la práctica (moral); la contemplación y la actividad intramundana. Años más tarde, la escolástica nacería y con ella, la arquitectura del pensamiento de Tomás de Aquino, la cual llevaría a su perfección teórica aquella primera intuición del maestro Hugo.
Desde entonces, los maestros universitarios de canteras distintas, y con ideologías e historias diversas, cada uno, a su modo, tejen sus biografías en el medium contemplativo, pasando de la observación o la experiencia a la interpretación; y es allí donde navegan y reflexionan con su cotidianidad particular forjando los eslabones entre pasado y futuro, concatenando una variedad casi infinita de relatos que prolongan los surcos del saber humano. En ese entramado de imágenes, conceptos y conexiones de ideas, germinan y evolucionan los productos culturales que forman el entorno en que vivimos. Los procesos culturales humanos son posibles gracias a la transmisión y el incremento de saberes y que pueden adquirir una dimensión de profundidad gracias a la capacidad contemplativa de aquellos maestros que nos ayudan a ver más allá de lo evidente, impulsándonos a distinguir y hacer visible lo esencial.
La mirada contemplativa de la realidad no deviene solo con la mera asimilación de aprendizajes o a través de sesudas reflexiones a las que podemos exigirnos. El paso previo se encuentra precisamente en desarrollar nuestra sensibilidad ante la realidad, de lo contrario, aquello que transmitimos carecerá de la resonancia capaz de hacer eco en los demás. Percibir la realidad requiere sentirla, en otras palabras, experimentarla en lo más profundo de uno. No el mucho saber harta y satisface el alma, decía san Ignacio, sino el sentir y gustar de las cosas internamente. Es esta interioridad propia de la experiencia del conocimiento la que funda la transmisión de los saberes como estrechamente relacionados con una percepción contemplativa del mundo. Entender contemplativamente la realidad del otro es sentir, con ella/él/lo otro, las encrucijadas, dudas o sufrimientos que padezcan. Así, esta conexión entre el saber y el sentir es el legado de la tradición ignaciana que en toda institución educativa jesuita buscamos encarnar, animar y promover.
Esa capacidad de querer buscar lo esencial, de escudriñar cada experiencia vivida y descubrir algo que nos eleve la mente y el corazón hacia lo más sublime, no tiene nada que ver con el estereotipo del intelectual perdido entre una ruma de libros, distraído de su entorno y abrumado por la erudición que solo sirve para aturdirlo en lugar de simplificar su mente para estar atenta a lo esencial. Es todo lo contrario, pues será en la atención a lo cotidiano o a lo mínimo que late en el entorno y en nosotros, que podremos ahondar en ese sentido que paso a paso, a través de los años, vamos confiriendo a la existencia. En una lógica evangélica, todo es importante; leer los “signos de los tiempos” es una tarea intrínseca de la mirada contemplativa.
La experiencia de la pandemia nos remite a una sensibilidad que conviene reflexionar. Si bien es cierto que no se trata de una tragedia inesperada o inédita en la historia de la humanidad, las circunstancias históricas hoy realmente globales, la hace distinta de otros eventos dramáticos del pasado. Pero también es cierto que nuestros ancestros vivieron uno tras otro, desde el inicio de la historia humana, periodos análogos y en diversas escalas. En esta situación de raíces atávicas, emerge una vez más esa vieja memoria latente en nuestro código genético, recordándonos con firmeza la temporalidad y fragilidad de nuestra existencia.
Como maestros que investigamos el sentido de aquello que vivimos, nos hemos preguntado: ¿qué nos corresponde decir en un momento como este, en tanto comunidad de docentes que dedicamos nuestra vida a observar parcelas de la realidad, buscando construir sentidos que a su vez engendren coherencia en la vida social? Nos corresponde impulsar aquello que quienes nos anteceden en el tiempo y en esta misma labor hicieron: ayudar a experimentar la realidad haciendo que ella sea propiamente humana. Nunca agotaremos qué es lo humano, es cierto, pues quizá lo propio del ser humano es —siguiendo a Heidegger— preguntarse por su ser; por el ser de cada instante y cada partícula de lo real. Sin embargo no podemos eximirnos de esta indagación por más evidente o repetitiva que pueda parecer. Y es a esto a lo que se ha lanzado el claustro docente de la Ruiz de Montoya, a traer esa memoria del pasado humano que como especie nos impulsa a responder a preguntas esenciales que suelen surgir en situaciones límite, como la que hoy experimentamos todos. En esta bisagra de un mundo que concluye y otro que se inicia, creemos que investigar es no solo un llamado de nuestra naturaleza, sino también un estímulo para atisbar aún más los pliegues de nuestra humanidad.
En un llamado a hacer del trabajo universitario y la investigación algo más que un mero recuento de estándares establecidos por sistemas del capitalismo competitivo y desencantado, nos atrevemos a decir a través de los docentes participantes en esta reunión de ensayos, que somos una comunidad que no solo reflexiona, sino que siente la realidad. En momentos críticos pero a la vez llenos de nuevas posibilidades, expresamos de algún modo, que es desde allí que queremos seguir apostando por una reflexión, formación e investigación, en estrecha conexión con la realidad, así como con la interioridad más íntima que nos habita.
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JUAN DEJO, S.J.
DIRECTOR DE INVESTIGACIÓN
MAYO 2020