Vivimos a un ritmo tan acelerado que un acontecimiento de hace cincuenta años puede fácilmente quedar sepultado en el olvido si no se hace un esfuerzo por recuperar la memoria del pasado. Y esta recuperación no es fácil si van desapareciendo los testigos directos del acontecimiento. Esto sucede con el concilio Vaticano II (1962-1965).