Un cuerpo saludable le debe mucho al ejercicio realizado con gusto, constancia y de manera sabia. Gracias a él su circulación y su corazón se encuentran sanos, su agilidad y su resistencia a los esfuerzos son admirables. El ejercicio corporal capacita para superar retos que se presentan en la vida cotidiana y que exigen esfuerzos mayores al movimiento de caminar, estar sentado, descansar y dormir.
Por otro lado, Ignacio de Loyola, en su libro de los Ejercicios Espirituales, tiene un buen listado de ejercicios. Quizás les da ese nombre por su entrenamiento militar debido a que sí fueron extremos los esfuerzos realizados a prepararlo para los difíciles momentos de los combates. Pero su entrenamiento tiene una nueva perspectiva. Ha decidido seguir al “Rey Eternal”. La empresa necesita un profundo entrenamiento del espíritu y, como todo entrenamiento, para emprender caminos llenos de retos, requiere una disciplina cotidiana para ejercitarse y fortalecerse ante toda suerte de dificultades y arduas tareas en el cumplimiento de la Misión.
Los Ejercicios Espirituales, sean de treinta días o de períodos más cortos, tienen un sentido fundamental: “entrenarse” (ejercitarse) para vivir verdaderamente la vida. Esto solo es posible si vivimos estrechamente unidos con Dios y, como consecuencia, ordenamos la vida. Si despertamos la conciencia de nuestra vida interior hallaremos, en lo más profundo de nuestro ser, una permanente inquietud, ansia, necesidad, sed de Dios como “fundamento” y fuente del vivir pleno. De aquí que san Ignacio pide al ejercitante «Entrar en ellos (los ejercicios) con grande ánimo y liberalidad con su Criador y Señor, ofreciéndole todo su querer y libertad, para que su divina majestad, así de su persona como de todo lo que tiene, se sirva conforme a su sanctissima voluntad».