Los integrantes de la Red de Oficinas Provinciales de Comunicación de América Latina y El Caribe (RED OPC ALC) han abierto su espacio de reflexión mensual: "Comunicar para alcanzar el amor" a otros participantes que durante este tiempo reflexionarán entorno al fútbol.
En América del Sur se vive uno de los acontecimientos más importantes de este deporte, la Copa América. Es por esto, que queremos compartir un texto que reflexiona sobre espiritualidad y fútbol, escrito por un estudiante paraguayo jesuita de filosofía: Richard Del Valle SJ.
La primavera se ha adelantado, ha llegado en pleno comienzos de invierno. Las calles se pintan de colores, principalmente en la región más grande de Sudamérica. Poco después de pasar el famoso carnaval de Rio de Janeiro, Brasil nuevamente se pone al ritmo de batucadas y del famoso grito de “Ole” tan representativo de los aficionados del fútbol. Así también, otros países de esta región sur de América se han despertado por el ruido que exhibe esta gran fiesta internacional.
Sin lugar a dudas, la Copa América moviliza a las personas externa e internamente. Muchos se han despojado de sus televisores antiguos y aprovechan el black friday para hacerse de algunos SMART TV o, por lo menos, unos LCD con Netflix incluido. Las redes sociales están que explotan con ingeniosas sobrecargas de publicidades coperas, sin mencionar las acuciosas recomendaciones para ver dramáticas series. Incluso, en las casas más austeras se vive el ambiente festivo, se empieza a acomodar las cosas para que, al menos, pueda encontrar su espacio un televisor de 14 pulgadas. La intención no tan casual de toda esta movida es muy clara, la Copa América es una fiesta de todos y para todos.
Al mismo tiempo que se va buscando un espacio externo para vivir esta fiesta, las dinámicas internas no se quedan atrás. Algunos sentimientos vuelven a florecer y también comienzan a ser. En ellos, se hacen patentes algunos recuerdos de frustración, decepción, impotencia; como también, alegría, fervor, entusiasmo, anhelo: vuelven todo tipo de deseos y algunos sueños se renuevan. Así, para el aficionado que vive sanamente esta competencia, esta es una gracia; sin embargo, para el que lo vive de manera desproporcionada, se vuelve, en ocasiones, toda una desgracia.
Países culturalmente tan diversos coinciden por medio de la pasión y buscan un mismo fin. Semejante unión de ánimo no se torna exclusiva, se da en todo tipo de hogares de familia. Las personas se encuentran unidas por una misma pasión y, por ella, trascienden algunas desigualdades o asperezas dándose un fuerte abrazo en cada grito de “GOOOL”. En cada demostración de afecto vuelven a unirse algunas amistades o lazos familiares que se habían empantanado en algún momento. Así, para algunos la fiesta es completa y, por tal motivo, es una gracia.
Por otro lado, a la luz de todas estas vivencias que genera la Copa América, también cabe el espacio para preguntas como: ¿qué es lo que mueve a las personas con tanta fuerza para que, por medio de una simple competencia, lleguen a empatizar espontáneamente con otros y con su país?
Las respuestas pueden ser varias. Para algunos es obvio que el dinamizador es la búsqueda de honor y prestigio; otros lo ven como un espacio en donde el vencedor puede ganar respeto. Sin embargo, la respuesta que más viene a colación es que, somos movidos por un deseo y este se encuentra en relación con un fin. Hay un “hacia dónde” de nuestro querer que nos motiva y anima. Así también, nuestra búsqueda puede tener otros horizontes y no solo esta competencia. Lo bueno que viviremos en este mes, como también de bello, de felicidad y de fraternización, uno lo puede seguir viviendo siempre. Dependerá también de “tanto cuanto” uno ponga de sí para dejarse mover por el deseo y encontrar el sentido último a su vida.
¿Cuál es, en definitiva, el fin hacia el que nos impulsa nuestro deseo? Como un intento de respuesta se puede recordar la respuesta de Ignacio en los Ejercicios Espirituales. Allí menciona que el fin del hombre es “...alabar, hacer referencia y servir a Dios”, para llegar a una vida plena. Interpretando esta experiencia ignaciana podemos esbozar que el fin último del ser humano es, en definitiva, llegar a vivir la vida de forma plena.
La pregunta que nos surge entonces ¿cómo llegar a tal punto de experiencia humana plena? Para San Ignacio no fue fácil encontrar esta respuesta, pero no descansó hasta encontrarla; tampoco se conformó con respuestas a medias, siempre buscó el más (magis ignaciano). Al mismo modo que en la Copa América cada jugador se desvive por su selección, Ignacio puso todo de sí para llegar a un resultado positivo. Como cualquier jugador que se prepara para una competencia y se ejercita para llegar al fin al cual aspira, Ignacio también se ejercitó, y lo hizo espiritualmente. No obstante, en los ejercicios espirituales no sólo se cansa el espíritu, sino toda la persona. Ejercitarse espiritualmente no mueve sólo una región del hombre, tiene impacto en todo el ser. Por tal motivo se dice que “todo hombre es espiritual y, lo espiritual, implica a todo el hombre”.
La misma pasión que nos une en la Copa América es la que nos une en otros ámbitos de nuestra vida. Ella nos vincula con los otros y también nos mueve a buscar “ser personas más dignas de ser felices”. La felicidad que nos irrumpe y desborda cuando salimos campeones en una competencia o cuando llegamos a cumplir algún objetivo o meta, no tiene por qué ser una felicidad efímera. Ese sentimiento es la prueba de que, si uno llega a vivir la vida con más sentido, la felicidad será cada vez más compañera de uno mismo. La verdadera plenitud entonces encontrará más cancha donde asentar su jugada y, en cuanto el jugador tenga más creatividad durante el juego, más posibilidad tendrá de llegar a la meta. Este jugador, que puede ser cualquiera de nosotros, podrá no salir campeón de América, pero alcanzará la plena identidad de sí mismo sabiendo qué carne está poniendo al asador. Así, llegará a saber quién es, también aceptarse tal cual es, siempre y cuando tenga claro su horizonte.
La pasión es entonces el motor que mueve toda nuestra vida y su combustible es el sentido último de la misma. Tomando nuevamente la definición de Ignacio de Loyola sabemos que, a este propósito último de nuestra vida, podemos llegar por medio de nuestra relación con Dios y con los demás, alabando a Dios, haciéndole reverencia y sirviéndolo (EE 23).
Al comprendernos de este modo, comprenderemos que no somos simples espectadores sino que somos personas y, con cada segundo que pasa, se encuentra en juego nuestra vida. Si comprendemos que nuestra vida está en pleno campeonato ¿no debería tener una meta? ¿qué pasaría si en vez de ver por televisión el juego de otros, empezáramos a ver cómo estamos jugando nuestra propia vida? Un partido se juega en equipo ¿acaso podríamos ser el mejor jugador del mundo sin compañeros? Pero, ni mi vida ni la de otros tendría sentido sin un fin ¿tengo fines al cual aspiro y una finalidad última en el cual está en juego todo lo que soy y en ella está incluido la búsqueda del mayor bien universal?
Por: Richard Del Valle SJ