Compartimos el testimonio de Eduardo Anaya Sanromán, SJ sobre su experiencia en el Servicio Jesuitas a la Panamazonia (SJPAM):
Elosanto Medina SJ (PAR) y yo partimos de Santiago de Chile el 5 de diciembre de 2017 para vivir una experiencia de colaboración de temporada navideña con el SJPAM (Servicio Jesuita a la Panamazonia). Hicimos escala de un día con su noche en Bogotá para conocer la ciudad y convivir con los jesuitas de la comunidad del CIF San Francisco Javier. El día 6 volamos de la capital colombiana a Leticia, una pequeña ciudad a la que sólo se puede llegar en avión o por río. Los padres Valerio Sartor (BRA) y Alfredo Ferro (COL) nos dieron una cálida acogida. Al día siguiente los estudiantes de teología de los Centros Interprovinciales de Formación, tuvimos nuestra Jornada de inducción a la experiencia apostólica en Leticia. El SJPAM trabaja en red con diferentes instancias civiles y religiosas de los tres países que comparten la frontera: Brasil, Colombia y Perú. En la jornada aprendí que la mayoría de las familias de las comunidades ribereñas viven en casas de palafito. Que, desafortunadamente, hay corrupción, impunidad, incapacidad, mediocridad y omisiones de las autoridades estatales para impedir la explotación de personas (laboral y sexual: trata y tráfico) y para evitar la caza y pesca furtivas y la extracción ilegal de maderas, minerales y otros recursos naturales no renovables. Que en la selva amazónica hay una gran riqueza de cosmovisiones y espiritualidades y entre los pueblos originarios de la región están los Tikunas y los Yaguas.
Puesto de Misión en Islandia (Perú)
Estar, orar, acompañar, contemplar, caminar, reír, llorar, cantar, comer, abrazar, escuchar, animar, nadar, remar, sudar son algunas de las actividades realizadas por las y los misioneros de la triple frontera amazónica (Brasil, Colombia y Perú).
Fabio Solti SJ (ARU) y yo fuimos destinados a colaborar con el equipo itinerante del Proyecto Intercongregacional Panamazónico. Islandia, conocida como la Venecia del trapecio amazónico, es la sede de un puesto de misión del Vicariato Apostólico de San José del Amazonas, donde han colaborado religiosos y seglares durante varios años. En Islandia los católicos son minoría, la mayoría de familias y personas pertenecen a alguna de las tres iglesias evangélicas y pentecostales, a saber: la Iglesia Israelita del Nuevo Pacto, la Iglesia pentecostal y el Movimiento Misionero Mundial (MMM).
Actualmente el equipo misionero de Islandia está formado por cinco religiosas y un sacerdote: Ivanés María Fareto (56 años, de las hermanas de la Inmaculada Concepción, Santa Paulina), Eunice Concepción de Souza (39 años, de las Franciscanas del Sagrado Corazón de Jesús), Zelia Gómez (46 años, de las Misioneras de Jesús Crucificado), Fátima Batista Jorge (58 años, de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor), María Emilia Molenda Kuche (71 años, de las Misioneras de Jesús Crucificado) y César Caro (48 años, español, sacerdote ex-salesiano, incardinado en Diócesis de Extremadura).
La misión del proyecto es promover que las comunidades indígenas y ribereñas tengan una vida más digna y más plena. Para ello las hermanas y el padre César visitan a las comunidades a las que únicamente se puede acceder por el Río Yavarí. En la primera visita hacen contacto con las autoridades indígenas o campesinas y se presentan. En las visitas subsiguientes se encuentran con las familias de cada lugar y entablan un diálogo respetuoso para escuchar las necesidades y problemáticas de las comunidades. A partir de las necesidades que cada comunidad les refiera, el equipo itinerante hace una propuesta de acción e intervención socio-pastoral.
Tres son los sonidos de los motores con los que crecen los niños de la triple frontera amazónica: el corazón de su madre, la motosierra de su padre y el motor del bote de su abuelo.
