Como parte de la experiencia de Tercera Probación en Bolivia, la cual transcurre desde el 01 de febrero hasta el 25 de julio de 2019, el Instructor Carlos Papito Rodríguez distribuyó a los 8 tercerones en diversas áreas de la geografía Boliviana, Peruana y Chilena. Yo me sentí muy afortunado al ser enviado a Arica, Chile: una ciudad ubicada cerca de la triple frontera, entre el desierto de Atacama y el Océano Pacifico. La idea inicial de mi mes de apostolado era, entre otras cosas más tradicionalmente pastorales, acompañar y poner en marcha un centro de acogida para mujeres, niños, niñas y adolescentes en el Centro Ignaciano dentro del Complejo Parroquial de Santa Cruz, una de las dos parroquias llevadas por los Jesuitas de la zona.
¿Quién iba a imaginar que estando aquí se desataría la crisis de migrantes en frontera más importante que ha visto este lugar? En efecto, ni las oleadas masivas de migrantes Colombianos o Haitianos de la década pasada se comparan con los cientos de extenuados venezolanos, en su mayoría mujeres y niños, que diariamente y desde el 21 de junio de este año pernoctan a la intemperie, y en medio del desierto donde está instalado el Complejo Fronterizo de Chacalluta, en una zona denominada paso de la concordia que une (y desune) a Chile y a Perú
La situación que ha afectado a cientos de migrantes venezolanos de distinta procedencia, fue provocada por las recientes restricciones migratorias de Perú y Chile respecto a los venezolanos que pretenden ingresar a sus territorios, las cuales comenzaron a regir los días 15 y 21 de junio respectivamente. En efecto, la medida peruana del 15 de junio de exigir visa consular previa al ingreso en el territorio sorprendió a muchos venezolanos (incluyéndome, pues mi regreso aéreo es vía Lima) que ya habían hecho su plan migratorio y que habían diseñado su estrategia de reunificación familiar en Tacna, ciudad fronteriza con Chile. Esta medida, que presagiaba también mayores restricciones a los venezolanos en Perú, animó también a muchos a abandonar ese país y continuar su ruta hasta Chile, con la esperanza de ingresar en un país próspero, reconocido por su vocación humanitaria y que aún no había puesto restricciones de entrada a los venezolanos. Por el contrario, Chile fue pionero en protección de los venezolanos migrantes al establecer la excepcional Visa (Consular) de Responsabilidad Democrática, la cual le permite a los venezolanos migrar a Chile contando con acceso por un año al trabajo y a los servicios de salud y de educación chilenos.
La historia se revirtió cuando el sábado 22 de junio el Gobierno Chileno anuncio restricciones similares a las puestas en marcha por el gobierno peruano a los migrantes venezolanos. De esta manera, quienes habían salido de territorio peruano para ingresar en territorio chileno, si les era negada la visa para entrar en Chile ya no podrían entrar libremente a territorio peruano, por necesitar para ello una visa consular de conformidad con las medidas anunciadas el 15 de junio. De esta manera, y en ausencia de sede o equipo consular en Chacalluta (donde se encuentran los venezolanos varados, en el paso de La Concordia) la gente se quedaría atrapada sin poder regresar a Tacna (Perú) y sin poder entrar a Arica (Chile), ciudad a escasos 21 kilómetros dentro de Chile.
Además, las posibilidades de ingreso ilegal por el desierto se muestran más que improbables, al estar toda el área sembrada de minas antipersonales, colocadas en el tiempo de la dictadura. Aun así, muchos se arriesgan, quizás alentados por los clásicos ‘coyotes,’ a cruzar la frontera ‘por la línea del tren’ con grave riesgo para sus vidas y condenando su vida en Chile a la invisibilidad, clandestinidad y falta de protección del sistema público de salud.
En medio de esta situación junto al P. Marcelo Oñederra, Superior Local de los jesuitas y Párroco de Nuestra Señora del Carmen, Parroquia tradicionalmente abocada a la protección de los migrantes, nos dispusimos a ayudar a los venezolanos y dar mayor visibilidad a la situación de Chacalluta, a fin de provocar una solución a la situación humanitaria que se estaba presentando en frontera. Un video compartiendo arepas y hablando de la situación migratoria que se volvió viral, con más de medio millón de vistas, reuniones con organizaciones pro-migrantes—incluyendo el increíble esfuerzo del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) que se vio rebasado en su capacidad de atención y acompañamiento—, y acciones de calle repartiendo alimentación e información en el terminal de buses y en la frontera han activado una red anónima de solidaridad y dado visibilidad nacional a la situación de los migrantes venezolanos, la cual no deja de ser noticia todos estos días en radio, televisión y en las redes sociales, junto con los resultados de Chile en la Copa América.
Aunque importantes acciones se han tomado por parte de los organismos consulares y autoridades locales—materializada en carpas, atención en salud y trasporte de emergencia—, la situación todavía no ha sido resuelta, pues para ello se requiere la intervención de las altas autoridades de ambos países. Sin embargo, la esperanza esta activada, como lo pudimos comprobar en las oraciones y misas celebradas con y por los migrantes varados en Chacalluta. En esas misas, algunas celebradas en un altar improvisado con un mantel sobre dos desgastadas maletas de migrantes, una vez más el pueblo fiel le pedía a nuestro Dios la protección y la piedad, bajo la mirada confundida de la policía chilena, cantando a todo pulmón la canción que quizás aprendieron de niños en una escuela de Fe y Alegría o en su Parroquia local y que nunca pensaron se convertiría en siniestra realidad con sus hijos en brazos: “ Un largo caminar por el desierto bajo el sol, no podemos avanzar sin la ayuda del Señor..Juntos como hermanos….”