Juan XXIII y Pablo VI señalaron el espíritu del Concilio: que la Iglesia infunda la savia del Evangelio en las venas de la humanidad, abriéndose al diálogo con el mundo moderno, siendo Iglesia de todos y “particularmente de los pobres”; para ello necesita ser renovada con el Espíritu de Jesucristo. El Vaticano II tuvo esta orientación pero no destacó la espiritualidad donde se unen la experiencia de Dios como misericordia infinita y la opción preferencial por los excluidos, que vemos en la conducta de Jesucristo. Consentir en la presencia del Dios revelado en Jesucristo y optar preferentemente por los excluidos viviendo con espíritu de pobreza son dos manifestaciones de la única fe o experiencia cristiana.