Como parte de la campaña informativa para promover las Preferencias Apostólicas Universales (PAU), compartimos un artículo escrito por el P. Oscar Martín, S.J., de la Provincia de Paraguay, en donde explica la relevancia de los Ejercicios Espirituales y el Discernimiento.

 

 

  1. Introducción

En 2016 la Congregación General 36 pidió revisar las preferencias apostólicas que habían guiado la misión de la Compañía desde 2003. Después de 16 meses de discernimiento, en febrero de este año el P. General Arturo Sosa promulgó las nuevas preferencias apostólicas universales (PAU): “Cua­tro áreas vi­ta­les” llamadas a convertirse en nuestro horizonte inspirador para los próximos 10 años: el discernimiento y los Ejercicios Espirituales; caminar con los excluidos en una misión de reconciliación y de justicia; el cuidado de nuestra casa común; acompañar a los jóvenes en la creación de un futuro esperanzador.

El 6 de febrero, el Papa Francisco dio su respaldo: consideró que “el proceso que hizo la Compañía para llegar a las preferencias apostólicas universales fue (…) un real discernimiento”. Señaló también que las preferencias propuestas “están en sintonía con las actuales prioridades de la Iglesia...”.

El Santo Padre destacó la primera preferencia. Expresó que “es capital porque supone como condición de base el trato del jesuita con el Señor, la vida personal y comunitaria de oración y discernimiento”. Añadió, además, que “sin esta actitud orante lo otro no funciona”.

En una carta a toda la Compañía del 19 de febrero el P. General retomó esta primera prioridad. Afirmó que los Ejercicios Espirituales (EE) “constituyen un instrumento privilegiado para hacer presente al Señor Jesús, su vida y obra, en la diversidad de contextos sociales del mundo actual”; que como jesuitas y colaboradores, “nos proponemos vivir más a fondo los Ejercicios Espirituales de modo tal que nos lleven al encuentro personal y comunitario con Cristo y nos transformen”; que “vivir los Ejercicios Espirituales y la espiritualidad que se deriva de ellos es nuestro modo preferencial de mostrar el camino hacia Dios a través del compromiso con la misión redentora de Jesucristo en la historia”. Por último, el P. Arturo Sosa señaló que “la Compañía de Jesús se compromete a practicar y difundir el discernimiento espiritual, personal y en común, como el modo ordinario de tomar decisiones guiadas por el Espíritu Santo en nuestra vida, obras apostólicas y en la comunidad eclesial”.

La importancia dada por el Papa y el P. General a esta prioridad es un llamado a preguntarnos, por un lado, qué ofrecen los EE, la espiritualidad a las PAU que la hace tan relevante; y, por otro, extraer algunas implicaciones para nosotros.

  1. Inmediatez de la experiencia de Dios[1]

Profundizar en los elementos nucleares o el dinamismo interno de los EE se puede hacer desde distintas perspectivas[2]. Pero hay un gran consenso en que una de las genialidades de Ignacio en los EE es que en ellos logró convertir en método la gracia que él mismo recibió: cómo vivir el seguimiento radical a Jesús de una manera concreta, en la vida real, siempre discernida. El método, además, es aplicable a las diversas dimensiones y circunstancias de la vida: personal, eclesial, social, política, etc.

Los EE nos colocan, pues, ante una muy particular experiencia personal de Dios. K. Rahner la captó muy bien cuando en un texto de los ’60, mirando la Iglesia del futuro, decía que el cristiano del siglo XXI habría de ser un místico o no sería cristiano[3]. `Mística` es entendida por nuestro autor como la capacidad, la sensibilidad para encontrar a Dios, para captar su lenguaje y quehacer amoroso. Capacidad para vivir, para descubrir a Dios latiendo, con presencia cierta y amor entrañable, en medio del ajetreo diario, de las luchas, en las angustias y las esperanzas de la gente. Enfatizaba así que más y más, será necesario para los cristianos tener una experiencia personal de esta inmediatez de Dios; del encuentro íntimo, personal con el Dios vivo y verdadero y de su Gracia, Jesucristo; de una `mística` que desde el corazón de la Trinidad nos devuelva al mundo para vivir y actuar en él, no de cualquier manera, sino a la manera del Padre: desde su amor compasivo, desde su misericordia.

