Compartimos un artículo de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI) de la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y el Caribe (CPAL):
Introducción
La Arena es una comunidad indígena tseltal, que forma parte de la Misión Santísima Trinidad. Esta Misión está ubicada en el sureste de México, en el estado de Chiapas, en el municipio de Ocosingo. En la entrada a la selva Lacandona, limitando con el río Usumacinta y, al otro lado, el Petén guatemalteco. Esta Misión forma parte de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas.
En el territorio de la Misión hay comunidades de tres pueblos diferentes: tseltales, ch’oles y zoques.
La fiesta indígena: Espejo de la Iglesia Autóctona
En la fiesta de la santa cruz que celebran las comunidades tseltales el 3 de mayo se manifiestan claramente los rasgos principales de la estructura de la iglesia indígena. Le llamamos autóctona a esa Iglesia que tiene el sabor del propio corazón indígena.
Cada año, cuando se acerca el tres de mayo, las comunidades celebran reuniones para prepararse. En algunos pueblos esa preparación la hacen las comunidades católicas, en otros lo hacen como pueblo, en la asamblea ejidal. En pocos pueblos se unen con otras religiones y hacen una celebración ecuménica.
La fiesta la pueden celebrar en diversos lugares donde han sembrado una cruz, ya sea la montaña, el manantial, la iglesia o la parcela en que hacen su milpa. Para el 3 de mayo todas las personas, en carros o a pie, van cargando todo lo necesario para la realización de la fiesta.
En la comunidad de la Arena, llegando al manantial, a siete kilómetros del poblado, bajo la sombra de la montaña se distribuye la gente para hacer diversos trabajos: encender la fogata, preparar el lugar para hacer la comida, cortar la leña, traer agua, limpiar el espacio donde está sembrada la cruz y adornarla.

Cuando ya está preparado el lugar y adornada la cruz, los principales, que son los ancianos que guían la comunidad, llaman para hacer la oración y ofrendar a la tierra. Encienden las velas y preparar unos vasos con aguardiente que colocan al pie de la cruz. Todos hincados alrededor de la cruz, animados por el principal mayor, hacemos oración en voz alta, pero sin gritar, tranquilamente. Muchas de las personas, al estar haciendo la oración, gesticulan y mueven los brazos, tal como lo hacen cuando hablan con una persona. El principal con un ayudante va rociando la tierra con el aguardiente, hablándole a la tierra, como a nuestra madre, y al espíritu que la cuida (Ahau). Pasan varios minutos y las personas se van callando hasta que, finalmente, el principal da por terminada la oración y todos se inclinan para besar la tierra.
Este año la lluvia ha tardado en llegar y muchos manantiales y arroyos se han secado, los ríos y lagunas han bajado su caudal. Por eso, el catequista, al terminar el trabajo de los principales leyó un texto del Antiguo Testamento y dio una explicación haciendo énfasis en el descuido y destrucción de la naturaleza por la mano del hombre y la necesidad de cuidarla.
Dos catequistas llevaron la cruz, la que utiliza la comunidad para los viacrucis que hacen durante el año, al manantial y la sumergieron bajo el agua. Allí se quedará todo el tiempo que dure la fiesta. Cada año la traen para agradecer al cuidador del agua y pedirle la lluvia.
Terminada la oración continúa el trabajo de las comisiones: poner las grandes ollas con agua en el fuego, ir a bendecir los animales que comeremos, sacrificarlos (si son pollos pueden matarlos allí frente a la cruz; si es ganado, lo hacen en otro lugar más lejano); destazar los animales, hacer la comida…
Viene un tiempo en que, mientras las comisiones trabajan y hacen la comida, los demás podemos convivir, conversar o descansar. Las mujeres, entre ellas las principales, elaboran los alimentos con que ofrendarán a la tierra, los principales van recibiendo los alimentos y los colocan al pie de la cruz, alrededor del hueco que hicieron para dar la comida a la tierra: carne cruda, bebida de cacao, bebida de pozol, aguardiente, tortillas, comida de la que comerá la comunidad. Además colocan cigarros y en algunos lugares también ponen dulces.

Cuando ya está todo listo, las mujeres principales vuelven a avivar el fuego del incensario e inciensan, nuevamente, la cruz y la ofrenda. Luego los principales nos a invitar a hincarnos y hacer oración. Se hace la oración en voz alta y, entonces, los principales, hombres y mujeres, van entregando a la tierra y al espíritu que la cuida todos los alimentos que le prepararon. El aguardiente es lo primero que entregan y, luego las otras bebidas, después la carne cruda y demás alimentos. Al final encienden los cigarros y los dejan que se consuman allí. El principal da por terminada la oración y la ofrenda y se inclinan para besar la tierra. La tierra nos da todo lo que comemos y bebemos, ahora nosotros le correspondemos dándole de lo que elaboramos para alimentarnos.
Al terminar los principales toman una pequeña copa y distribuyen entre los presentes lo que quedó del aguardiente y reparten cigarros. Hasta entonces podrán comenzar a repartir la comida para todos los presentes. Entre los árboles de la montaña se acomodan las familias y comen.
Cada comunidad puede tener matices diferentes en la realización de la fiesta, pero todas coinciden en los mismos rasgos:
-Son sus propios servidores quienes dirigen y actúan en esta celebración.
-Los ritos que realizan son ritos heredados de sus antepasados y su cosmovisión, enriquecidos con signos recibidos y aceptados de la religión católica, y/o con un texto de la Biblia.
-Son celebraciones que realizan en lugares sagrados, como la montaña, el manantial, la cueva, la iglesia o la milpa. Allí tienen sembrada una cruz.
-Todos, hombres y mujeres, están disponibles para servir en cualquier comisión. Tienen ya un modelo propio de organización.
-Todas las familias, según sus posibilidades, aportan lo necesario para la comida de la fiesta y los gastos que haya qué hacer. Para corresponder a la tierra y el espíritu que la cuida y para compartir entre ellos.
-La fiesta es un acto público, abierto, al que puede entrar cualquier persona. No hay vigilancia, ni control de entrada. Se alegra la comunidad cuando llegan personas externas y participan con ellos en su fiesta.
N.B. Este año ante la sequía el equipo pastoral fomentó el que en esta fiesta, en el momento en que se lee la Palabra de Dios, hiciéramos un llamado a cuidar la montaña para que se conserven las fuentes de agua.
Alejandro Guerrero Reynoso, s.j.
La Arena, Ocosingo, Chiapas, México.
Mayo 2019