El autor comienza por afirmar que cada vez más, gracias a Dios, nos encontramos explícito el fenómeno de personas -mujeres y hombres, casadas y solteras- que vibran con lo Ignaciano. Nos las podemos encontrar en instituciones de la Compañía de Jesús o fuera de ellas. Gente que se ha acercado de alguna manera a los jesuitas, a las religiosas que viven esta espiritualidad, o a quienes viven de algún modo lo Ignaciano, y experimentan una cierta sintonía con el modo de proceder de los jesuitas. A todas estas personas dedica estas líneas que quieren favorecer el poner más en evidencia un carisma legítimo que está por tomar aún más cuerpo dentro del mundo laical.
Lo primero que resalta en este escrito es el carácter de laico de Ignacio de Loyola cuando experimentó todas aquellas vivencias que, luego, plasmó en los Ejercicios Espirituales y, finalmente, marcaron el modo en la Compañía de Jesús. Ignacio de Loyola era laico cuando inició su proceso de conversión en Loyola y empieza a reconocer la existencia de diversos espíritus. Era laico cuando vivió la intensa experiencia de Manresa . Era laico cuando experimentó y escribió los Ejercicios Espirituales. Era laico cuando empezó a tener compañeros a los que les fue dando los Ejercicios y, así, les fue comunicando un modo específico de ser.