El desafío es cómo llegar a vivir esto: cómo vincular con Dios, no partes, sino nuestra vida completa, cómo buscar a Dios en la vida y convertirla en el lugar de encuentro y relación personal con él: que nuestra vida cotidiana sea cada vez más transparente a la presencia de Dios en ella.  En palabras de Ignacio: cómo “buscar y hallar a Dios en todas las cosas criadas y a todas en él”.

Lo que dice Rahner sobre la experiencia mística de los cristianos del futuro se parece mucho a lo que nos pide el P. General respecto de las PAU cuando afirma que “vivir los Ejercicios Espirituales y la espiritualidad que se deriva de ellos es nuestro modo preferencial de mostrar el camino hacia Dios a través del compromiso con la misión redentora de Jesucristo en la historia”.

Impulsar cada una de las PAU desde su misma raíz implica que los que colaboramos con la misión de Jesús, laicos/as, religiosas/os y jesuitas renovemos nuestra vida mística en el sentido ignaciano; reavivemos esta experiencia para que permee todos nuestros ministerios. Un punto de partida es el reconocimiento humilde de las amenazas externas e internas a las que estamos sometidos. Externas como materialismo, consumismo, increencia… Internas: las que brotan de dentro de nosotros mismos, como individualismo, vanidad, prometeismo, orgullo, apropiación de la misión. Animados por las PAU, puestas éstas ante nuestros ojos, necesitamos volver a experimentar radicalmente los EE y lo que estos nos brindan en primer lugar: la posibilidad de una profunda conversión.

  1. Conversión a la fe viva y abnegación

La conversión es una gracia de Dios, propia de la primera semana. No hablamos de una conversión moral, que fácilmente controlamos y que nunca nos pone en el riesgo de creer del todo en el amor incondicional y fiel de Dios. La conversión en los EE es más simple y radical: nos convertirnos a nuestra verdad fundamental expresada por Ignacio en el n. 23 de los EE.: que somos creaturas y no Dios; que no vivir el PyF es estar bajo el poder del egocentrismo y la mentira, el pecado y la muerte; que en relación a lo fundamental: el amor gratuito y la humildad no podemos absolutamente nada. En esta conversión nos reconocemos pecadores perdonados por iniciativa amorosa y gratuita de Dios, palpable en su Hijo puesto en cruz.

Esta es una experiencia radical de conversión porque al vivirla el punto de apoyo de nuestra vida cambia: pasa de las obras: de nuestros esfuerzos y logros, a la fe. Cuando este cambio sustancial acontece convertirnos ya no consistirá en otra cosa que en creerle al Amor infinito: creerle a Dios y dejarnos conducir por él: en dejarle la primacía a la acción del Espíritu en nuestra vida.

En esta experiencia no se rechazan las obras puesto que la fe y las obras son coesenciales como dinamismo de nuestra vida como seguidores de Jesús: la fe es viva si actúa por el amor. Sin embargo, ambas –fe y obras- se vuelven incompatibles cuando está en juego el punto de apoyo de nuestra vida que es, en el fondo, la raíz de la conversión fundamental: o nos fundamentamos en la gracia (con mayúsculas) o en nuestras estructuras, capacidades, poder, etc. Dicho de otra manera: o vivimos bajo la iniciativa del Espíritu o lo hacemos bajo la iniciativa propia.

Esta conversión es como un misil que apunta a la línea de flotación de no pocos de nuestros estilos de vida y apostolados. No estamos acostumbrados a soltar nuestras vidas y nuestra acción apostólica a la libre iniciativa del Espíritu. La insistencia del Papa y del P. General es un llamado a centrar nuestra atención en este punto. Lo que resulte de esta decisión tiene consecuencias trascendentales en la misión que se nos encomienda con las PAU.  El secreto de la verdadera conversión está en la obediencia a la voluntad del Padre. La experiencia espiritual que brota de los EE no es ingenua, sino que mantiene una actitud de sospecha frente a los propios deseos y proyectos (el propio amor, querer e interés), incluso los mejor justificados evangélicamente.

