Es fundamental tener claridad del ADN que tenemos: somos obra de las manos del Creador, bellas, frágiles, venerables, libres, dotadas de capacidad e invitadas a mirar al Prototipo del hombre, El hijo de Dios hecho hombre, que nos inspira a mantener la mirada puesta en El Padre y obtener una espiritualidad sólida.
Ignacio de Loyola fue un gran peregrino que supo unir la peregrinación interior con la exterior; supo hacer un desmedido y fino trabajo interior que lo llevó a tornase experto en discernimiento de las mociones que se manifestaban en su interior, «cuando pensaba en aquello del mundo, se deleitaba mucho; más cuando después de cansado lo dejaba, hallábase seco y descontento; y cuando en ir a Jerusalén descalzo, y en no comer sino yerbas, y en hacer todos los demás rigores que veía haber hecho los santos; no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, mas, aun después haber dejado, quedaba contento y alegre. Mas no miraba en ello, ni se paraba a ponderar esta diferencia, hasta en tanto que una vez se le abrieron un poco los ojos, y empezó a maravillarse de esta diversidad y a hacer reflexión sobre ella» (Autobiografía, N° 8).
Así como no fue capaz de acomodarse, estar en estado de pasividad, frente a lo que sentía, se involucró y se puso a trabajar; No se acomodó en estar fijo en un lugar geográfico, su inquietud interna lo movió la expandir su experiencia y distribuir la riqueza espiritual recibida a diversas culturas sin distinción de persona, y clase social.
«La víspera de nuestra Señora de Montserrat o en la noche, el año de 22, se fue lo más secretamente que pudo a un pobre, y despojándose de todos sus vestidos, se los dio, y se vistió de su deseado vestido, y se fue a hincar de rodillas delante el altar de nuestra Señora; y unas veces desta manera, y otras en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche. Y en amaneciendo se partió por no ser conocido, y se fue, no el camino derecho de Barcelona, donde hallaría muchos que le conociesen y le honrasen, mas desvío se a un pueblo, que se dice Manrresa» (Autobiografía, N° 18).
Ignacio tenía una gran capacidad de abrirse a la necesidad del otro, de buscar al otro. Su mirada nos desafía a ser ciudadanos del «infinito», a no apegarnos a los bienes terrenales, a las seducciones del mundo por tener y poder, sino a vivir la indiferencia, usando los medios tanto cuanto ayudan en construir el bien mayor.
Somos parte de una sociedad en continuo cambio, que acoge la diversidad, que se embellece con lo distinto, y de una Iglesia desafiada a vivir una nueva «nueva primavera»: tiempo de mover la tierra para sacar de ella lo que no ayuda lo sembrado a crecer… de revivir el sentido del peregrino, que nos sumemos, nos escuchemos más, buscando juntos la voluntad de Dios. Es tiempo para permitir que Dios nos descentralice y lance hacia nuevas fronteras, con actitudes de abertura y acogida a los «signos de los tiempos» en los cuales Él va comunicando su proyecto de salvación.
NO PERDER DE VISTA LO QUE SOMOS
En la Autobiografía N° 33 encontramos un Ignacio enfrentado a las tempestades, sintiendo confusión por no haber puesto plenamente a servicio los dones que Dios le había regalado. «Otra vez, viniendo de Valencia para Italia por mar con mucha tempestad, se le quebró el timón a la nave, y la cosa vino a términos que, a su juicio y de muchos que venían en la nave, naturalmente no se podría huir de la muerte. En este tiempo, examinándose bien, y preparándose para morir, no podía tener temor de sus pecados, ni de ser condenado; mas tenía grande confusión y dolor, por juzgar que no había empleado bien los dones y gracias que Dios Nuestro Señor le había comunicado».
Sentir que somos pueblo de Dios, creados, llamados, regaloneados con dones, formados, comprometidos a ser señales visibles del amor encarnado de Dios, que humaniza el ser humano, lo convoca y provoca a vivir con otros, a construir Iglesia y sociedad juntos, que sea capaz de disfrutar de la casa común, llamada mundo, de cuidarla y promoverla para el uso de todos.
