En estos comienzos de siglo nos movemos entre dos tendencias que, aunque puedan parecer opuestas, se dan simultáneamente. Por una parte, la de quienes piensan que este siglo será el del “cosmopolitismo” en el que los estados y culturas fuertes perderán poder cediendo su lugar a una cierta cultura global. Ésta, según ellos, se manifestará cada vez más en estructuras supraestatales con poder real sobre los estados (uniones económicas y políticas, movimientos sociales globales, organismos supranacionales especializados...). La otra tendencia está representada por quienes presagian un retorno a formas más “tribales”. Dentro de esta segunda tendencia, hay dos visiones diversas. La de quienes se inclinan por un cierto “choque de civilizaciones” de las grandes culturas, y la de aquellos que, con una visión más positiva, presagian un cierto renacimiento, respeto y convivencia entre culturas diferentes. Esta convivencia se manifestaría en formas políticas respetuosas del derecho de dichas culturas a existir dentro de marcos globales de convivencia, y en las que esta diversidad cultural sería apreciada como un enriquecimiento por parte de todos los habitantes del planeta. Sería considerada, por tanto, como un bien a proteger especialmente en el caso de las culturas minoritarias que careciesen de medios de expresión y que tuviesen dificultades para autoperpetuarse. Dicho de otro modo, estamos ante una disyuntiva: la pérdida de las identidades fuertes en favor de una cierta identidad más global, o, por el contrario, la recuperación de las identidades, bien sea en forma de conflicto entre ellas, bien sea en forma de convivencia pacífica.