Estamos aquí, en primer lugar para dar gracias; ¡y no nos faltan razones! Nos congregamos desde diversos lugares, con lenguas y tradiciones diferentes, con problemas y retos diversos, sintiendo que somos un solo cuerpo apostólico -junto con otros muchos y muchas que se quedaron en nuestros lugares de origen- llamados a ser iguales en el Hijo, amigos y amigas en el Señor que nos convoca. Basta mirar a nuestros lados y contemplar la riqueza de esta asamblea para sentir el misterio de haber sido llamados: “el siervo no sabe lo que hace su Señor; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre” (Jn 15, 15). Y en medio de nosotros tenemos que dar gracias, especialmente por Xavier, Valeria, Rosana, Pablo, Filippo y por todo el equipo -mucho más amplio- de compañeras y compañeros que han venido trabajando muy duro desde hace diez meses para organizar este evento.
Gracias queremos dar especialmente hoy por la figura carismática de nuestro querido padre Pedro Arrupe; de él, así como de todos los otros compañeros mártires, justos a quienes recordamos con cariño en esta celebración, dice la escritura: “la sabiduría los guió por senderos rectos, les mostró la soberanía divina y les dio la ciencia de las cosas santas; ... los guardó contra sus enemigos... y, después de un duro combate, les otorgó la victoria” (Sab 10,14) para hacernos ver que la piedad es más poderosa que todo.
Junto con ellos camina una multitud de hombres y mujeres, colaboradoras y colaboradores en la misión del Cristo en estos últimos 50 años, que en las más diversas circunstancias, lenguas, paises, culturas, problemas, etc., experimentaron -con la fuerza del Espíritu Santo- al Dios que, como dice la primera lectura: “bajó con ellos a la prisión y no los abandonó entre las cadenas” (Sab 10, 13), al bajísmo que lava los pies de sus discípulos, al Rey cuyo poder no es otro que el de amar sin condiciones.
Ese es el mandamiento que recibimos en el evangelio que proclamamos: amarnos los unos a los otros, de la misma manera que Dios nos ha amado. A pesar del misterio insondable del amor de Dios que en Cristo nos amó primero y se entregó por nosotros cuando todavía eramos infieles, Jesús nos dice que “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jun 15,13).
Amigos de los pobres hemos de ser si queremos ser fermento de un mundo nuevo, de un amor loco, verdaderamente divino; amigos de los pobres hemos de ser, ante todo, porque -en un mundo estructurado sobe la injusticia y la opresión - ese es el único camino de la salvación, de la libertación, de la verdadera y definitiva felicidad. Ya lo decía San Ignacio en 1547, en su carta a los jesuitas del colegio de Padua: que “la amistad con los pobres nos hace amigos del Rey eterno”; y que las personas (y las instituciones) que se sienten seguras por los recursos económicos que posee no tiene asegurada una alegría continua, más bien que: “los ricos están llenos de tempestades” y que no viven alegres y satisfechos “los grandes comerciantes, magistrados, príncipes y otros grandes personajes”.
El trazo común que une la vida de Arrupe y los 57 justos que celebramos hoy, junto con la vida de miles de personas que han entregado su vida como colaboradores de la misión de la liberación de Cristo en estos 50 años, es la amistad con el pobre concreto en quien se encuentra la amistad con Jesús, nuestro compañero y Señor.
De todos ellos hemos aprendido que no es posible amar a Dios si no se ama como Dios. Y allí está, creo yo, el secreto de lo auténtico de su experiencia espiritual y de lo desafiantes que resultan para nosotros sus vidas entregadas martirialmente: su relación cotidiana y permanente con Jesús en la oración era la expresión necesaria de un amor auténtico, real y concreto, de una amistad arraigada y vital con pobres en los cuales encontraban el rostro de “Cristo nuevamente encarnado”.
Talvez sea eso lo que más falta nos hace hoy en la Compañía. No faltan ideas ni proyectos, reflexiones y publicaciones, análisis o recursos. Nos falta tener verdaderos amigos, ser amigos de pesonas pobres (y eso tiene consecuencias políticas, incluso en la familia o en la Compañía), nos falta tener nuestras casas en medio de sus casas (y eso tiene consecuencias práticas que generalmente rechazamos), nos falta compartir la comida y los espacios con ellos, experimentar sus angustias, ser parte de sus organizaciones, escuchar sus análisis, confiar en sus recursos, acompañar su caminos.
Si ese paso no se da, nuestro amor se convierte en pura declaración e ideología, porque “no es la voz, sino el deseo, no el clamor sin no el amor, no los instrumentos sino el corazón lo que cuenta para los oídos de Dios” (inscripción en el coro de la capilla de San Damián, Asis, Italia). Fué lo que hizo radicalmente Ignacio cuando saliendo de Monserrat se despojó real y definitivamente de sus vestidos y pasado, y se hizo un pobre para no volver nunca más a sus status anterior; o lo que hizo Francisco en la plaza de Asis cuando, desnudo, declaró ser hijo y deberle respeto sólo al Padre que está en los cielos.
Nuestros santos mártires, comenzando por el padre Arrupe, son para nosotros un constante llamado a la transformación de nuestras vidas de manera personal e institucional. Ellos son testigos insignes de que no es posible amar a Dios sin amar como Dios.
Que el venerable Pedro Arrupe y todos los compañeros y cmpañeras que han entregado su vida al servicio de los pobres como expresión del amor de Dios, rueguen por nosotros, Amén.