La historia de la Iglesia está marcada por múltiples heridas… las sangrientas persecuciones romanas de Nerón y de Decio, el desgarrador Cisma de Oriente, las reformas de las Iglesias centroeuropeas, los cuestionamientos radicales de los ‘maestros de la sospecha’, las persecuciones por parte de los totalitarismos de izquierda o de derecha que dominaron el siglo XX… La experiencia nos enseña que cuando la herida ha sido causada por un agente externo, la capacidad de respuesta ha permitido sobreponerse a las consecuencias destructivas de la crisis. Sin embargo, cuando las heridas han estado relacionadas con la vida misma de la Iglesia, la reacción ha sido más bien pobre y tardía… No hay cuña que más apriete que la del mismo palo… Hoy estamos viviendo una grave crisis que tenemos que enfrentar con total transparencia y honestidad.

Con la crisis de los abusos en la Iglesia estamos perdiendo muchos seguidores, estamos perdiendo nuestra reputación, estamos perdiendo estudiantes de nuestros colegios y universidades, estamos perdiendo feligreses en las eucaristías dominicales, estamos perdiendo países enteros que no hace muchos años eran fuentes inagotables de generosos misioneros que se repartían por todo el mundo para anunciar la Buena noticia del Reino… pero absolutamente nada de esto es tan grave como lo que nos está pasando en estos momentos: Estamos perdiendo la confianza de los creyentes. La confianza que la Iglesia ha inspirado durante siglos, está gravemente herida. La crisis desatada por los casos de pedofilia que actualmente estamos enfrentando, no es más que un síntoma dentro de una cadena de procesos que han ido minando la confianza de los creyentes en la misma Iglesia.

El Papa Francisco ha querido enfrentar esta situación de la Iglesia convocando la próxima semana a los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo para una cumbre anti-abusos en Roma.

La Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y el Caribe (CPAL) quiere invitar a los jesuitas y colaboradores de América Latina a unirse en oración para encomendar al Señor el resultado de este proceso que el Papa busca alentar en la Iglesia. Ofrecemos un artículo que puede causar escozor, y una plegaria para compartir en nuestras comunidades y grupos de oración.

 

Un proceso doloroso

Por: Matthias Drobinski

“Sí, yo lo hice... Yo, el tipo genial, el sacerdote comprometido y servicial.” En el libro “Abuso sexual de menores de edad en la iglesia”, editado por los teólogos y sicólogos Stephen Rossetti y Wunibald Müller, se encuentra este conmovedor relato de un sacerdote que abusó de niños y que por ello tuvo que ir a la cárcel.

Describe a su familia como emocionalmente fría, y cuenta cómo él mismo había sido objeto de abuso sexual por parte del líder de los boy scouts que él, por aquél entonces, tanto admiraba. Cómo llegó a ser un exitoso coadjutor, y luego párroco, y sin embargo, fue quedándose solo... Luego, cómo se acercaba a jóvenes entre 13 y 14 años que provenían de familias problemáticas en las que se vivían situaciones difíciles... Cómo pensaba que les estaba haciendo un bien… hasta que llegó la policía.

Los que abusan de niños y jóvenes no suelen ser sucios viejos verdes; con frecuencia son gente como este sacerdote anónimo: joven, querido por todos, descomplicado. Por eso resulta imposible describir el prototipo del abusador sexual e identificar las causas de su abuso.

Quien abusa de los más débiles puede ser pederasta enfermo o emocionalmente inmaduro, puede estar repitiendo experiencias de abuso, así como puede estar ejerciendo poder, o disfrutando fantasías de odio. Síntomas alarmantes pueden ser el que, como adultos, no puedan decir si son homosexuales o heterosexuales; el que sean pasivos en extremo o acomodados; que no puedan entablar relaciones con personas de su misma edad, o que hayan sido víctimas ellos mismo de abuso.

Lo que no es claro es qué tan alto sea el número de los sacerdotes que abusan de niños y jóvenes. Müller, quien dirige la casa de retiros para sacerdotes en crisis, en Münsterschwarz, cita investigaciones realizadas en los EEUU., según las cuales apenas un dos por ciento de los sacerdotes son pedófilos, esto es, interesados en tener sexo con niños menores de once años; el mismo número serían efebófilos, esto es, que buscan sexo con jóvenes en la pubertad.

En ambos grupos, cerca del 20% están ya irreparablemente trastornados, mientras que el 80% sufren un trastorno psico-sexual que aún puede ser sometido a terapia. El abuso, como lo sugieren estas cifras, no es un delito frecuente en los sacerdotes, pero tampoco está limitado a excepciones extremas. Sin embargo, es muy grave porque son muchos los padres de familia y los niños que confían de un modo especial en los sacerdotes, y también porque con frecuencia las víctimas del abuso son arrojadas, además, en una profunda crisis religiosa.

