El presente artículo intenta demostrar que en la tradición cristiana existe una íntima relación entre el alma y el cuerpo, como unidad indisoluble que constituye la persona humana. Y a pesar de que determinadas necesidades de inculturación hayan derivado en una valoración hasta cierto punto negativa del cuerpo, la unidad de cuerpo y alma se ha mantenido siempre.