El mensaje fundamental de la Sagrada Escritura anuncia que la persona humana es criatura de Dios (cfr. Salmo 139, 14 –18) y señala el elemento que la caracteriza y la distingue en su ser como imagen de Dios: «Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Génesis 1, 27). Dios coloca a la criatura humana en el centro y en la cumbre de la creación: al hombre (en hebreo «adam»), plasmado con la tierra («adamah»), Dios insufla en las narices el aliento de la vida (cfr. Génesis 2,7). De ahí que, «por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sin alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar»