En la semana 28 del Tiempo Ordinario la Liturgia plantea que la mejor invitación que Dios puede hacernos es a participar junto a muchos en su mesa, que es la mesa de la vida, la mesa de la esperanza.

La parábola del “banquete de bodas del hijo” (22, 1-14) revela a un Dios que se complace en invitar a todos a lo que le es más íntimo, su mesa, para que comamos junto a Él y para hacernos partícipes de su alegría. Dios dice: tengo preparado el banquete, he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos, todo está listo. Vengan todos a la boda.

En su sencillez y radicalidad, esta parábola quiere hacernos caer en cuenta que la vida es una gran invitación al encuentro verdadero, donde la dignidad, el derecho y la justicia resplandezcan. Por tanto, nuestro horizonte no será jamás la amargura o la tristeza, sino la alegría y la esperanza.

Pero la Parábola nos advierte también sobre el posible rechazo a tamaña invitación. Puede que nuestros intereses y ambiciones agoten nuestro tiempo y ya no tengamos otra motivación que nuestras mezquindades; o que no nos guste la invitación de Dios porque es una invitación multitudinaria, como a iguales, y sólo nos gustan invitaciones exclusivas; o peor aún, que nos desentendemos de la vida de las personas porque nuestras ideologías han carcomido nuestras entrañas y, por tanto, la perversidad es el modo de relacionarnos con los demás.

De todos modos la fiesta de Dios está lista. Si hay quienes no asisten, de todos modos habrá fiesta. Y en tal caso, habrá que buscar e invitar en los cruces de caminos, en las fronteras y orillas, a quienes quieran participar. Habrá que buscar a los que sí están dispuestos a construir mesas de solidaridad, de fraternidad, de verdad y de paz. La actitud de estos convidados puede enseñarnos el modo de abrirnos a la vida y a la esperanza.

Esta parábola sigue vigente. Nos invita a ser capaces de construir junto a muchos la alegría y la esperanza. Que dediquemos tiempo para celebrar con los que amamos: la familia, los amigos. Que busquemos la forma de celebrar con los que no conocemos, con los distintos y extraños, pero que trabajan a brazo partido a favor de la vida. Y de forma especial, nos invita a que nos atrevamos a preparar la mesa de Dios para todos, y cuánto más para los que nunca se han sentido invitados.

Jesús en persona es quien invita a todos a su mesa, a su comida, incluso se sienta con pecadores y con los que el mundo considera indeseables. Él se convirtió en la gran invitación a la fe, a la alegría, a la vida y a la esperanza. Así también los que quieran ser amigos de Jesús, han de dedicarse a invitar a todos a la mesa de la vida.

Que los amigos y amigas de Dios sólo queramos y preparemos mesas en las que todos puedan sentarse y participar, sin distinción ni prejuicios, a celebrar la vida.

P. Gustavo Albarrán, SJ

 

 

 

Podemos terminar con el texto siguiente:

 

 

Volver a la Vida

Quiero sentir que mis alas se encuentren en pleno vigor, para regresar al mundo, libre, diestro y sin temor.

Quiero alas que me lleven de regreso a la verdad. Volver a la vida vivo… con su belleza sin más.

Volver de regreso a la vida con sus luchas sin igual, viviendo el día a día sin pensar en qué dirán.

Con mis ideas y amores, con mis logros y mis errores, con mis deseos intensos y mis firmes convicciones.

Quiero volver a la vida y celebrar junto a tantos, con amor, con alegría y la esperanza en mi canto.

(Cf. Macín Roel)