Francisco Magaña inicia este texto señalando que los abusos sexuales de menores cometidos por algunos sacerdotes, mueven muchas fibras a cualquier persona pero, sobre todo a los sacerdotes y religiosos y, por supuesto, también a los jesuitas. En realidad, conmueven a cualquier ser humano por la indignación ante ese abuso de personas indefensas. También porque la pedofilia y la efebofilia, no son un problema exclusivo del clero, sino de la humanidad. Continúa señalando que, desgraciadamente, los abusos son más comunes de lo que se piensa. Los abusos suceden en todos los ámbitos: iglesias, escuelas, clubes y, lo que es peor, se dan con mayor frecuencia en el seno de la propia familia.
Continúa hablando sobre la castidad: nuestro modo de amar porque, según él, así expresa lo que quiere decir en él: la castidad de los religiosos vivida en un contexto marcado por los abusos. Señala que hay que aprender la necesidad de poner límites en relaciones y, finalizando, con algunas conclusiones.