
El Domingo de Ramos abre la Semana Santa. Conmemoramos hoy la entrada de Jesús a Jerusalén donde entregará su vida en la Cruz. Así este día se convierte en un pregón del Misterio Pascual que nos coloca de cara a la fe y a la vida que surgen de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
El libro del profeta Isaías (50, 4-7) describe la densidad de quien vive a fondo su amistad con Dios y con las personas. Por ello el Siervo Sufriente es un anticipo a la generosidad y entrega que vivió Jesucristo.
El Siervo es servidor, el que se hace todo a todos por el amor y el servicio. La entrega del Siervo no se funda en la pura disposición emocional, sino en una fe y en una moral curtidas en la escucha y obediencia a Dios. Por ello su amor es más fuerte que la muerte.
Sólo el que sabe de dolores y de apuestas grandes, puede comunicar vida y esperanza al que se dobla ante peso de la enfermedad, el dolor o los problemas. Y, por tanto, se convierte en compañero de camino cuando nos toca transitar las tinieblas de la existencia.
La Carta a los Filipenses (2,6-11) revela el alcance y la hondura de la entrega de Cristo, quien no se aferró a su condición de Dios, sino que por su inmenso amor se abajó hasta la condición de esclavo, dando vida en la cruz.
Una vida que se entrega como lo ha hecho Jesús ya no puede morir, se gana para siempre. Por eso, Dios ha constituido a Jesús en Señor de la vida, de la reconciliación, de la esperanza. Jesús será desde entonces y para siempre la plena manifestación de la Gloria de Dios.
La Pasión del Señor según Marcos (14,1-15,47) nos pone en contacto con la experiencia cruda del dolor ajeno. Con realismo y con sencillez Marcos presenta el sufrimiento extremo del inocente, del justo, del hombre bueno.
Jesús es en esta pasión el Hombre que sabe de dolores y de entrega total e incondicional. Por ello es lugar de acogida y comunión. Quien acude a Jesús Crucificado con el peso de su dolor o sufrimiento, y cuánto más, el que sufre el desamparo, jamás quedan defraudados.
En el Crucificado nos hallamos ante la exaltación del Amor, que por un lado nos revela la identidad del Hijo y su amor al Padre, y por otro, abre para todos de par en par la puerta del perdón y de la comunión. De ahí que la Pasión de Jesús no pueda sino arrancarnos del fondo de nuestro corazón aquella profesión de fe que exclama: “realmente este hombre es el Hijo de Dios”.
Que este Domingo de Ramos nos ayude a lograr una libertad y generosidad como la de Jesús y que nos haga vivir de forma más comprometida nuestra fe.
Por: P. Gustavo Albarrán, SJ.
