La subsidiariedad está entre las más constantes y características directrices de la doctrina social de la Iglesias, presente desde la primera gran encíclica social. Es imposible promover la dignidad de la persona si no se protege la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en definitiva, aquellas expresiones asociativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional y político, a las que las personas dan vida y que hacen posible su efectivo crecimiento social. Éste es el ámbito de la sociedad civil, entendida como el conjunto de las relaciones entre los individuos y las sociedades intermedias, que se realizan en forma originaria y gracias a la «subjetividad creativa del ciudadano». La red de estas relaciones conforma el tejido social y constituye la base de una verdadera comunidad de personas, haciendo posible el reconocimiento de formas más elevadas de sociabilidad