El autor, Jorge Castro, inicia el documento mencionando que "Un santo triste es un triste santo". Menciona que, a pesar de ser un amateur en los dos temas del título, disfruta redactando estas líneas, en la época en que al padre Kolvenbach lo sucede el padre Nicolás como General de la Compañía de Jesús y es que, cada uno de ellos, sembró una justa fama de fino humor entre sus hermanos de Orden. Agrega que no se debe olvidar al padre Arrupe quien invitaba a ingresar en la Compañía a aquellos jóvenes que, entre otras cualidades, tuvieran capacidad de reír y, aún más, de reírse de sí mismos.
Cuenta el P. Castro que en el texto se presentan, unidos en caótica fraternidad, contenidos de espiritualidad, contenidos sobre espiritualidad, contenidos de humor y contenidos sobre humor.
Hace referencia al proverbial buen humor mostrado, por ejemplo, por santa Teresa de Jesús, san Bernardino de Siena, san Felipe Neri, el beato Juan XXIII y muchos otros, con cantidad de maravillosas anécdotas. San Ignacio de Loyola no alcanzó en estotanta fama como otros santos. Sin embargo, algunos contemporáneos lo describían con diversos rasgos sugerentes: ojos alegres, deseo de contentar y capacidad expansiva; y por ahí quedan recuerdos de ello. Fue célebre, por ejemplo, la visita a un enfermo algo delicado, a quien Ignacio le preguntó qué podía hacer por él. El enfermo le pidió que le bailara algún baile de su tierra, e Ignacio así lo hizo, con su pierna coja, fiel recuerdo de sus heridas en la defensa de Pamplona. El enfermo se divirtió y contentó tanto con la irrepetible escena, que hasta experimentó mejoría. A cambio, Ignacio le aseguró que le contentaría en lo que pudiera, pero también le suplicó que no le volviera a pedir más bailes; vio muy claro que, en cuestiones de coreografía, tenía literalmente mala pata.
Es así como, en un tono jocoso, comparte, a lo largo del texto, anécdotas que remiten al lector a profundizar en la espiritualidad ignaciana, con un tono un poco más ligero.