Inauguramos hoy "Comunicar para alcanzar el amor", un espacio donde los integrantes de la Red de Oficinas Provinciales de Comunicación de América Latina y El Caribe (RED OPC ALC) compartirán durante el año reflexiones en torno a temas vigentes y de actualidad desde una perspectiva ignaciana de la comunicación.
A continuación el primer artículo desarrollado por Pablo Ivorra Peñafort, Delegado de Comunicaciones de Jesuitas Colombia y miembro de la Red.

UN GRITO DE AMOR
Nuestra Iglesia está siendo viral. El problema es que lo está siendo por razones que no queremos que lo sea. Queriendo decir “A”, nos están replicando como si dijéramos “B”. Esta diferencia tiene dos culpables: nosotros y quienes nos replican. Nosotros porque, teniendo muchas buenas noticias para contar, nos enfocamos en reaccionar a las pocas malas noticias que nos involucran. Y quienes nos replican tienen su parte de culpa porque deciden leer solo una parte de la historia, aquella que hace más ruido por el daño que produce.
La Compañía de Jesús, ese cuerpo apostólico de jesuitas y laicos que hacemos parte del gran cuerpo de la Iglesia Católica, no es ajena a estas dificultades de comunicación. No nos estamos haciendo entender y no nos están entendiendo. Hoy, en sociedades hiperconectadas e hipocomunicadas, la preocupación por la comunicación en nuestra Compañía debe ser una apuesta estratégica y no accesoria. Tan delicado está el tema que ya no basta con hacer buenas acciones sino que se necesita gritar que las estamos haciendo. Este grito pareciera ser un acto de vanidad y es un riesgo que así se vuelva. La manera de evitar esto es recordar siempre que, en el fondo, lo que queremos gritar es que Dios ama en infinitas maneras y sin diferencia. No puede haber vanidad en eso.
Las doce provincias que conformamos la Conferencia de Provinciales en América Latina y El Caribe estamos aportando hacia esa apuesta estratégica de asumir la comunicación como un acto y hábito consciente de gritar ese amor en todo momento y a todos nuestros públicos. Para esto nos hemos organizado desde el 2017 como una Red de Oficinas Provinciales de Comunicación. Necesitamos estar articulados, unidos y comunicados entre nosotros porque solos no podemos. La fuerza que tenemos en contracorriente es de muy alta presión y eso solo puede ser correspondido con una fuerza igual o mayor.
Es que estamos viviendo tiempos de guerra. Las armas ya no son bombas o destrucciones físicas, aunque sigan sucediendo estos horrores. El arma principal es la información y el poder que conlleva ser propietarios de ella. Ya no se necesita verificar la información mientras se tenga el suficiente poder de sugestión para hacer creer que es verdadera. Se puede dominar a otra persona plantándole la idea del miedo por cualquier razón, por ejemplo, aún más si quien planta el miedo se muestra como el redentor que tiene la solución a esa idea.
Pensémonos como Iglesia en este contexto de ejercicios de poder sobre la información. ¿Qué opciones tenemos? Hay varios caminos. Uno de ellos es sucumbir ante la fuerza de esta presión, dejar que se diga de nosotros lo que sea y tener la esperanza que eso cambie por sí mismo en un futuro. Es la opción de dejarnos golpear una mejilla y luego poner la otra para que continúe el daño. Terminaríamos muy heridos pero con una reputación bíblica admirable. Otro camino es actuar en modo reacción. Ante una acusación o daño en nuestra reputación salir a defendernos y tratar de demostrar nuestras buenas intenciones y acciones. Con esto se reduce la herida pero el costo interno es muy alto. Los recursos de tiempo, personas y dinero se desperdician en acciones defensivas dejando a un lado la posibilidad de dedicar estos esfuerzos a las buenas noticias. Es el desgaste de sacar a la fuerza a los mercaderes del templo. Lograríamos comunicar que no estamos diciendo “B” pero no nos quedarían energías para explicar que lo que queríamos decir era realmente “A”. Un tercer camino es el grito del amor. Es comunicar “A” por todos nuestros canales, constantemente, a todos nuestros públicos y con el mayor volumen posible. Es obsesionarnos con la búsqueda de buenas noticias y divulgarlas estratégicamente.
Aparentemente el camino obvio a seguir sería el tercero. Lo complejo de nuestro panorama es que la realidad nos exige caminar por los tres al tiempo. Nos exige confiar en que estos tiempos de guerra pasarán y vendrán mejores. Al tiempo nos pide no desfallecer en la defensa de aquello en lo que creemos porque estamos convencidos del actuar del amor de Dios en nuestras vidas. Y con todo esto, también nos exige duplicarnos en esfuerzos para tomar aire y gritar que el dolor de los dos caminos anteriores no nos reduce nuestra condición de seres amados.
Ignacio nos invita a salvar la proposición del prójimo [EE. 22], es decir, a poner nuestro mayor esfuerzo en creer que lo que nos dice el otro nace de sus mejores intenciones aún cuando sus acciones pudieran decir lo contrario. Hoy podemos actualizar esta invitación en contextos donde hay prójimos cuyas proposiciones son, por ejemplo, falsas noticias o información con una clara intención de herirnos. Que en nuestros ejercicios de comunicación busquemos siempre salvar la proposición de nuestros prójimos mostrando con valentía y determinación la nuestra también.
Por: Pablo G. Ivorra Peñafort
Delegado de Comunicaciones