Ante el déficit democrático existente, urge pensar creativamente nuevos modelos de regulación económica, social y política. Necesitamos utilizar todos los mecanismos útiles vigentes, poniendo su potencial al servicio de la transformación de una realidad que no es la deseada, y a la vez tener muy presente la enseñanza de la propia historia con el fin de no caer en ingenuidades y meros voluntarismos. Aprovechando aquello de bueno que tenemos, es preciso caminar hacia una democracia ética y participativa.