Una de las principales problemáticas es la desnutrición infantojuvenil. Las familias se mantienen de la yuca, el arroz y el plátano que complementan con el pescado. En algunas comunidades es frecuente que quienes tuvieron buena pesca les comparten a los que no pescaron nada, pero desafortunadamente en otros lugares si el padre no pesca, ese día no hay pescado para sus hijos, y tienen que conformarse con plátano y yuca. Por tanto, existe un elevado índice de desnutrición infantil. Otra de las problemáticas de las comunidades indígenas y ribereñas de Amazonía es el insuficiente acceso a servicios de salud/sanidad. En la comunidad Japón conocimos a Regner quien sufrió una accidente en el campo y casi pierde una pierna, por falta de antibióticos. Afortunadamente consiguió el medicamento y la herida iba sanando.
También fuimos testigos de la carencia de energía eléctrica que es necesaria para bombear agua – necesaria para cocinar, lavar ropa o bañarse – del río a las casas. Es común ver que las mujeres de las familias más pobres bajan todos los días al río para lavar ropa. Algunas casas tienen instalaciones eléctricas muy básicas (rústicas) que funcionan con generadores o plantas de energía a gasolina. Otra problemática de la triple frontera es el insuficiente acceso a la educación. En Islandia, hay un internado para niñas y niños de comunidades ribereñas (12 a 18 años) que son enviados por sus familias para estudiar con todos los riesgos que esto implica. Desafortunadamente, como consecuencia de la pobreza y de la marginación, se ha propagado la siembra, producción y distribución de drogas al interior de la selva. Han llegado grupos de narcotraficantes a reclutar personas de familias empobrecidas y a desplazar comunidades para apropiarse de su tierra, sembrar y cultivar para comercializar la droga.
También operan redes de trata de personas que trafican y esclavizan (prostitución forzada y explotación sexual comercial infantil) principalmente a mujeres menores de edad. En los tres países se han incrementado los índices de suicidios en el grupo de infantes y adolescentes. Del lado brasileño hay algunas organizaciones que realizan esfuerzos para combatir esta problemática como “Un grito por la vida”[1]. En Islandia aprendí que existe una serie de protocolos vinculantes entre Iglesia y estado que incluyen asistencia y coordinación en ciertos eventos y acontecimientos socio-políticos.
Atenta convocatoria.
Animo a todas aquellas personas que se interesen por la conservación de la Amazonia y sus comunidades a que estudien y se contacten con las organizaciones locales que están luchando por la vida digna de las personas, combatiendo la trata de personas, trabajando por el cuidado del medio ambiente. Se necesitan muchos voluntarios y misioneros que se atrevan a entregar parte de sus vidas para preservar las maravillas de la Amazonia. Se hace urgente favorecer la reconciliación, la paz y la fraternidad en esta hermosa región de nuestra Madre Tierra. Ayudará mucho que se ofrezcan a colaborar personas con formación en las áreas de salud y nutrición, cuidado del medio ambiente, vida social y familiar, cultura de paz, proyectos productivos, economía social y solidaria, etc). Pero lo más importante es que sean personas capaces de dejar su zona de confort (seguridades, comodidades) para trabajar en favor del bienestar de la comunidad. Los apoyos económicos también son bienvenidos tanto en el Proyecto Intercongregacional Panamazónico como en el SJPAM.
Agradezco a Dios Nuestro Padre y a Nuestra Señora María, Madre de la Iglesia, por la posibilidad de vivir esta experiencia de colaboración con los misioneros que entregan la vida en la triple frontera.
Mi agradecimiento y reconocimiento para Valerio Sartor SJ (BRA) y Alfredo Ferro SJ (COL) quienes son la prueba viviente de que sí se puede trabajar en redes que articulan distintas organizaciones e instituciones (asociaciones de la sociedad civil, ONG’s, congregaciones religiosas, universidades, etc), de que sí se pueden construir puentes que favorecen el crecimiento humano, el desarrollo integral, la paz y la reconciliación entre los pueblos.
Un agradecimiento especial al equipo del Proyecto Intercongregacional Panamazónico de Islandia (Perú). Haberles conocido me ha cuestionado mucho mi forma de vivir como religioso. Confío en que el Señor les seguirá dando la fuerza y la gracia para seguir reflejando el rostro misericordioso de Jesús a las personas, familias y comunidades que acompañan pastoralmente.
A la mayor gloria de Dios,
Eduardo Anaya Sanromán, SJ (MEX)
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