
Para esta semana 14 del Tiempo Ordinario la Liturgia nos invita a que nos atrevamos a creer, confiar y apostar en el otro, como el modo más eficaz de sustentar nuestra experiencia de fe.
El evangelio (Mc. 6,1-6) presenta a Jesús un desconcertado entre los pobladores de Nazaret, entre los suyos. Y no puede ser de otro modo, porque del lado de los nuestros, de la propia familia, de los amigos, de los compañeros de trabajo y de la misma Iglesia, es donde más se pone a prueba nuestra credibilidad.
A los de Nazaret les faltó perspectiva para reconocer a Jesús, para descubrir que alguien tan cotidiano, tan simple, y tan sencillo pudiera tener sabiduría y poder de hacer milagros. No hay cosa más terrible y contrapuesta a la fe que mirar al mundo, a las personas y a Dios con los lentes de las propias fijaciones y de los propios razonamientos. Por eso Jesús se sintió tan extrañado en medio de unas personas donde reinaba la desconfianza.
Las preguntas que los vecinos de Jesús le hicieron con asombro y con cierta suspicacia, siguen latentes entre nosotros. Porque preguntar por el origen de la sabiduría de la gente o por el origen de algún don que posean, y cuánto más si se trata de gente sencilla o que no encaja en nuestros esquemas, no es otra cosa que la manifestación sutil de la soberbia.
Ese tipo de soberbia que se oculta bajo múltiples formas de actuación, no es más que engreimiento solapado, o como lo denominó el gran cristiano Karl Rahner: concupiscencia del espíritu. Es decir, aquella finura del orgullo que se esconde bajo sutilezas que ofuscan el alma, impiden la visión y hacen perder toda perspectiva.
Nuestra fe solamente será fe, en la medida que se afiance en la relación con un Dios que se revela tanto en nuestra vida como en la de los demás. Un Dios tan cotidiano que sólo puede verse y comprenderse cuando nos dejamos interrogar y asombrar por las maravillas que Él realiza en todos, ya sean grandes o pequeños, amigos o enemigos.
Lo que vivió Jesús en Nazaret se repite a diario, tal como lo expresa el dicho: “nadie es profeta en su tierra”. Y pareciera cierto, sin embargo, no podemos conformarnos con eso. El mismo evangelista nos dice que Jesús, al menos, pudo hacer alguna curación sencilla. Algo, y quizás mucho, podremos también hacer nosotros entre los que nos conocen y con quienes compartimos la vida más de cerca.
Aunque Jesús no pudo provocar la fe en aquella gente tan acostumbrada a su modo de ver la vida, las personas y el mundo, al menos pudo encender la chispa de la salud, lo cual podrá en otro momento más propicio convertirse en un gran fuego. Y esto es también una parte de la buena noticia que nos ofrece este evangelio para que no desistamos en nuestro afán de que el evangelio toque a quienes forman parte de nuestro entorno: a los que son de los nuestros.
Que toda casa, trabajo, reunión o comunidad, se convierta en lugar de confianza, de apuesta fraterna, de amistad fecunda, como signo que evidencia la fe que nos sostiene y nos lanza.
Por: P. Gustavo Albarrán, S.J.

Origen de la Sabiduría
Yo también soy un hombre mortal como todos: Un descendiente del primer hombre que fue formado de la tierra. No hay quien haya tenido otro comienzo de su existencia; una es la entrada en la vida para todos y una misma la salida.
Por eso pedí y se me concedió la prudencia. Supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría. Y la preferí a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella. Yo ignoraba que la Sabiduría fuese la madre de todos los bienes. Los que la adquieren se ganan la amistad de Dios.
La Sabiduría es la guía y dirección de quienes son buenos. Ella nos depara la discreción y hace que nuestra actuación sea siempre diestra. Ella concede un conocimiento verdadero de los seres. Cuanto está oculto y cuanto se ve nos lo revela la Sabiduría que es el artífice de todo.
La Sabiduría es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de su gloria, por eso nada perverso llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad divina, una imagen de su bondad.
Aun siendo sola, lo puede todo; sin salir de sí misma, renueva el universo. En todas las edades, entrando en las almas santas, forma en ellas amigos de Dios y profetas, porque Dios no ama sino a quien vive con la Sabiduría. Es ella, en efecto, más bella que el sol, supera a todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora, porque a la luz sucede la noche, pero contra la Sabiduría no prevalece la maldad.
(Cf. Sabiduría 7)