¿Cómo hacer para humanizar en un mundo donde cada día nos encerramos más y desconfiamos más?
Una buena respuesta podría ser: no perder de vista lo que no somos: «Ni de unos, ni de otros», solo somos, nuestra profunda peregrinación interior que nos incentiva a realizar éxodos. Es fundamental tener claridad del ADN que tenemos: somos obra de las manos del Creador, bellas, frágiles, venerables, libres, dotadas de capacidad e invitadas a mirar al Prototipo del hombre, El hijo de Dios hecho hombre, que nos inspira a mantener la mirada puesta en El Padre y obtener una espiritualidad sólida.
Para asumirla, es necesario vivir un profundo encuentro con Jesucristo y a partir de este encuentro, dejarse impregnar para luego impregnar la familia, la historia, la sociedad, la Iglesia, despertando el deseo de mantener una actitud de constante vigilancia, sea en lo personal, con la mirada puesta en reconocer desde dónde tomamos decisiones, qué es lo que nos mueve a hacer lo que hacemos; en lo comunitario: desde la capacidad de confiar en el otro, en la calidad de compartir los sentimientos y emociones, de acoger y perdonar, de juntos discernir hacia dónde caminar. Una comunidad que observa y analiza, a la luz de la fe, lo que acontece a su alrededor, con un espíritu contemplativo, que no se deja amedrentar y desanimar en el camino, pues busca darle sentido a sus vidas y a la historia.
El número 51 de Autobiografía nos recuerda: «Mas cuando fue a puesta de sol, llegó a un pueblo cercado, y las guardas le cogieron luego, pensando que fuese espía; y metiéndole en una casilla junto a la puerta, le empezaron a examinar, como se suele hacer cuando hay sospecha; y respondiendo a todas las preguntas que no sabía nada. Y le desnudaron, y hasta los zapatos le escudriñaron, y todas las partes del cuerpo, para ver si llevaba alguna letra. Y no pudiendo saber nada por ninguna vía, trabaron dél para que viniese al capitán; que él le haría decir. Y diciendo él que le llevasen cubierto con su ropilla, no quisieron dársela, y lleváronle así con los zaragüelles y jubón arriba dichos».
No podemos perder de vista que también hay riesgos en este mundo globalizado pues podemos vivir la vida superficialmente, atrapados por el materialismo, preocupados tan solo por nosotros mismos, buscando sobrevivir, el bienestar, tener medios económicos, poder, y máximo placer… Son riegos visibles que nos acompañan; sin embargo, el peregrino perteneciente a la patria del Reino de Dios es consciente del peligro y así persevera porque su mira está puesta en:
– Un Dios que es Trino, Comunidad, capaz de crear vínculos, abierto a compartir la misión, a acoger la diferencia, permitiendo que cada una de las Personas cumpla con su rol…
– Un Dios respetuoso que pide el consentimiento de la persona para actuar…
– Un Dios que realiza el abajamiento, se humilla, deja su trono de Altísimo y se viste de la naturaleza humana…
– Un Dios que aprende a caminar como cualquier niño humano…
– Un Dios frágil, que siente hambre, frío, soledad…
– Un Dios que come con pecadores, no hace distinción de persona…
– Un Dios amigo de prostitutas…
– Un Dios que sufre en el lugar de otros…
– Un Dios que escucha…
– Un Dios que cuida…
– Un Dios que ama sin límites…
La mirada del corazón del peregrino Ignacio de Loyola estuvo puesta en este Dios encarnado y a Él siguió, encontrándolo en el mundo creado, el creador en su creatura. Encontró su plena realización. Escuchemos juntos… «Avancen mar adentro» (Lc 5.1-11) dice Jesús. Avanzar hacia nuevas fronteras, que pueden ser de trabajos interiores, de «conversión», así como de abrir el entendimiento, ser conocedor de las dificultades, de la fragilidad, dejar las quejas y, desde el humano que somos, ser capaces de mirar hacia el horizonte amplio que está frente a nosotros y avanzar con otros en este camino.
Fuente: Revista Mensaje