Estas reflexiones del autor sobre su experiencia en dar Ejercicios Espirituales, confirman lo bello e importante que le ha regalado su vida como jesuita, pero también reflejan un largo proceso de búsqueda, de aciertos y errores. Dar una tanda de Ejercicios no la cambiaría por nada del mundo; cada vez más se va interiorizando en san Ignacio y lo que él trató de transmitir en su conocimiento interno del Señor Jesús. Afirma que, al inicio de la experiencia, le preocupaba mucho los resultados y el fruto que podrían obtener sus ejercitantes; ahora ya no es mucho, sin embargo, no deja de inquietarle el que, en ocasiones se siente frustrado. Eso lo lleva a reflexionar sobre la inquietud que el Padre General les cuestionó: ¿realmente los Ejercicios nos cambian? ¿transforman a los jesuitas? ¿a sus ejercitantes?
Es la misma preocupación que tuvo san Ignacio ya que, desde el inicio de su conversión, tuvo el deseo de compartir su propia experiencia la cual era, sin duda, una experiencia mística muy profunda que lo llenaba de felicidad y que deseaba contagiar a todo el mundo. Ante las sospechas de la Inquisición que acusaban a san Ignacio de iluminado, los Ejercicios se vieron marcados por la persecución pero, lejos de amedrentarlo, aumentaba su convicción de compartir su experiencia, pues hablaba desde el corazón y, sobre todo, con el testimonio de su vida.
Ya al finalizar sus refleciones, el P. Enrique Ponce de León, afirma que la auténtica experiencia de Ejercicios Espirituales sí transforma, que posee una gran potencialidad que revoluciona los corazones. El pequeño libro de los Ejercicios es tan actual como cuando nació de las manos de Ignacio en Manresa. Hoy nos toca comunicar a los demás “este fuego para que incendie otros fuegos…” (decreto 2 de la C.G. 35).