Compartimos un artículo de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI) de la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y el Caribe (CPAL), escrito por Ignacio Blasco S.J.

 

En muchas ocasiones, en la mayoría de las veces o casi siempre, como sacerdote católico, nuestra acción pastoral se dirige y queda circunscrita al ámbito de la feligresía fiel, que de hecho ya está motivada, que participa activamente en la parroquia o en las comunidades, e incluso ostenta cargos de responsabilidad parroquial.

Nuestro Papa Francisco, en numerosas ocasiones, nos habla de una iglesia de puertas abiertas, iglesia en salida. Tal vez no se trate de abrir más las puertas para que al final sigan entrando los mismos de siempre. Creo que es más una invitación a crear espacios nuevos en donde se puedan romper diferencias y superar prejuicios, que nos permitan adquirir una mirada más inclusiva y profunda con los que nos rodean. En una palabra, crecer en humanidad.

Esto es lo que se vivió en el proyecto de construcción del sistema de agua potable para cinco comunidades de Santa María Chiquimula, el cual ha beneficiado a 120 familias, más de 700 personas y especialmente a las mujeres.

Al finalizar el proceso de construcción del proyecto, me atrevo a afirmar, como coordinador de este proyecto y como sacerdote, que ésta ha sido una de las experiencias ecuménicas más importante que he vivido: las diferencias y prejuicios han quedado relegados a un segundo plano. De las 120 familias, había familias católicas, evangélicas de distintas iglesias y gente de espiritualidad maya, pero una sola necesidad; el agua. El agua como elemento necesario e imprescindible para la vida cotidiana, y el agua como elemento capaz de abrir las puertas para vernos como hermanas y hermanos en una sola fraternidad solidaria.

Para entender en profundidad lo que el proyecto de agua ha significado conviene hacer mención de la situación de partida. Hubo muchos años de tensión entre católicos y evangélicos, de verse como rivales. Este proyecto nos ha obligado a trabajar codo con codo y a luchar todos solidariamente por lo mismo. Ha producido conversión de nuestras miradas y prejuicios, para ver al otro como hermano y no como rival, como persona y no como enemigo.

Para ilustrar lo que quiero decir, quiero compartir algunas experiencias personales y que, a mi parecer, han sido significativas.

La primera de todas fue a los inicios del proyecto, con la conformación del comité de construcción del proyecto. Cada sector eligió a dos personas como representantes de su sector y a mí me pidieron formar parte del comité en calidad de coordinador del mismo. Dicho comité ha estado compuesto en su mayoría por miembros de iglesias evangélicas; sin embargo ellos mismo pidieron que las reuniones se realizaran en la oficina parroquial. Algunos de ellos son pastores de sus iglesias y la mayoría nunca habían entrado a las instalaciones de la parroquia. Al principio era una experiencia extraña para ellos pero poco a poco fueron sintiéndose cómodos hasta el punto de agendar sus reuniones en la parroquia como algo normal. Se rompieron prejuicios y el agua abrió las puertas.

A lo largo de los tres años de trabajo con este comité hemos debatido un sinfín de temas y situaciones propias del proyecto, pero en muchas ocasiones relativas a las personas beneficiarias, de exigencias para la colaboración económica, contemplar situaciones personales que requieren excepciones. Ello nos condujo a pensar más con criterios humanos y evangélicos que con criterios pragmáticos e intransigentes, a hacer valer la paciencia y la gratuidad en múltiples ocasiones, e incluso a ser capaces de renunciar a intereses personales y responder con generosidad, sabiendo que los comités, cuando realizan algún proyecto tienen la tendencia a aprovecharse todo lo que se puede de él.

El domingo 5 de noviembre iniciamos la inauguración del proyecto con una celebración religiosa en el lugar de los nacimientos de agua. Todos los beneficiarios, con sus familias nos dirigimos a las 7 de la mañana a la montaña, a 2,400 m. de altura, en un valle montañoso llamado en K´iche´, Xoltaqche´. Se realizaron tres celebraciones religiosas. Iniciamos con una eucaristía, seguido de un culto evangélico, y para terminar una ceremonia maya. Todos estuvimos en todo. Día fraterno, de convivio familiar, pues almorzamos junto a los nacimientos y compartimos la comida que cada uno traía. Fue la celebración “religiosa” en los meros nacimientos de donde viene el agua que ya llega a cada casa.

El miércoles 8 tuvo lugar la inauguración “civil” del proyecto y se realizó a un lado del tanque de agua. Fueron un par de horas de repasar la historia del proyecto y dar cuenta de informes económicos, de agradecimientos y reconocimientos. Pero al final nos dirigimos al Centro Educativo de la parroquia para compartir un almuerzo para más de mil personas.

El día lo hicieron amanecer antes de que saliera el sol. A las 2 de la mañana ya se habían puesto en marcha para moler el maíz y preparar los tamalitos y a la luz del día cocer el típico y sagrado caldo rojo. Pero no sería hasta las 9 cuando empezara la celebración civil. Al término de la misma, el centro educativo, se repartieron las mil raciones de comida para todas las familias beneficiarias y para invitados especiales, como alcaldes comunitarios y alcaldía municipal. Almorzamos al ritmo de la marimba pura en vivo y con algunas danzas típicas. Emocionante e inimaginable.

A las 6 de la tarde, un grupo de la comisión de alimentación vino a la oficina parroquial para agradecer todo lo prestado y platicamos de lo vivido. En la conversación hablamos de que el domingo 5 tuvimos la celebración “religiosa” para dar gracias a Dios por el agua del proyecto, con sus tres celebraciones por separado. Pero rápidamente nos dimos cuenta de que la celebración “civil” terminó siendo la más profunda y religiosa de todas. Todos comimos de una misma olla. Todos tomamos un mismo caldo y a nadie le faltó nada. Todos saciamos nuestra hambre y nuestra sed. Hambre de fraternidad en la diversidad y sed de un agua que fue capaz de abrir las puertas de nuestros corazones para vernos y vivirnos como hermanos.

Ignacio Blasco S.J.