En la 2ª Semana de Resurrección la Liturgia nos invita a profundizar la fe, el amor, la vida y la esperanza que nacen del encuentro personal y comunitario con Jesús resucitado.

El Evangelio de este domingo muestra dos situaciones que enturbian la experiencia de la resurrección. Por un lado el miedo de los discípulos que los lleva al ocultamiento. Y por otro, la autosuficiencia que sólo se fía de lo comprobado por sí mismo tal como sucede a Tomás, uno de los doce que no se fía de la experiencia de sus amigos.

A nosotros también puede asaltarnos el miedo o invadirnos la tentación de fiarnos tan sólo de nosotros mismos, de nuestras convicciones nada más. Pero ahí sigue estando Jesús resucitado para darnos ¡esa noche y esa experiencia tan dichosa, en que se unen el cielo con la tierra, lo humano y lo divino! Y así desaparezcan nuestros miedos, nos atrevamos a fiarnos de los demás y pongamos en Dios toda nuestra esperanza.

A los discípulos encerrados en el miedo, en todo tipo de miedo, Jesús les da el Espíritu Santo y los pone ante el gran desafío de lanzarse a perdonar pecadores, de ir a reconciliar. Y no puede ser de otro modo, porque sólo a fuerza de perdón y reconciliación es como se sana la vida de las demás personas y como se sana también nuestra vida.

Y a Tomás, quien debía tener cierto liderazgo en el grupo, el Señor también lo desafía diciéndole: ven y comprueba mis marcas y empieza a creer. Es decir, aprende a fiarte, cree en lo que viven y comunican los compañeros, y así serás creyente, así comenzarás a tener fe.

Hoy más que ayer necesitamos aprender a captar y reconocer las marcas de la Cruz que llevan las personas que están a nuestro alrededor. Porque nuestra fe cristiana sólo se sustenta en la experiencia compartida de amigos y amigas que han vivido la cruz, como el Señor, y que por su gracia son levantados de toda muerte.

El Señor Resucitado nos mostrará sus marcas de la Cruz para que lo reconozcamos como el Señor de la vida, y también nos hará sentir las marcas de la Cruz en nosotros mismos, para que vivamos cimentados en una Fe que es más fuerte que la muerte.

Que este nuevo tiempo de resurrección nos lance a perdonar pecados, a lavar culpas, a devolver la inocencia a los caídos, a dar la alegría a los tristes, a expulsar el odio, a promover la concordia y a construir la paz (Cf. Pregón Pascual).

Por: P. Gustavo Albarrán, SJ

 

Al Señor de la Resurrección

SEÑOR, que en tu Resurrección adquiera yo, la NUEVA VISIÓN, la NUEVA VIDA, el NUEVO MODO, ya desde ahora y para siempre, y que PREDOMINE DEFINITIVAMENTE LO BUENO:

 De la Vida y su calidad sobre la muerte y la vida destruida.

De la Esperanza sobre la desesperanza.

Del Optimismo sobre el pesimismo.

De la Luz sobre la tiniebla.

Del Humor sobre todo reconcomio castigante.

 

De la Alegría sobre la tristeza.

Del Amor sobre el desamor y más aún sobre el odio.

De la Comunidad sobre la desintegración, división y masificación.

De la Paz sobre la guerra de toda generación.

De la Fraternidad sobre la discriminación…, que desplaza y excluye sobre todo al más débil.

 

De la Igualdad en Dignidad, sobre la indignidad fruto del desbalance y privilegio codicioso.

De las soluciones y decisiones sobre las situaciones sin salida o postergadas sin decisión.

De la Fe, la Confianza, la Valentía, el Arrojo (parresía), sobre todo tipo de miedo o terror.

De Salud sobre la enfermedad, más aún la provocada directa o indirectamente, la no natural.

De la Eternidad sobre la perentoriedad. AMÉN.

 

(Alejandro Goñi SJ - La Resurrección Ayer y Hoy)