Con el marco del título, el autor señala que el religioso madura en la castidad en la medida en que madura como persona. Señala que, como la maduración personal es un proceso continuo y casi imperceptible, también existe en la castidad un crecimiento lento y permanente en el don de uno mismo, en la paz y alegría, en la comunicación con el medio ambiente y en la oración.
Habla sobre la actitud frente a las emociones y pensamientos sexuales; el enamoramiento; la relación con mujeres; el apostolado y la ubicación humana; y, finalmente, termina hablando de la oración.