Esta semana celebramos la Santísima Trinidad, es decir, que Dios se manifiesta como Padre de todos, como Hijo que hermana a todos y como Espíritu que a todos nos beneficia con su bondad y su Santidad.

Pudiéramos caer en la tentación de gastar nuestro tiempo buscando teorías o palabras para comprender esto de que Dios es Trinidad, cuando lo más importante es experimentar que somos amados por un Dios que es nuestro Padre, que Jesús es el hermano que nunca falla, y que contamos con la luz y la fuerza del Espíritu Santo. Así podríamos empezar a vivir asemejándonos un poco más a Dios cada día.

Cuando decimos que Dios es Trinidad, afirmamos que Dios se manifiesta en una relación de amistad y en una comunión fecunda capaz de trascender toda inmediatez. Por eso no es un Dios extraño o ajeno al mundo, sino que se hace presente en las cosas, en la realidad y mucho más en la vida de cada persona. Que Dios trascienda la inmediatez quiere decir que Él va siempre más allá, poniendo la mirada más lejos, incluso más allá del dolor y de la muerte.

Para celebrar y vivir la Trinidad, la Liturgia nos propone el Evangelio de Mateo (28, 16-20), invitándonos a hacer la ruta de los discípulos, que ascendieron al monte convocados por Jesús, y no para subir de condición, nivel o rango, sino para un ascenso de sentido. Subieron para experimentar la presencia del Señor. Sin embargo, algunos tuvieron miedo y titubearon. Pero Jesús ni se asustó con sus dificultades, ni prescindió de ninguno por frágil que fuera. Y es que Jesús sólo sabe de apuestas por las personas. Por eso les dice a ellos y a nosotros también: Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.

En este encuentro con el Señor, los discípulos son enviados a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pero no para buscar adeptos, sino para conformar en la tierra la familia de Dios. Una familia que sepa actuar con los mismos sentimientos de Dios. Es decir, una familia o un grupo humano que se atreva a amar sin medida ni miramientos, que perdone sin reservas, que se arriesgue por las personas, incluso hasta perder la propia vida si es preciso, y cuanto más por quien está frágil, caído, enfermo, solitario, necesitado. Así es Dios y así quiere que sea su familia.

La Santísima Trinidad vivida desde este evangelio de Mateo nos pone en la encrucijada del amor, de la fraternidad y de la comunión. Porque, o amamos de verdad con los riesgos que ello implica o nada sabemos de Dios como Padre. O vivimos como auténticos hermanos asumiendo todas las consecuencias o nada tenemos de Cristo. O somos capaces de crear comunión a base de perdón y misericordia o no tenemos el Espíritu de Dios. Esto es lo que autentica o invalida nuestra fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Que la Santísima Trinidad nos acerque más a la realidad concreta de la gente, para que como Jesús manifestamos con inventiva y sin demora la vitalidad del Espíritu Santo que sana, ama y acompaña a las personas.

 

Por: P. Gustavo Albarrán SJ

 

 

AL CRISTO DE LA TRINIDAD

Tus manos sobre los hombres para llevarnos a Dios y acogidos en familia de igualdad que es comunión.

Tus manos en las del Padre, corriente de un mismo Espíritu. Tus manos en cruz tendidas hacia las manos del Mundo, rutas del tiempo nuevo, Camino, Verdad y Vida.

Trinidad que pisa el suelo para hacernos todo a todos: Manos-Casa, Llagas-Pascua, Alas-Vuelo ¡Uno y nuestro!

Trinidad que nos arrastra, lucha adentro, pueblo adentro, con el Hijo, como hermanos, por tanto camino incierto.

 (Cf. Pedro Casaldáliga)