No podemos detenernos en desarrollar la importancia del examen y el discernimiento para vivir lo anterior. Sí la importancia de la abnegación. La abnegación apostólica es un camino privilegiado para poder vivir con fidelidad nuestra vocación en el día a día. Dado que nuestra vocación es eminentemente apostólica, nos referimos a la abnegación de todo lo que nos impide nuestro encuentro con el Dios viviente en nuestro apostolado. Tenemos que buscar activamente una abnegación vital, concreta, existencial, que nos lleve al encuentro con Dios, a nuestra entrega y a nuestra colaboración con él por encima de nuestra propia voluntad, querer o deseos. Se trata de colaborar con Dios en su obra, no en la nuestra y no a nuestro modo, sino al suyo.

A poco que nos dejemos sentir, vamos a reconocer las implicaciones de lo señalado, porque se trata de una purificación radical de nuestra voluntad propia en nuestra misión concreta para apegarnos a la voluntad de Dios. Dicho de otra manera, de enfrentar de raíz los apegos inmortificados, las afecciones desordenadas; de realizar una dolorosa y real `cirugía afectiva`[4] porque, en realidad, es esto lo que hace frustrar nuestro servicio apostólico. Quien busca solo la voluntad de Dios será una persona `recogida`, `unificada´, con libertad de espíritu. Es así, purificados de ese modo, que encontramos el gusto a Dios y le hallamos presente y operante en todas las cosas, obrando su divinización y nosotros cooperando con él.

Tenemos que fortalecer ´el hombre interior ignaciano´[5] que estamos llamados a ser por carisma: aquél que en medio del mundo, en medio de esta obra de Dios, en medio de esta cooperación con él, está movido por su Espíritu, no por sí mismo; aquél que es familiar a Dios y que encuentra la misma devoción en medio de sus actividades que en su oración de meditación. Es el hombre o mujer: religioso/a, jesuita, laica/o que historiza la gracia, tal vez, más potente de la espiritualidad que nos dejó San Ignacio: la captación interior de que Dios, hombre y mundo están unidos inseparablemente; que de esta experiencia nace un modo ignaciano propio de sentir y estar en el mundo;  y que por pura misericordia hemos sido llamados como cooperadores de un Dios Trino, que ya presente en el mundo, quiere servirse de su mínima Compañía para que estas cuatro prioridades apostólicas universales sean verdaderos cauces de gracia para muchos de sus hijos más predilectos: los pobres.

Por: Oscar Martín, SJ.

Paraguay

 

Bibliografía

Ricardo ANTONCICH SJ.: Las dimensiones sociales de los Ejercicios Espirituales, en:

historico.cpalsj.org/

Carlos CABARRUS: El Magis ignaciano Impulso a que la humanidad viva -apuntes a vuelapluma, Instituto Centroamericano de Espiritualidad, Universidad Rafael Landívar Guatemala, 2006.

José L. CARAVIAS, SJ.: Compromiso Sociopolítico y Espiritualidad Ignaciana en América Latina, en:

pedagogiaignaciana.com/GetFile.ashx?IdDocumento=3050

 José I.             EGUIZÁBAL: Advocacy y espiritualidad ignaciana, en:

www.sjweb.info/documents/sjs/pjnewarticles/102-7-01NachoESP.pdf

Miguel ELIZONDO, SJ.: Volviendo a las fuentes. Carisma ignaciano, La Ceja 1969.

Oscar MARTIN, SJ.: Hacia una espiritualidad cristiana de Fe y Alegría, Federación Internacional de Fe y Alegría, Caracas, 2005.

Javier OSUNA, SJ.: Los Ejercicios: «Redescubrir su dinamismo en función de nuestro tiempo», en:

http://www.jesuitas.org.co/cire/

Karl RANHER: Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuita de hoy, Sal Terrae, 1978.

Karl RAHNER: Escritos de Teología Vol. VII, Ed. Taurus, Madrid, 1967.

Arturo SOSA, SJ.: Preferencias Apostólicas Universales de la Compañía de Jesús, 2019-2029


[1] Tomo algunas ideas de “Hacia una espiritualidad cristiana de Fe y Alegría” (Cf. Bibliografía).

[2] Los PP. Arrupe, Osuna, Antoncich, Cabarrús, Caravias, la CG 34, etc. nos ofrecen algunos ejemplos de esto.

[3] Puede verse Rahner, K., Escritos de Teología Vol. VII, Ed. Taurus, Madrid, 1967, pp. 25 y ss.

[4] Elizondo, M.: Volviendo a las fuentes. Carisma ignaciano, La Ceja 1969, p. 35.

[5] Idem, p. 36.