Descripción
Durante mucho tiempo, la democracia se ha utilizado como legitimación de despotismos encubiertos a través de los cuales, la población, el pueblo, perdía de facto la soberanía y el control sobre aquellos que, supuestamente, debían representarlo y cuidar de esos “indeterminados jurídicos” como el bien común y el interés general. La separación creciente entre la clase política y las condiciones de vida reales de personas, familias y grupos sociales, a lo que se añade la mayor o menor impunidad ante la corrupción política, ha generado y sigue generando en muchos lugares del mundo una ola de protestas y de reivindicaciones, a través de los nuevos movimientos sociales, relacionadas con la aspiración de una democracia real o, al menos, una democracia que priorice la satisfacción de las necesidades humanas; el respeto –y las garantías- de los derechos humanos, económicos, sociales y culturales; y una cierta estabilidad en unas condiciones de vida que permitan vivir una vida digna de ser vivida. Y, desde ahí, surge la aspiración, también de una “ciudadanía global”, como forma de contrarrestar un concepto de ciudadanía, que es inevitablemente restrictivo, si se vincula a la nacionalidad como requisito y al nacionalismo como respuesta.