
En la Semana 31 del Tiempo Ordinario la Liturgia va a ponernos frente a frente con lo más radical de la fe y con lo principal para nuestra realización humana: la unión inseparable entre el amor a Dios y el amor a las Personas.
“Amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas”, significa adhesión total a Dios, es decir, que todo mi ser ame a Dios con lo que soy y poseo. Y “amar al prójimo como a uno mismo”, significa amar sin reservas a los demás, es decir, que mi amor a los demás decide la calidad del amor que tengo hacia a mí mismo: los demás se convierten en camino obligado para mi felicidad.
Claramente que la unión inseparable entre amor a Dios y amor al Prójimo propuesta por Jesús sintetiza la Ley y a la vez alivia el peso que produce la gran lista de más de 600 mandatos que copaban dicha Ley. Pero lo que Jesús busca con esta unión es que se ponga de manifiesto la inseparabilidad que hay entre veracidad de la fe y autenticidad humana.
El amor a Dios y al Prójimo nos abre a la vida: por un lado nos revela que el amor es lo único que puede dar consistencia y legitimidad a cualquier ley, ordenanza o mandato. Y por otro, que todo está sujeto al amor de Dios y a la necesidad del Prójimo. Nada tendrá sentido al margen de este amor inseparable.
Amar a Dios y las Personas lo es todo para la religión de Jesús. En este amor está la fuente de donde mana la vida, la adoración, la alegría, la disponibilidad, la sencillez, la entrega y el servicio que se traduce en cuidado para quienes nos necesitan con más urgencia: los pobres, los enfermos, los tristes, los desvalidos.
Relacionarnos con Dios nos lanza directamente a una relación de calidad con las personas y, a su vez, la calidad de relación y trato que tengamos con las personas decide nuestro nivel de amistad con Dios. Esta nueva ley, la del amor, es la fuerza que da sentido a nuestras vidas, la que da consistencia a la convivencia y la que hace posible la ruta hacia la plenitud humana.
La clave de este amor indiviso es la pasión por Dios y por las personas concretas con las que nos encontramos a diario. Porque, pasión es alabar la existencia propia y la ajena desde su raíz, tomar parte en la vida con gratitud, optar siempre por lo bueno y lo bello, vivir con corazón de carne y no de piedra, rechazar todo lo que niegue y excluya a cualquier hombre o mujer.
Quien ama de verdad a Dios tratará a los demás como sus auténticos hermanos y quien ama de verdad a los demás tendrá a Dios como su único Señor.
Gustavo Albarrán sj - Jesús Torres Dugarte - Equipo CEP-Venezuela

LA GRANDEZA DEL AMOR
La grandeza del amor no descansa ni reposa sobre frases adornadas ni palabras destructoras.
La grandeza del amor no se pasa largas horas, intentando cautivar amistades perniciosas.
La grandeza del amor no se esconde tras las rocas. Pues camina sin reparos, acompañada de auroras.
La grandeza del amor con la sonrisa se adorna, con las palabras sinceras y con las miradas preciosas.
La grandeza de este amor con la honestidad labora, con la palabra sincera y con actuación generosa.
La grandeza del amor dispuesta está a toda hora, a comprender a quien ama y abrir si a su puerta toca.
La grandeza del amor está aquí, en esta hora. Lo eres tú, así como lo soy yo. Bendigo a Dios por su gran obra.
Que la grandeza de este amor no se caiga ni se rompa, ni se seque con el viento, ni se le mueran sus hojas.
(Cf. Antonio Torres Villén)