Según una tesis generalmente aceptada, el celibato sería culpable del abuso. Sin embargo, no existe ninguna prueba que demuestre una correspondencia directa. En la mayoría de los casos el abuso tiene lugar en la familia, y también ocurre con pastores evangélicos, maestros y entrenadores deportivos, que los adultos se aprovechan de la confianza que les tienen los niños y los jóvenes. “No existe ningún indicio”, dice Müller, “de que sacerdotes católicos acosen más frecuentemente a los niños que aquellos que pertenecen a estos grupos profesionales”.

Sin embargo, Müller ha comprobado que la forma de vida de los sacerdotes con frecuencia resulta atractiva a hombres con dificultades sexuales -“porque precisamente hombres inmaduros piensan que pueden ahorrarse ese tema si prometen continencia”. De allí que lo directores de los seminarios deban estar atentos “a ver exactamente quién y por qué quisiera ser sacerdote”. Afortunadamente la selección y el acompañamiento de los candidatos al sacerdocio es hoy “en general mejor” que antes; según la observación de Müller, el número de los casos de abuso en ámbitos de la iglesia incluso ha disminuido. “Lo que se pone al día en los EEUU son, con mucha frecuencia, pecados del pasado”.

Para la Iglesia Católica es un proceso doloroso que hombres de Dios arruinen a los jóvenes, cosa que antes era inimaginable, incomunicable, y por tanto impunible. Hasta hace aún veinte años los sacerdotes eran protegidos ante una detención de la justicia para luego ser trasladados, tras una pausa, a otra comunidad.

Entre tanto, existe en la Gran Bretaña una oficina nacional para la protección de los niños; en Suiza una comisión de expertos discute sobre cómo impedir el abuso sexual de los niños y cómo se les puede ayudar a las víctimas. En los EEUU hay reglas de comportamiento para los obispos: el sacerdote en cuestión debe abandonar su oficio, la iglesia debe colaborar incondicionalmente con los funcionarios, debe ayudar a las víctimas, e informar sinceramente a la opinión pública. Sólo que el obispo de Boston no se atuvo a estas normas.

“Esto muestra lo importante que son las normas obligatorias”, dice Müller. Exactamente eso es lo que los obispos alemanes rechazaron el lunes pasado. Sólo Gebhardt Fürst, obispo de Rottenburg-Stuttgart, anunció normas más estrictas. También anunció lo que sentía ante los casos de abuso: “furia, tristeza y vergüenza”.

 

Traducción: Vicente Durán SJ

Tomado de: http://www.sueddeutsche.de/index.php?url=ausland/weltspiegel/42130/

 

Oración para compartir en comunidad

Hace pocos días, el nuevo provincial de ARU, P. Rafael Velasco, SJ, terminaba sus palabras inaugurales del encuentro de provincia con una oración del P. Luis Espinal, SJ, jesuita catalán-boliviano, asesinado el 22 de marzo de 1980, dos días antes del martirio de San Oscar Arnulfo Romero en El Salvador. Esta oración, conmovedora como todas sus oraciones a quemarropa, nos puede servir en este contexto eclesial y humano que vivimos para orar por la Iglesia, por los sobrevivientes, por todos nosotros, por las víctimas y los victimarios. Que el Señor no permita que nos acostumbremos...

No acostumbrarse

Luis Espinal, SJ

 

Tenemos el vicio de acostumbrarnos a todo. Ya no nos indignan las villas miseria; ni la esclavitud de los siringueros; no es noticia el “apartheid”, ni los millones de muertos demhambre, cada año. Nos acostumbramos, limamos las aristas de la realidad, para que no nos hiera, y la tragamos tranquilamente.

Nos desintegramos. No es sólo el tiempo el que se nos va, es la misma cualidad de las cosas la que se herrumbra. Lo más explosivo se hace rutina y conformismo; la contradicción de la cruz es ya sólo el adorno sobre escote mundano, o la guerrera de un Hitler.

Señor, tenemos la costumbre de acostumbrarnos a todo; aún lo más hiriente se nos oxida. Quisiéramos ver siempre las cosas por primera vez; quisiéramos una sensibilidad no cauterizada, para maravillarnos y sublevarnos. Haznos superar la enfermedad del tradicionalismo, es decir, la manía de embutir lo nuevo en paradigmas viejos. Líbranos del miedo a lo desconocido.

El mundo no puede ir adelante, a pesar de tus hijos; sino gracias a ellos. Empujemos. Jesucristo, danos una espiritualidad de iniciativa, de riesgo, que necesite revisión y neologismos.

No queremos ver las cosas sólo desde dentro; necesitamos tener algún amigo hereje o comunista.

Para ser disconforme como Tú, que fuiste crucificado por los conservadores del orden y la rutina. Enséñanos a recordar que Tú, Jesucristo, siempre has roto las coordenadas de lo previsible.

Y sobre todo, que no nos acostumbremos a ver injusticias, sin que se nos encienda la ira, y la actuación.