Comenzamos la Cuaresma. Un tiempo para prepararnos a vivir la Semana Santa con profundo sentido cristiano. La Liturgia nos propone para esta 1ª Semana de Cuaresma un relato muy breve pero a la vez muy lleno de símbolos en torno a la experiencia de desierto y de conversión.

El desierto, según Marcos (Mc. 1, 12-15), es tiempo y lugar de contrastes. En el desierto vive Jesús cuarenta días y vive rodeado de animales salvajes. Es tentado por satanás y los ángeles le sirven. Así el desierto, aunque es un tiempo y lugar de apartamiento, no está vacío, está cargado de presencias. Vivir el desierto entre alimañas y ángeles, es adiestrarse para afrontar con entereza las tensiones que puedan surgir en la vida.

La conversión también es tiempo y lugar de contrastes. Se nos anuncia que se ha cerrado ya un ciclo: “el tiempo se ha cumplido”, y a la vez nos anuncian que estamos en el tiempo del Evangelio. Así, la conversión implica la salida del tiempo caduco, el actual, para transitar uno nuevo, el de la llegada del Reino. Vivir la conversión transitando de lo viejo a lo nuevo que hay en uno mismo, es adiestrarse a la novedad de Dios.

Pero en medio de la experiencia de desierto y conversión, aparece el Espíritu que impulsa, y la situación de Juan Bautista que provoca coraje. El evangelista nos dice que Jesús va al desierto bajo el impulso del Espíritu Santo y que movido por el arresto del Bautista se dirige a Galilea para anunciar la conversión. Y es que Jesús, ni se resiste al Espíritu, ni se paraliza ante la dificultad o el reto. Al contrario, se expone a Dios y se expone a la vida.

Este Evangelio nos está invitando a vivir el desierto y la conversión. Propone que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo al desierto de Dios, que nos demos un tiempo para que podamos encontrarnos cara a cara y sin miedo con lo que llevamos dentro de nosotros mismos. Y propone también, que estemos atentos a lo que sucede a nuestro alrededor, para que las realidades de hoy provoquen nuestro coraje y respondamos a los retos con valentía.

Desierto y conversión son dos aspectos inseparables de un mismo camino. Una ruta que se transita a la luz de la fe. Todo desierto bien vivido ha de llevar a la conversión y toda conversión se curte en el desierto. Puede que nos resistamos a vivir los desiertos de nuestra existencia, y puede que con ello estemos rechazando la gracia de la conversión y la salvación.

Que nos atrevamos a salir de nosotros mismos y nos expongamos a la fuerza transformadora del Espíritu que nos coloca libres, solidarios, misericordiosos, alegres y esperanzados ante la vida.

Por: P. Gustavo Albarran, SJ.

 

 

 

SOLO ME BASTA, SEÑOR

Sólo me basta, Señor, venir ante tu presencia para sentir el calor, el cariño y el amor, que a veces mi alma no encuentra.

Me basta tu luz que viene al despertar el alba, para quitar el miedo, la tristeza y mi desvelo que me hacen perder la calma.

Sólo me basta, Señor, sentarme cerca, a tu lado, para gustar de tu paz, tu cariño y amistad, que sin verles ya me has dado.

Me basta con esperar, aunque la luz no se encienda, para que pueda tener la fuerza de aquel querer, que das con tu paciencia.

 

(Cf. Antonio Torres)